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Rafael Simón Jiménez: La presión y solidaridad internacional.

No hay ninguna duda de que el fin del régimen desastroso  que nos desgobierna, es una tarea asignada en exclusivo al pueblo venezolano, que ha dado suficientes muestras de coraje, decisión y valor  para cumplir con ese objetivo. Dieciocho años de una lucha democrática sin treguas han sido contención suficiente para que los planes de imponer un predominio y una hegemonía a largo plazo por parte del chavismo, se desvanezcan y hoy luzcan menguantes ante el creciente repudio, desafección y rechazo popular, que marca el fin próximo e inexorable de un malhadado proyecto que termino multiplicando el hambre, los padecimientos y la  pobreza, y qu hoy se sostiene solo mediante la trapacería y la fuerza.

Que la responsabilidad fundamental para confrontar exitosamente al agónico gobierno de Nicolás Maduro e impulsar un transición que nos devuelva el derecho a vivir en paz, libertad y progreso, este asignada al protagonismo del pueblo Venezolano, no resta importancia a las presiones, la solidaridad y la cooperación que la comunidad internacional pueda prestar a una lucha evidentemente asimétrica y desigual, donde un régimen carente de apoyo popular, despliega en compensación la fuerza bruta mediante la persecusion, la criminalización y la represión de una mayoría de venezolanos que se le oponen, utilizando para ello el control y la violencia institucional, y en simultaneo los mecanismos de violencia directa a través de las instituciones que ejercen el monopolio legitimo de la violencia y en paralelo de los grupos paramilitares que armados y avituallados desde el gobierno le sirven de fuerza de choque.

En el mundo de hoy, es imposible que la violación de los derechos humanos, la arbitrariedad, la negación de libertades públicas, la perversión y manipulación de la justicia, o la burla a la constitución, puedan pasar desapercibidas por los distintos instrumentos y mecanismos regionales y universales que la humanidad ha construido para defender la libertad y la integridad de los seres humanos frente a gobiernos de inspiración totalitarias que pretendan esgrimir el manido y desacreditado principio de la autodeterminación y la no inherencia, para supliciar, oprimir o tiranizar a sus pueblos.

Toda la institucionalidad internacional construida luego de la segunda guerra mundial, entre ellas la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Organización de Estados Americanos (OEA ) y más tarde una multiplicidad de acuerdos multilaterales de distinta índole, y los mecanismos de integración regional, incorporan a sus estatutos y textos fundacionales expresas disposiciones destinadas a la defensa, promoción y salvaguarda  de los derechos humanos y las libertades democráticas, entendiendo que estos valores y principios no pueden confinarse a las estrechas fronteras nacionales, sino que forman parte de un acerbo universal que debe motivar frente a su violación o trasgresión, respuestas contundentes desde los escenarios internacionales.

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