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Christiaan Barnard, el divo de la cirugía, en Caracas; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Christiaan Barnard rodeado de periodistas durante su visita a Caracas / Imagen del Archivo Fotografía Urbana

 

Nadie sabe quién es la reportera de la esquina inferior izquierda. Hasta ahora. No perdemos la esperanza de recibir información acerca de la identidad de esta joven profesional que sostiene un micrófono mientras la cámara capta su nuca y sus brazos desnudos.

Es el domingo 12 de mayo de 1968, día de las madres en Venezuela. Los periodistas rodean al cirujano sudafricano Christiaan Barnard, quien ha incluido a este país en su gira mundial. Tal como ocurre dondequiera que va, aquí la presencia del médico causa furor. Unos meses antes, el 3 de diciembre de 1967, había hecho el primer trasplante de corazón en seres humanos y el paciente había sobrevivido 18 días para luego morir por causas diferentes a la hazaña científica. Barnard no era el primero en intentarlo, pero sí en lograrlo.

La revista Bohemia le dedicó una portada multicolor que mostraba al juvenil cirujano con flux y corbata, saludando con la mano en alto y el cabello revuelto por el vente. Podría ser, perfectamente, un fotograma de Hollywood. Al pie de la imagen un título de franca rendición: “Barnard, el mago del corazón en Caracas”. La frase alude a la excepcional habilidad del cirujano, pero también a su agitada vida sentimental, que incluye escarceos con las estrellas más rutilantes del cine.

La prensa de la capital venezolana, a tono con la del mundo entero, lo aludía como

“la eminencia científica del siglo XX” y daba por hecho que el carismático médico era candidato seguro al Premio Nóbel de Medicina de aquel año, 1968. Esto no ocurrió, ni entonces ni nunca. Barnard no fue favorecido por el comité sueco, pero sí por Sofía Loren y Gina Lollobrígida, quienes posaron con él, así como el Papa Paulo VI, entre muchos otros famosos.

Maratón del sábado

Barnard, quien unos meses antes era un completo desconocido fuera de su país, donde ciertamente gozaba de gran reputación como cirujano, ahora es una celebridad de impacto planetario. A Maiquetía llegó el viernes 10 de mayo, a las 9 y media de la noche. Una comisión de la Academia Nacional de Medicina fue al aeropuerto a recibirlo. La agenda del día siguiente sería muy agitada. Muy temprano en la mañana del sábado fue recibido en sesión solemne por la Academia de Medicina. Posteriormente, participó una mesa redonda televisada, en la Academia Nacional de Medicina. El sudafricano fue presentado por el presidente de la institución, el doctor Marcel Granier, quien instaló la conversación del invitado con sus colegas venezolanos, los doctores Julián Morales Rocha, Elías Rodríguez Azpúrua, Alberto París, Carlos Gil Yépez, Carlos Travieso, David Morales, José María Cartaya, José Gabriel Sarmiento Núñez y César Rodríguez. También estuvieron el abogado René Lepervanche Parpacén y el sacerdote Pedro Pablo Barnola. También estuvieron presentes el ministro de Sanidad y Asistencia Social, doctor Armando Soto Rivera y el de Educación, J. M. Siso Martínez.

Más tarde, ese mismo día, sábado 11, el doctor Barnard tenía pautada la actividad estelar de su aventura venezolana: una conferencia en el auditórium del Hospital Universitario de Caracas para médicos, estudiantes, enfermeros y empleados. E incluso pacientes recluidos en ese centro de salud fueron a escuchar a Barnard, comparecencia que explica, por cierto, la popularidad del médico africano: su éxito en la cirugía cardiovascular había traído esperanza a los cardiópatas del mundo.

Dejemos que el doctor Gerardo Hernández Adrián nos cuente algo de lo que ocurrió el día de la conferencia en el Universitario, donde el huésped fue atendido por

las máximas autoridades y por al jefe de la Cátedra de Cirugía Cardiovascular, el doctor Rubén Jaén Centeno.

—Tras alabar la belleza de estudiantes y empleadas de la Universidad Central de Venezuela —rememora el doctor Hernández Adrián— y manifestar que le agradaría contar con el número telefónico de muchas de ellas, el afamado invitado dijo: “esta conferencia la he dado tantas veces que mi chauffer se la sabe de memoria y por eso, en algunas ciudades, he preferido sentarme en el auditórium y dejar que él la dicte por mí. Al terminar siempre surgen preguntas y cuando se las formulan él se limita a decir, señalándome: esa pregunta es tan tonta que hasta mi chauffer que está allí, con ustedes, puede responderla”.

“Como el doctor Jaén nunca tuvo ni ha tenido alma de vasallo”, sigue el doctor Hernández Adrián, “al escuchar estupefacto lo que calificó de una nueva estupidez, no pudo menos que levantarse de su asiento y abandonar el evento, debiendo sortear salidas bloqueadas y escaleras atestadas de gente que se apartaban sin demora permitiendo su paso, percibiendo el profundo desagrado que dejaba traslucir su rostro ante lo que consideró como una humillación y una burla hacia la Universidad que le abría sus puertas y hacia todos los asistentes a la conferencia”.

Pero el grueso de los asistentes no se sintió burlados ni mucho menos. Prueba de ello es que al terminar la charla en el auditórium del Hospital Universitario, que resultó pequeño para las masas deseosas de ver a Barnard, fue preciso un cordón policial que lo acompañara hasta su carro, adonde lo siguió mucha gente que le extendía papeles para que les firmara un autógrafo.

No fue el único momento que el rey de corazones tuvo guardia de seguridad. Todo el tiempo contó con guardaespaldas, en previsión de un eventual secuestro con fines publicitarios, práctica a la que por aquellos tiempos apelaba la guerrilla

En la tarde fue recibido en sesión solemne por el Ayuntamiento de Caracas, que lo había declarado Huésped Ilustre. El orador de orden fue el médico y edil, Héctor Vargas Acosta.

Christiaan Barnard rodeado de periodistas durante su visita a Caracas / Imagen del Archivo Fotografía Urbana

Este domingo no se guarda

Al día siguiente la faena empezó con una visita al entonces nuevo Hospital del Seguro Social en La Vuelta de El Pescozón, situado en la carretera de Caracas a Antímano. De ahí salieron en dirección a La Casona, donde Barnard fue recibido por el presidente de la república, Raúl Leoni. Fue a la salida de ese encuentro cuando fue tomada esta fotografía.

Con la ayuda del periodista Ángel Ciro Guerrero reconocemos a los presentes. De izquierda a derecha, con lentes de sol, Carlos Aguilera; del segundo no tenemos datos; el tercero, con expresión de encandilado, Carlos Croes; luego, micrófono en mano, Edgardo De Castro, entonces reportero estrella de Venevisión,; detrás de De Castro, podría ser Arístides Bastidas; Nicolás Rondón Nucete; del lado derecho de Barnard, con lentes, Gustavo Herrera llamado “el embajador” o “el negro Herrera”. Nos dice Rosana Ordoñez que este reportero “adquirió el sobrenombre de embajador, tras ser confundido en Miraflores con un diplomático africano”. La misma Ordóñez conjetura que “el buenmozo de lentes oscuros parece uno de los guardaespaldas de Barnard y el flaco altísimo pudiera ser un periodista de la embajada americana”.

—El doctor Barnard —escribió un periodista— no representa la edad que tiene: 44 años. Viste impecablemente y parece jovial, sonriente, feliz. Su cabello, siempre rebelde, le da un toque de descuidada elegancia a su personalidad subyugante, más acorde con la de un astro cinematográfico que con el eminente hombre de ciencia.

El lunes, pásese un momento por Miraflores

El lunes, su último día en Caracas, Barnard fue recibido en audiencia especial en Miraflores por el presidente Leoni, quien le impuso la banda de honor de la Orden Andrés Bello.

Al mediodía se le ofreció un almuerzo en el Hospital Militar de Artigas. Y en la noche voló a Europa, donde el catire Barnard continuaría con su febril vida de jet set.

 

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