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Qué pasó de verdad con los cadáveres de los pasajeros pobres del Titanic

 

Lo que sugiere una carta enviada desde el MacKay-Bennett es que los cadáveres fueron clasificados por la cantidad de dinero y pertenencias de los viajeros. “

El 14 de abril de 1912, el Titanic colisionó con un iceberg y en apenas unas horas había desaparecido para siempre, engullido por el mar. A bordo viajaban 1.317 pasajeros y 885 tripulantes, de los cuales solo sobrevivieron 705 personas. ¿Qué pasó exactamente con los cadáveres de las 1.497 personas restantes? Parece ser, por lo que sabemos (y acabamos de descubrir) que la lucha de clases que presentaba la película de James Cameron –en la que aparecía el recientemente finado Bill Paxton– también se reprodujo en la recuperación de cadáveres. Para que luego digan que la muerte nos iguala.

Fueron cuatro los barcos que mandó White Star Line para explorar la zona del desastre: en primer lugar, el MacKay-Bennett, al que siguieron el el Minia, el Montmagny y el Algerine. Tan solo consiguieron recuperar a lo largo de tres meses 328 cuerpos. De ellos, 119 fueron arrojados de nuevo al mar. De los 209 restantes, 150 no fueron reclamados por sus familiares y se les dio sepultura en varios cementerios de Halifax, en Nueva Escocia. Por lo tanto, tan solo 59 fueron recuperados, identificados y enterrados de la manera tradicional.

Sin embargo, parece ser que el proceso de búsqueda, recuperación de cuerpos y, sobre todo, conservación, no fue completamente neutral, como pone de manifiesto una nueva serie de telegramas privados que se encuentran en las manos del historiador del Titanic Charles Haas y que acaban de ser publicados en exclusiva por ‘The Daily Mail’. Ya lo sabíamos, pero estos documentos han sido interpretados como otra prueba de peso de que los exploradores se vieron obligados a realizar una criba a la hora de elegir entre unos y otros.

Lo que sugiere una carta enviada desde el MacKay-Bennett es que los cadáveres fueron clasificados por la cantidad de dinero y pertenencias de los viajeros. “Ha sido realizado un cuidadoso recuento de todos los billetes y pertenencias de los cadáveres”, se puede leer. “¿No sería mejor que se arrojen todos los cuerpos al mar excepto si los familiares solicitan de forma específica que quieren recuperarlos?”, preguntaba el capitán a los responsables de White Star Line. En principio, este telegrama no demostraría nada, si no fuese porque eran precisamente los ricos los que solían llevar signos identificativos entre sus pertenencias y los que más posibilidades tenían de ser reclamados por sus familiares.

El trabajo que nadie querría hacer

Diversos historiadores del Titanic ya han apuntado que el trato de los cadáveres fue muy diferente según fuesen primera, segunda o tercera clase. Los cuerpos de los viajeros de mayor nivel fueron embalsamados, emplazados en ataúdes y depositados en la bodega de la parte posterior. Ante la escasez de líquido para embalsamar, diversas fuentes aseguran que Frederick Lardner, el capitán del barco, decidió deshacerse de los cuerpos desfigurados y de aquellos viajeros de tercera clase que no podían identificarse rápidamente.

No debió ser una expedición fácil para los marineros del MacKay-Bennett que se habían presentado voluntarios, en parte para ayudar en una de las grandes catástrofes marinas del siglo, en parte por la doble paga que White Star Line les había ofrecido. Debían actuar con celeridad. Los cadáveres flotan en el mar pero tan solo por un breve período de tiempo, hasta que empiezan a absorber agua y terminan hundiéndose. Además, son vulnerables a los ataques de gaviotas y otros animales que pueden dejar los cuerpos irreconocibles.

El MacKay-Bennett llegó a su destino el 20 de abril de 1912 con un mandato claro, como puede comprobarse en uno de los telegramas enviados desde Halifax: “Es absolutamente esencial que podáis traer al puerto todos los cadáveres que seáis capaces de alojar”. La realidad sería mucho más complicada, ya que en apenas una semana 190 cuerpos descansaban en sus bodegas. Otros 116 habían sido devueltos al mar por encontrarse en estado de descomposición o por formar parte de la tripulación, por lo que les correspondía un sepelio marino, en consonancia con la tradición naval.

Aunque el Minia y el Montmagny se unieron un par de semanas después a la búsqueda, el MacKay-Bennett no daba para más, ni en lo que se refiere al espacio ni a la cantidad de líquido necesario para embalsamar tal cantidad de cadáveres. Uno de los telegramas muestra cómo uno de los trabajadores de Halifax había colapsado ante la carga de trabajo. “Deben evitar solicitar respuestas rápidas hasta que hayamos podido descansar un poco”, solicitaban el 5 de mayo.

Como ha señalado el historiador Charles Hass, los telegramas “muestran con todo lujo de detalles lo difícil que debió ser el proceso después del hundimiento del barco. Muestran de forma cándida el inmenso estrés que debieron pasar todos los implicados”. El tamaño del MacKay-Bennett no era lo suficientemente grande como para albergar 200 o 300 cadáveres, por lo que Lardner tuvo que enfrentarse a un duro dilema. “Parece ser que su decisión fue que si un cuerpo se identificaba como de primera o segunda clase se conservarse, si no lo era, se enterraba en el mar”.

Cuerpos desconocidos, rostros de primera línea

La leyenda cuenta que el del magnate John Jacob Astor fue uno de los primeros –o incluso el primero– en ser identificado tras el hundimiento del barco que no podía hundirse, el 22 de abril. Le ayudó que las iniciales de su nombre apareciesen bordadas en su chaqueta y el característico reloj de oro que siempre llevaba consigo. Era el más rico a bordo de la embarcación y entre sus efectos personales se encontraban unas 3.000 libras entre billetes y cheques.

Un destino muy diferente fue el que corrió el conocido hasta hace relativamente poco como el “niño desconocido”, un pequeño rubio de apenas dos años. Este se convirtió en uno de los grandes misterios del Titanic tras ser recuperado del agua en los primeros días de investigación y no ser reclamado. Su cuerpo pasó casi un siglo enterrado en Halifax bajo una lápida sin nombre. En 2011, no obstante, un grupo de investigadores certificó a través de pruebas de ADN que se trataba del inglés Sidney Leslie Goodwin y no Gösta Leonard Pålsson, cuyo nombre también se había barajado, o alguno de los muchos otros niños que diferentes familias habían reclamado a lo largo del último siglo. ¿Adivinan? Viajaba en tercera clase.

Los estudiosos del malogrado barco no son capaces de ponerse de acuerdo en si hay restos humanos en el interior de las ruinas que fueron localizados a mediados de los años 80, como recordaba un reportaje publicado en ‘The New York Times’. El director de la agencia marítima Nacional Oceanic and Atmospheric Administration, James P. Delgado, publicó una instantánea de una pierna para defender su tesis de que, puesto que aún hay cadáveres que reposan en el fondo del mar, debe dedicarse un esfuerzo extra a protegerlo de potenciales profanadores de tumbas y ladrones de tesoros.

Frente a ellos se encuentran otros ilustres divulgadores del ‘Titanic’ como el director de cine James Cameron, que asegura que en sus 33 visitas al fondo del océano para rodar tanto su célebre largometraje como el documental 3D ‘Misterios del Titanic’ (2003) nunca ha visto nada que se pareciese a un resto humano. Zapatos o ropas, sí, pero jamás un cadáver. Quizá algún reloj que, como los de todos los cadáveres que fueron hallados en los días posteriores a la tragedia, marcarían una hora entre las 02:00 de la madrugada y las 02:20, momento en el que el transatlántico se terminó de hundir.

Los cuerpos de los 150 viajeros no reclamados descansan ahora en tres cementerios de Halifax: Monte de los Olivos, Barón de Hirsch y Fairview Lawan. En sus lápidas aún figura el espacio en blanco que White Star Line dejó en caso de que fuesen identificados algún día. No ocurriría en ninguno de los 150 casos, salvo uno: el del pequeño que durante nueve décadas durmió bajo un signo que rezaba “A la memoria del niño desconocido cuyos restos fueron recuperados después del desastre del Titanic, 15 de abril, 1912”.

Fuente: El Conffidencial

 

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