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Maryclen Stelling: La legitimación del insulto

El insulto y la descalificación, la burla y el desprecio han ido estableciéndose como práctica discursiva habitual en el ámbito político nacional. Así, en el diálogo político se ha instaurado la retórica amenazante y la palabra ofensiva con miras a deslegitimar al adversario, al proyecto político contrario y hasta la propia mesa de diálogo y mediadores internacionales… El terreno discursivo deviene entonces en espacio confrontacional donde reto, deslegitimo y pretendo derrotar políticamente al adversario en desmedro del “cacareado” diálogo democrático.

Suerte de ritual bélico que se constituye en práctica habitual, consagra el liderazgo político y legitima la praxis política confrontacional. Curiosamente, en el caso venezolano, y en tanto efecto a mediano plazo, ha impedido saltar de la violencia verbal a la física.

Tal práctica genera reacciones y evaluaciones a favor o en contra de los actores políticos involucrados, lo que promueve la configuración de una red de relaciones en torno al discurso bélico que permea diversos ámbitos sociales y afecta, sin lugar a dudas, el diálogo político en diferentes niveles.

La credibilidad de la fuente y del propio discurso político se alimenta entonces del insulto y de la descalificación del otro, el enemigo por vencer. Insultos rituales, suerte de consagración del liderazgo político y de legitimación de la praxis política confrontacional. “Si no insulto, no estoy en nada”. En ese sentido, la legitimidad se define en función del manejo que se hace de la retórica amenazante y descalificadora; en detrimento de la verdad y de lo que se considera “políticamente correcto”.

Estudiosos del tema plantean que los líderes políticos procuran su autolegitimación a través del monopolio de la verdad, el monopolio de la legitimidad social y el monopolio del discurso; tres estrategias interrelacionadas.

Desde una perspectiva cortoplacista, los insultos en tanto práctica discursiva política, favorecen los procesos de legitimación en la interacción política y contribuyen a la propia legitimación y a la deslegitimación del otro.

Más allá de humillar, retar la legitimidad o la autoridad del adversario político, a largo plazo, la práctica del insulto pretende socavar las bases del poder establecido y revertir el equilibrio del poder político.

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