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Rafael Del Naranco: El zar Vladimir Putin

Se conmemoran en estos meses los 100 años de un acontecimiento que ha dejado una huella imborrable en la humanidad: las sangrientas revoluciones rusas de 1917. Ellas derribaron el viejo imperio de los zares y cambiaron las ideologías tal como se conocían hasta ese momento. Enfrentamos una historia espeluznante con millones de cadáveres que aún nadie ha podido evaluar en su dimensión, y ante ese horizonte, se necesitará otra centuria que ayude a comprender –si posible fuera– aquél “Big Bang” revolucionario y su aliada utopía.

Los antiguos sucesos que partieron el mundo en dos mitades, y así continúa siendo, tienen ahora un apellido dueño del poder igual que en los tiempos de los zares: Putin.

Boris Yeltsin lo acercó a Moscú en una de sus noches de alcohol y cantos del Volga. Fue hombre de la Lubianka, sede del temido Comité de Seguridad Soviético, más conocido por sus siglas: KGB.

Nació en Leningrado, que antes había sido San Petersburgo; la guerra la hizo Petrogrado; la Revolución comunista, Leningrado. La Perestroika le devolvió su antiguo nombre imperial.

Es una urbe de piedra levantada sobre un pantano y eso ayudó a decir una exactitud: la ciudad no nació, sino que  fue creada. Primero se abrió una zanja que se convirtió en la gran avenida Nevsky, tan ancha como el cauce del río Nerva, sembrada de cadáveres. Cuenta Ayn Rand en “Los que vivimos” como miles de campesinos fueron obligados a trabajar en sus ciénagas donde solamente habitaban mosquitos “y en su corta primavera, los tulipanes, jacintos y violetas huelen a muerto”.

El abuelo de Putin era cocinero de Lenin y Stalin, su padre combatió contra los alemanes en las tropas especiales. Estudió Derecho, ingresó en el  Servicio Secreto soviético en 1975 y se le destinó a Alemania del Este como agente. A su regreso, fue ayudante y vicealcalde de San Petersburgo, y en 1996 lo llamó Yeltsin a Moscú.

En apenas cuatro años cambió su vida. Pasó de la sombra a la luz del poder. Una vez allí, le crearon una historia oficial. Rasgos nuevos, gestos limpios, credenciales políticas, sapiencia diplomática, y lo supo hacer siguiendo los recovecos de os antiguos poderosos zares.

Lo cuenta un experto que conoció los pasillos de la Lubianka: “La imagen de marca del KGB es un fuerte espíritu corporativista, una cierta manera de ser deportiva y ascética, un verdadero culto a la idiosincrasia estatista” y, sobre todo, una tendencia a dividir a las personas en ‘amigos’ y ‘enemigos’ del Estado”.

En ese aspecto todo lo hizo bien. Jamás preguntó ni insinuó nada y lo más importante y valorado: consiguió, trabajando como un gatopardo, mucha información comprometedora contra los adversarios del presidente Boris Yeltsin, protegiéndolo así de seguras investigaciones de corrupción.

Putin posee carisma y una atracción personal que infunde confianza. Habla poco, lo necesario, y escucha mucho. Como no está preparado intelectualmente, los mutismos le dan un aire de sapiencia que ha elevado su prestigio y liderazgo.

Su método más triunfante ha sido la guerra de Chechenia. Y dio resultado. Mientras la Europa de la OTAN atacaba despiadadamente Yugoslavia  debido a Kosovo, y Milosevic era considerado un criminal de guerra, Putin recibía de Occidente el apoyo del   silencio.

Había una razón esos días: salvar la débil democracia rusa. Desde esa época se mantuvo en el poder hasta convertirse en nuevo zar. Asumió todo el poder de un régimen personalista.

En un libro que acaba de ver la luz  en Europa con más de 800 páginas bajo el título “Los Romanov” –la historia de los zares que ascendieron al trono de Rusia de 1613 a 1917– hay un epílogo donde se explican las palabras de Marx: “La historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa”.

El autor de la obra, Simon Sebag Montefiore, expresa que después de 1917 ningún zar más gobernaría Rusia, y aún así los que llegaron detrás del fusilamiento de Nicolás y su familia, adaptaron y mezclaron el prestigio de los Romanov con el “Zeitgeist”, la palabra alemana que expresa “el espíritu del tiempo”.

Cierto día Vladimir Putin hizo una pregunta centrada en los traidores más grandes de Rusia. Él mismo respondió: Nicolás II y Mikhaíl Gorbachov. “Ellos dos permitieron que quienes los recogieran fueran una pandilla de histéricos y de locos”. Y a continuación matizó algo que hoy se comprende en su totalidad ante su enorme poder: “Yo no abdicaré nunca”.

A estas alturas de la geopolítica tras la caída del Muro de Berlín, la creación de la Unión Europea y la OTAN, el nuevo presidente de EEUU, Donald Trump, debería saber con quién está tratando en la antigua Unión Soviética. Los Romanov se hallan reposando en las páginas de la historia y, aún así, el absolutismo en Moscú sigue en cada uno de los profundos recovecos de la fortaleza del Kremlin.

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