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Rafael Del Naranco: Postal de Belgrado

Separo el libro de dorso rugoso sobre las únicas tres páginas que conocía de memoria rellenas de emociones. Había marcado fragmentos: un poema de Anne Carson hablando de traiciones y otro de Marina Tsvetáieva, tan unida a su compañera de sufrimientos, Anna Ajmátova, rezumaba aliento llagado.

Conozco pasiones creadas con hojas de libros, vientos de sequeral, afectos o evocaciones. La nuestra se levantó en ciudades recónditas, pueblecitos blancos, estrechas placitas.

Y de ello escribo ahora.

En Belgrado cada día un tranvía color amarillo nos llevaba al Café Moskova en el centro de la ciudad. Desayuno panecitos mojados en chocolate espeso, mientras una orquesta de violines formada por dos muchachos, una mujer de ojos negros cautivadores y tres ancianos, envuelve el espacio de una cadencia suave.

El sonido del violín nace del alma y aquí la eslava se arrulla entre sus cuerdas, se mece con la evocación de su pasado –violento unas veces, amargo otras– igual a ráfagas de viento en desbandada.

Las muchachas que contemplaba en la terraza del Hotel Metropol, fumando cigarrillos rubios de estraperlo mientras saboreaban un licor de guindas, se han escondido bajo las marquesinas del Teatro Nacional y a la sombra del busto erguido de Ivo Andric, el escritor yugoslavo Premio Nobel de Literatura, que mira las formas imbuido en su gabardina mientras su pensamiento se clava en el asfalto.

La ciudad, abrazada a las aguas impetuosas del Danubio y el Sava, bajo la columnata de El Vencedor en el Parque de Kalemegdan, está entumecida. Por aquellas riberas han cruzado en todas las direcciones invictos y vencidos de la tradición y la patraña; sólo esos árboles imperecederos, el frondoso castaño, el fresno y el arce, saben relatos estremecedores de una raza cuyo sufrimiento es épico, cortante como el dolor de las entrañas y las lágrimas antes del comienzo del olvido.

Los cielos han tomado una tonalidad naranja y, como si de una fiesta se tratara, duros relámpagos inundan los cielos de irisaciones centelleantes. Lo sé: va a llover a cántaros.

No me atrevo a salir del café debido a la lluvia desatada, el suave sonido de los violines y esa niña que cautiva mi propia mirada.

Sobre una repisa de madera color caoba, reposa un reloj y encima, un lienzo de matices deslucidos, una pincelada de rojo y otra de verde. Es el monasterio Decani, entre cuyas capillas y frescos se levanta la razón religiosa del pueblo eslavo, cuando el rey Stefan hizo entrega a los hijos de su raza de la fe ortodoxa, una constitución y la esencia cultural que aún perdura sobre los avatares, las pasadas guerras y la incomprensión de Europa.

Belgrado nos sabe más que nunca a lejanía, brisa sin retorno.

Es una mañana anunciando lluvia. Las nubes forman cúmulos grises. Los tilos alicaídos, el arce con sus anchas hojas parece hacer sombra a los castaños que franquean el bulevar. Entre los aleros, algunos mirlos. Los pausados tranvías, con ese ruido tan propio, van y vienen en una ciudad entumecida, y lo hacen con el paso cansino del hierro viejo.

Está sentada en un banco como absorta o perdida. Viste un sencillo conjunto de raso azul y cubre sus hombros con una chaquetilla de lana hecha a mano, de esas que ancianas mujeres venidas de los pueblecitos de las llanuras del Sava, tejían permanentemente a la entrada de la fortaleza en el Parque de Kalemegdan.

Está linda. El rostro transparente. Sus ojos son los mismos de antaño: gozosos, de un verde marino. El apesadumbrado soy yo. Regresaba a una ciudad todo recuerdos, ahora esparcidos entre las comisuras del aliento. Ninguno de los dos somos ya los mismos y sabemos que ese encuentro será el último. Y lo fue. Creo haberlo contado en otra ocasión, pero hay evocaciones que, como la brisa en las noches serenas, regresan siempre a hurgar  en el pasado.

Esa muchacha igual a cántaro de agua para bocas con sed, llamada Vera –el nombre más hermoso en lengua eslava– penetraba en el claroscuro de mis amores, los que si uno roza, hieren.

Nos sentamos en la tasca a reconfortarnos. Licor de guindas para los dos. Las despedidas dejan escozor en la membrana del ánimo.

Con el abandono en la mirada volvimos a lo sabido: se había ido el tiempo en modular una canción, deshojar una rosa y olvidar un amor. Más tarde una mochuela untada de aceite añadiría: “Igualmente se nos irá la vida en volver a esa canción, en recordar esa rosa y en añorar la pasión”.

Años más tarde ya lejos de las tierras eslavas lo supimos: con ese adiós oliendo a retama húmeda –otras pasiones retornarían– dejaba una ciudad, un país y el ardor estrujado en la piel como un dardo clavado.

Sentía humedecido el poema amoroso de Maiakovski “La nube en pantalones” que tanto turbó –más que sus versos políticos– a León Trotsky hace ahora 100 años.

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