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Sergio Monsalve: Reunificación alemana

La comedia del año, Toni Erdmann, no causa gracia en ciertos sectores. Hay un fuerte componente de prejuicio contra ella.

La incluyen en la selección oficial de Cannes y la prensa la aclama, pero el jurado no le concede la Palma de Oro a pesar de tocar el mismo tema que I Daniel Blake, la película ganadora de la competencia francesa, del ya consagrado Ken Loach. ¿Tiene sentido entregarle el galardón al autor británico por segunda vez? Pues no.

Ha ocurrido una situación idéntica o similar con el Oscar a la Mejor Cinta de Habla No Inglesa, que fue a parar a manos de Asghar Farhadi, tras recibirlo en 2011 por A Separation.

De nuevo, razones políticas llevan a que a la Academia llueva sobre mojado y reconozca a un hombre por encima de una mujer. Así de simple se impone la agenda de la dominación masculina para tapar y disminuir el impacto del filme con sensibilidad feminista.

Otras dos cuestiones alborotan la animosidad del pensamiento obtuso al momento de ponderar el largometraje de Maren Ade: el humor absurdo y disparatado de la propuesta, la transgresión política de la pieza frente a la agenda del poder económico de la Troika europea.

Al final del día, el intelectual binario gusta en descalificar el trabajo audiovisual, tachándolo de progresista. Igual mala suerte ha corrido la estupenda e incomprendida Aquarius, condenada a priori por una serie de argumentos trillados.

La buena noticia es que Toni Erdmann, como la obra de origen brasileño, trasciende cualquier debate simplificador y se erige en una urgente radiografía del milenio.

La protagonizan una alta ejecutiva y su padre al borde del retiro. Una clásica pareja dispareja que encarna no solo una lectura paternofilial del drama, sino el principal dilema arquetipal del viejo continente, a merced de los vaivenes de la Alemania contemporánea. Los personajes envuelven el choque de un pasado problemático y un presente aún más huérfano de futuro.

Inés puede ser la hija de su tiempo o la representación depurada del modelo económico perfilado por Angela Merkel. De manera pragmática, interviene desde afuera sobre los destinos financieros de un país paria de la zona, aplicándole las recetas del recorte y la deslocalización. Cumple la misión con una completa frialdad, rayana en la deshumanización.

La trama transcurre en la emblemática ciudad de Bucarest, porque así resalta una de las paradojas medulares de la historia, a saber, el irónico rescate imposible de una nación pulverizada y dividida entre los escombros de la distopía socialista y las ruinas del dogma del mercado. Seguramente guarda parentesco con la raíz del estancamiento ideológico de la polarización venezolana.

Winfried simboliza toda una tradición de situacionismo, de insumisión, de teatro del absurdo ante la impostura de las formas convencionales en vías de extinción.

Es fácil descubrir en él las conexiones con Brecht, el Charlot y el Jacques Tati de Mi tío, quienes desarmaban con su ánimo dadaísta la columna vertebral de la supuesta normalidad social. También, por cierto, fracasaron en el intento de transformar al mundo.

De modo que Toni Erdmann cifra su gran hallazgo conceptual al poner a ambos referentes en un lugar de aceptación de la crisis de sus estilos de vida y apostar por la reconciliación de sus miradas divergentes.

Por consiguiente, las narrativas de la cultura baja coexisten con los de la alta en la estructura de la ficción.

En consecuencia, cine de una potente modernidad surrealista que busca y logra hermanar a Whitney Houston con un entrañable disfraz folklórico a los incómodos rituales corporativos con un desnudo liberador, a las represiones adultas con las espontaneidades infantiles, para invitarnos a romper ataduras y compartir la excentricidad de los temidos diferentes.

Un armisticio que se cierra en un desenlace ideal para nuestra época de fracturas.

Si el planeta piensa evolucionar, necesita integrar las filosofías disímiles de Inés y Winfried.

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