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Rafael Del Naranco: El mundo de Sofía

Al final del pasado enero empapado en agua y frío sobre la costa del mar Mediterráneo en la que resisto mi exilio interior, se cumplieron 16 años en que el presidente Hugo Chávez, aún con pocos meses  empotrado en el poder y haciendo uso del maratónico programa de televisión como si fuera una tropilla la nación, notificó el comienzo de una “revolución cultural” que desde ese mismo instante renovaría hasta los cimientos los sectores culturales “secuestrados por las elites” del país.

Fue el primero de los diversos desfases que el gobierno sembró en la creación artística que aún sigue infecunda, enmarañada y empobrecida, al continuar sobrellevando los traspiés de unos gobernantes que hace añales perdieron el norte de la política como  factor humanístico y la han convertido en absolutista.

La mencionada fecha encaja en nuestra memoria al ser el momento exacto en que una mujer, Sofía Ímber, recientemente fallecida, fue pérfidamente despojada como directora-fundadora del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, joya diamantina  que ella levantó de la nada y de la que hizo referencia Premium dentro del ámbito cultural latinoamericano. Por vez primera en nuestra criolla tierra una amplia colección de pintura moderna tenía en Venezuela una referencia a nivel internacional.

En aquellos turbulentos días Chávez y mi persona conservábamos un afecto franco que se rompió, igual a  tantas cosas tiempo después, lo que no fue óbice, aún con los avatares sucedidos, de mantener en pie un respeto mutuo. En eso, nobleza obliga.

Tras la destitución fulminante y nada digna de Sofía, hablé con él y le expresé mi desacuerdo, manifestándole que había sido mal informado sobre la verdadera  historia del Museo, y que dicha medida, destemplada e injusta,  hacía daño a la creación intelectual.

El Presidente respondió calmado: “Nuestra decisión don Rafael –siempre nos distinguió con esa dádiva por delante– fue ampliamente recapacitada como las demás decisiones culturales. En el museo acontecían hechos extraños y era necesario tomar medidas. Lo vamos a seguir apoyando. Le garantizo que no desmejorará. Además, no es lógico que lleve el nombre de la señora Sofía Ímber como si una propiedad nacional fuera exclusiva suya, cuando el gobierno aprobó partidas financieras”.

El tiempo nos hicieron ver que la “revolución cultural” estaba hendida, hueca, y únicamente el “Sistema de Orquestas Juveniles de Venezuela”, fundado por el maestro José Antonio Abreu en 1975, continuó siendo la más  notable manifestación artística que la Revolución Bolivariana supo calibrar, mantener y elevar a las más altas cotas de valoración sinfónica. El resto menguó y el arte se hizo al compás que marcaban los timbales del chavismo, poco o nada dado a la plena libertad creadora.

Tras la penosa destitución, Sofía Imber realizó una reunión con los medios de comunicación. Uno sabía que entre las muchas cualidades que poseía esa mujer admirable, cuya fuerza y tesón eran los dones de la palabra sostenida sobre una inteligencia excepcional, se elevaba el coraje y el convencimiento de la injusticia que se cometía, no solamente con ella y sus colaboradores, sino con lo que hasta ese momento había llegado a representar ante el mundo el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas.

Mi amistad compacta con ella comenzó tiempo antes, siendo yo primero director de la Revista Elite y  más tarde del vespertino El Mundo. A partir de aquella desagradable e injusta  acción del gobierno, Sofía había pasado a ser punto de referencia moral en los duros vaivenes que ha venido padeciendo Venezuela. La edad, y sus achaques, no le impedían, aún en silla de ruedas, asistir a toda acción en  favor de las libertades democráticas. Su ejemplo será imperecedero.

Era una periodista innata y experimentada. Le consulté cuando lo creí necesario y es de justicia decir abiertamente que su apoyo significó uno de mis mejores aciertos.

En la rueda de prensa mencionada no demostró las heridas del golpe vil recibido. Habló con un corazón palpitante. Estaba golpeada, seca hacia dentro. Quizás la sangre le corría en sus venas entre soplidos ahogados, y aún así, habló con su verdad auténtica:

“Durante estos años duros y felices a la vez no tuve otra preocupación que el museo. Era mi hijo. Había nacido sin ropa que lo cubriera del vacío que existía cuando de arte actual se trataba.   No me separaré de esa criatura. La velé día y noche. No volveré a visitarlo por imposición obligatoria. Ni mis pertenencias he podido recoger. Dicen que me las mandarán”.

(Días después se las entregaron en bolsas negras de la basura).

Su legado es imborrable. Dejó una colección de 4.500 piezas. Un día –nunca lejano– Venezuela pronunciará nuevamente el nombre emérito de su obra perdurable: “Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber”.

Será justicia.

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