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Alfredo Toro Hardy: América Latina: el precio del vecindario

Qué tan occidentales somos los latinoamericanos? A decir de Arturo Uslar Pietri: “La colonización fue un proceso de incorporación a los valores de Occidente. La familia, la casa, la urbanización, la relación social, la situación de la mujer y del hijo nos vinieron por la Iglesia y por las Leyes de Indias, a través de las Siete Partidas, de la herencia romana del derecho. El Concepto de la ley, del Estado, del delito, de la pena, nos vienen en derecha línea de la codificación de Justiniano. No tenemos otra base legal, ni otra concepción del hombre y de su dignidad. Es la cultura occidental con la cual nos hemos identificado en cinco siglos y no tenemos otra. Pertenecemos a ella, ciertamente, pero a nuestra manera. Tenemos una manera americana de ser occidentales”. (Fantasma de Dos Mundos, Barcelona, 1979).

¿Cuál es nuestra manera de ser occidentales? Uslar Pietri no lo explica, pero la razón es obvia. La aculturación es la esencia de nuestra identidad. Los tres componentes centrales de la misma, el íbero, el negro y el indio, se influenciaron profundamente entre sí. Sin embargo los tres no determinaron en igual medida el producto final. El íbero constituyó el elemento dominante y ante él debieron doblegarse los otros dos. Fue él quien determinó lengua, religión, derecho y hasta tradiciones arquitectónicas, todo lo cual provenía de la herencia Romana. Tenemos un componente occidental evidente.

No obstante, somos occidentales de la periferia. La propia Península Ibérica es “excéntrica” (alejada del centro) en relación a patrones centrales de esa civilización como lo serían, por ejemplo, Francia o Inglaterra. Pero nosotros somos, en virtud de la aculturación y mezcla de razas, “excéntricos” en relación a la propia Península Ibérica. Nos encontramos al interior de los muros de la civilización occidental, pero ocupamos la zona más cercana a esos muros. En el pasado, liberales y positivistas latinoamericanos se avergonzaron de la localización de nuestro barrio y pretendieron imitar todo cuanto venía de los vecindarios más céntricos. Dicho esnobismo pesa poco hoy día.

Como habitantes de la periferia disponemos de la capacidad de movernos con entera libertad al interior de los muros, pero a la vez de la posibilidad de mirar los mismos desde el exterior con mirada crítica y sorprendida. En efecto, vivir en las afueras nos permite cruzar la puerta que delimita a nuestra civilización. Ninguna otra región del mundo dispone de tal facilidad. Como consecuencia de ello sobresalimos en el desarrollo del pensamiento lateral: no en balde el realismo mágico es nuestra marca distintiva. Creatividad, imaginación e improvisación, son nuestras características esenciales.

Sobresalimos en áreas que requieren de los talentos anteriores, pero obtenemos muy baja puntuación en sistematización, disciplina y método. De manera no sorpresiva se nos reconoce en el mundo por la literatura, por la industria del cine, por iniciativas culturales no convencionales como el Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela, por la industria del entretenimiento, por el software. Lamentablemente la falta de método y disciplina pesa mucho.

Los tiempos que se avecinan, sin embargo, podrían potenciar nuestras virtudes y disminuir la importancia de nuestras limitaciones. La avalancha de desplazamiento de empleos causada por el salto tecnológico, habrá de causar estragos en el mundo en fecha no lejana. El 40% de lo que aprenden hoy los estudiantes universitarios resultará obsoleto en una década (Margie Warrell, “Learn, Unlearn and Relearn”, Forbes, February 3, 2014). Alternativamente el 65% de los niños que entraron al sistema educativo en 2011 trabajarán al graduarse en carreras que aún no han sido creadas (Cathy Davison, Now You See It, London, 2012). La educación continua se transformará por tanto en el eje del proceso adaptativo. Sin embargo, la capacidad para desaprender lo aprendido representará la pieza central de esa educación.

La fijación con los paradigmas será la mayor limitación a confrontarse. Sólo la capacidad para poder abandonar lo que hasta el día anterior lucía como sabiduría aceptada, permitirá adaptarse a la velocidad de los cambios. Como señalaba Margie Warrell, antes citada, el 70% del trabajo involucrado en pintar una pared consiste en quitar la pintura vieja. Lo mismo ocurrirá con el proceso de respuesta a los cambios.

Es así que un país como Finlandia, a la vanguardia de la educación en el mundo, se apresta a reformar su pensum educativo para enfatizar la creatividad y el pensamiento crítico. En efecto, creatividad, pensamiento crítico, pensamiento lateral, imaginación y capacidad de improvisación, serán los valores centrales en la era que se aproxima. Precisamente las características que derivan de nuestra condición de occidentales de la periferia. A no dudarlo, el metro cuadrado en nuestro vecindario se revalorizará.

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