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Emira Rodríguez: venado del canto áspero; por Santiago Acosta

Fotografía del archivo de la Biblioteca Nacional de Venezuela

El poema es una trampa de sentido
que captura nada
Julio Miranda. Vida del otro

Emira Rodríguez (Porlamar, 1929-2017), artista y poeta, es uno de esos nombres que no suelen resultar familiares para los lectores venezolanos. De la misma forma, la autora ha pasado prácticamente inadvertida para la mayoría de nuestros investigadores, críticos y editores. Esto aunque sus textos figuran en las conocidas antologías Poesía en el espejo (1995) de Julio Miranda, El hilo de la voz (2003) de Yolanda Pantin y Ana Teresa Torres y Perfiles de la noche (2006), de Rowena Hill. También existen algunos comentarios de su obra —aunque dispersos y difíciles de consultar— publicados por Roberto J. Lovera De Sola, Luis Alberto Crespo, Manuel Ruano y Juan Liscano (con quien la autora estuvo casada entre 1967 y 1974).

Por Santiago Acosta

Rodríguez solo publicó tres poemarios, si no contamos la plaqueta Relaciones (1971), cuyos textos se incluyen íntegramente en su primer libro: La casa de Alto (1972), Malencuentro, pero tenía otros nombres (1975) y, luego de un dilatado silencio, Como sueños ajenos (2001). En La casa de Alto, libro escrito en diálogo con las crónicas de Bernal Díaz del Castillo y Fernando Quiñones, se entretejen los recuerdos familiares —la casa, los antepasados, el paisaje— con la historia de la isla de Margarita. Podemos incluir este libro dentro de la larga tradición de poemarios venezolanos que tienen como eje principal la casa, ese axis mundi de la memoria personal, en contraste —y confluencia— con lo abierto y desprotegido del mundo exterior y la memoria colectiva.

Malencuentro (reeditado en 2008 por El perro y la rana) es seguramente su libro más significativo y el único que recientemente ha logrado capturar la atención de los lectores y poetas jóvenes del país. Es un libro —hay que reconocerlo— que exige un ejercicio de lectura particular y una manera distinta —indireccional, pausada— de acceder al posible sentido de sus imágenes. “Poniendo papel carbón al revés podrás leerme”, dice la voz, delatando el proyecto de una suerte de lengua secreta. Juan Liscano sostuvo que Rodríguez “escribió desde el fondo del lenguaje”, destruyendo el resguardo de su lengua materna para instalarse “vertiginosamente en una situación límite, en la frontera limítrofe del alarido y del silencio” (144). En efecto, en su poesía resulta evidente la escogencia de un borde, de una zona de ilegibilidad significante que, sin embargo, no deja de introducir cierta música en las palabras, una tonalidad que a su vez remite al silencio y al no-lenguaje, al vacío y al desbordamiento: una lengua siempre empujada hacia su propio deshacerse.

Fotografía del archivo de la Biblioteca Nacional de Venezuela

Fotografía del archivo de la Biblioteca Nacional de Venezuela

Malencuentro, la esquiva figura que se interpela a lo largo del libro, nunca aparece sino como una multiplicidad disuelta, un cuerpo fragmentado en muchos nombres y a la vez ninguno. Su encuentro, siempre diferido, es uno de los malestares principales de la voz: “baja de los barrancos malencuentro ahora”, “¿por qué no viniste malencuentro?”, “tú no llegaste nunca”. Pero la voz, enfrentada a lo irremediable de esta ausencia, finalmente vislumbra un hecho paradójicamente esperanzador: no es posible el encuentro, se debe abandonar la búsqueda de sí misma en la posibilidad de la reunión con el otro. El espejo demostró ser un engaño y lo que era espera se convierte, entonces, en un ruego lúcido y resignado, ya no orientado a una figura masculina y elusiva donde poder reflejarse, sino a un rostro propio que le permita reconstruirse, sobre todo para encarar lo otro que ya ha distinguido en su misma interioridad:

“danos un rostro danos / cómo mirarnos desde este peso tremendo / de silencio unas palabras para hablar con nuestro / propio corazón […] / danos un rostro entonces / sin desvaríos y sin ataduras a pie desnudo y despejado el corazón sintiendo / ajena la tristeza / un rostro apenas”

Reconocer esa necesidad de un rostro propio significó atravesar el abismo de la desintegración: bordear la muerte.

Emira Rodríguez, más que una voz olvidada, parece una poeta desencontrada, mal colocada en una especie de insularidad literaria. Ella misma nos expresó durante una entrevista en 2010: “Yo vivo en una isla y soy una isla”. No es extraño que siempre haya sido catalogada como la excepción del catálogo o, en palabras de Pantin y Torres, como una “rareza usual”. Pero me parece que su obra no puede seguir siendo vista como una célula anómala que amenaza con desfigurar el rostro nacional de nuestra poesía, como si fuera un gesto equívoco que debe ser sometido para conservar la supuesta unidad y solidez de lo que se considera un valor cultural nacional y que tan cuidadosamente han trazado nuestros críticos e investigadores. Tal vez sea éste el mejor momento para leer a Emira. Leerla y disolvernos, en nuestra búsqueda siempre inacabada de un rostro.

Fotografía del archivo de la Biblioteca Nacional de Venezuela

Fotografía del archivo de la Biblioteca Nacional de Venezuela

Algunos poemas de Malencuentro pero tenía otros nombres:

en las costillas del tepuy algarrobinia
animal de palabra ninguno vimos
al agua solía darse muchos nombres vuelo de
escarabajo luz empañada aquella bajada de lo alto
llamábanla churúm merú con nombre de ángel ahora
de tapir de ave paují en celo
alguna bestia insomne cruzando los pantanos
con los ojos despiertos con las manos
vacilantes los mismos descendientes de quebrada
de agua aquellos que bebimos un solo sol
y sin lugar preciso bajando a pico a coladas
a plomo entre los balancines
el delirio, despacio, entre mechurrios
las noches tendidas como sábanas fosforeciendo
preparando el brebaje
regresaremos por los senderos únicos
los buscadores de la corteza láctea
aquellos que estremecimos la sarrapia los hombres
del fusil los de aventura por el sendero del pájaro
venado del canto áspero

en las islas habita algunas veces
un pez con cola de herradura si te sientas
sobre la herradura debes pasarme la rueda del timón.
vámonos vientos alisios del nordeste
habrán de esperar los equinoccios
tlaloc vuela contigo malencuentro
mi calavera ya está pulida por los seis costados
un cubo una muestra de papel engomado y el abrazo
de un orangután es terapeutia
los motores de abajo y ese ruido de mujer encinta
mil doscientos treinta y cinco veces con cincuenta
céntimos los árboles de cactus candelabros
del desierto del norte centinelas de la generación
de pepsi cola, es un amor, ¿no es cierto?
hace mucho que te estaba esperando
el alma de la danza y las medusas saliendo de la
pantalla y cantaron los gallos en la amanecida
desvelando la colina que se me ofreció amarilla
yo no sabía qué hacer con ella, así, toda sola, tan
de repente. de la montaña de enfrente bajaban
ríos de sangre
no sabía cómo contenerla
corrí a llamarte malencuentro
juntos huimos, pero fue sólo aquella vez
ahora ya no me acuerdo.

danos un rostro danos
cómo mirarnos desde este peso tremendo
de silencio unas palabras para hablar con nuestro
propio corazón
rojo hacia dentro
rojo en el aire
prendido de la luz
rojo el hilo y la tela y los ojos
que velan
desnudos del poema de aquellas vestiduras
sin levadura con los cabellos sueltos y con tanto
extravío
suficientes los panes del desierto
para esta partícula invariable de vida
donde el tiempo nos cerca y un sismo pronuncia
tu encuentro
hablando con las cosas
confiriéndoles
una esencia de luz fugitiva
porque ellas permanecen mientras
luce alto el sol y es más corta la sombra
danos un rostro entonces
sin desvaríos y sin ataduras
a pie desnudo y despejado el corazón sintiendo
ajena la tristeza
un rostro apenas.

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