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Jesús Castillo: Ni en mis tiempos de estudiante

Se ha dicho con sobrada razón que la vida del estudiante es muy apremiante y sacrificada. La carestía lo abraza y sirve de aprendizaje para valorar aún más las metas que alcanza en su duro batallar. En pocas palabras, ser estudiante es sinónimo de “pelabola”, un individuo que no cuenta con los mínimos recursos para satisfacer sus necesidades de vida, pero que lucha diariamente para sobrevivir a toda costa. Tal situación le asigna un valor de superación a todo lo que hace este importante sujeto  histórico de la sociedad.

Estas cosas las compartí recientemente con José Antonio García, un antiguo compañero de estudio en la UCV, graduado en Historia, a quien conseguí en una de las esquinas de la calle Santa Rosa de Cumaná, bajo el sol inclemente del mediodía y frente a un gigantesco basurero que mostraba su rostro oscuro frente a los  apresurados transeúntes. El rostro pálido de José Antonio se enrojeció por un momento, su barba blanquecina y arreglada daba muestra de un qentleman que se negaba a sucumbir ante la vorágine económica de estos tiempos.

Ambos, en medio de la ciudad castigada por la indolencia gubernamental, asentábamos con la cabeza cada anécdota que vivimos en nuestros tiempos de estudiantes en nuestra insigne UCV, “La Casa que vence la sombra”. Allí pasamos trabajo, estudiábamos con empeño, pero siempre teníamos un poquito de comida que llevarnos a la boca. El comedor universitario, fiel testigo de nuestras odiseas, no nos desamparaba. No las veíamos apretados, con la soga en el cuello, pero jamás nos faltó el pedazo de pan para alimentarnos. Mientras, la estoica biblioteca central nos cobijaba con sus variados libros que llevamos a la residencia para estudiar.

Hoy, cuando han pasado más de 25 años de esas vivencias en el Alma Mater, las cosas lucen peores. En mi caso particular, con tres títulos de pregrado y cuatro de postgrado (incluyendo un doctorado a cuesta), puedo afirmar que mi calidad de vida ha desmejorado con relación a aquella época. Ni en mis tiempos de estudiante había vivido una situación tan dramática y angustiante como la de ahora. No es algo que estoy inventando. La plata alcanza ni para comer. Hago, al igual que muchísimos coterráneos, milagros para no morir en el intento. Simple sobrevivencia de un mortal en tiempos de “revolución bonita”.

Mientras vivimos este viacrucis en Venezuela, los burócratas de turno cínicamente comen bien, se ríen del pueblo y le echan la culpa a una guerra económica, la cual, ahora,la han rebautizado con el remoquete de la “guerra del pan”. Burda manipulación a través de una poderosa y costosísima industria comunicacional, configurada en los más sofisticados laboratorios de ideología marxista. Hipocresía de la más barata, porque nunca como ahora el país se encuentra más dependiente de gobiernos extranjeros. Basta con saber el origen de la comida importada. Arroz de México, Brasil y Guyana; papel toilet de China, Trinidad y Tobago; pollo de Argentina, Uruguay y Brasil; espagueti de Turquía, México y Brasil y, ahora, la crema dental de Turquía. ¿Somos realmente soberanos? Dejemos el conformismo y asumamos, de una vez por todas, una acción ciudadana para cambiar esta clase política que ha hecho de Venezuela una fábrica de pobres.

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