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Aurelio F. Concheso: La opacidad total como estilo de gobierno

La información veraz y oportuna sobre las variables económicas es de vital importancia para que los inversionistas, analistas, y la ciudadanía en general puedan tomar decisiones bien fundamentadas sobre su desempeño y bienestar. En el mundo globalizado donde hoy vivimos, esa información se difunde casi de manera instantánea. Y es por eso por lo que aquellos países que facilitan el acceso a la misma, gozan de ventajas comparativas a la hora de competir por el favor de los inversionistas y de los ahorristas.

Pareciera una perogrullada decir que lo último que debe hacer un gobierno, es salirse de su paso para ocultar toda información relativa a su economía. Sin embargo, precisamente eso, es lo que hace el Ejecutivo venezolano. Quizás porque se mantiene empeñado en lograr la opacidad total como una política deliberada de Estado. Política que, por cierto, se inició hace ya más de siete años, cuando se cerró la página web de la Oficina de Planificación del Sistemas Interconectado OPSIS en noviembre de 2010. Desde entonces, nunca más los ciudadanos tuvimos acceso al reporte diario sobre la información de cargas, de incidencias, etc. de lo que alguna vez fue uno de los sistemas eléctricos más avanzados de América.

Aunque cuando hablamos de opacidad, desde luego, hay que citar que uno de los pasos más determinantes que se dieron precisamente hacia esa condición de oscuridad total, fue el que adoptó el Banco Central de Venezuela. Desde su fundación el 8 de septiembre de 1939, hasta perder su independencia en contravención con lo que está estipulado en la Constitución y en la Ley Orgánica de ese ente emisor, las estadísticas del Banco Central de Venezuela eran consideradas el patrón oro de la información financiera del país, y su departamento técnico, adicionalmente, era considerado un dechado de profesionalismo.

Sin embargo, hubo de llegar el 2013 y todo cambió. Desde junio de ese año, se dejaron de publicar las estadísticas de crecimiento económico. Y a partir de 2015, adicionalmente, comenzaron a retrasarse las de inflación mensual; sí, esas mismas que, religiosamente y en cumplimiento estricto de la Ley, se publicaban durante los primeros 5 días del mes subsiguiente.

A regañadientes -y retrasadas- se publicó una cifra de 185% como inflación de 2015. Fue una cifra que, a decir verdad, a la mayoría de los analistas, incluyendo a los del Fondo Monetario Internacional, no se les hizo difícil considerarlas “masajeadas” como en un 20%, aproximadamente. Desde entonces y hasta la fecha, silencio total: no se ha vuelto a escuchar una sola cifra publicada por el BCV, si bien la Asamblea Nacional ha recogido el testigo y ha estado haciendo un esfuerzo por dar cifras mensuales desde enero de 2017.

Oportuno recordar que la única cifra que todavía publicaba el Banco Central con regularidad, el de la liquidez monetaria semanal, sufrió un retraso de 4 semanas. Y ante el hecho, es inevitable preguntarse uno si es que también será cerrada esa pequeña ventana que nos permitía acceder informativamente a la desbocada impresión de dinero sin respaldo.

Pero hay más. Porque si existe otro caso flagrante de distorsión, sin duda alguna, es lo sucedió con la Unidad Tributaria. A dicha Unidad, se le asignó un valor que fue diseñado para corregir la inflación del año en un monto similar, y para evitar distorsiones en la escala impositiva. En los 4 años comprendidos entre el 2013 y el 2016, la Unidad Tributaria ha acumulado un 70% de aumento, mientras que la inflación -y si asumimos que la de 2016 fue de 500%, que equivale a una cifra en el rango más bajo de los estimados- ha aumentado un 3,645%.

Sinceramente, ¿qué valor o sentido puede tener una Unidad Tributaria, cuyo ajuste en 4 años es 52 veces menor que la inflación acumulada?

Lo que no entienden los jinetes de la opacidad, es que las consignas y las cifras sacadas del aire, y que no guardan relación con la realidad, son un mal negocio para el país. Ante la ausencia de cifras, ¿qué sucede? Sencillamente, los agentes económicos presumen lo peor. Y de ahí los altos niveles de riesgo-país que hacen imposible que ni particulares ni gobiernos puedan optar por financiamientos con base en dinero fresco.

Por otra parte, la economía es terca, y la gente busca cualquier migaja informativa para entender lo que pasa. Y la busca no sólo en DolarToday. También lo hace en la revista Economist, que tiene el Dólar BigMac. Recientemente, nació otra fuente: Bloomberg lanzó un “índice café con leche”, que no es otra cosa que un compendio de precios tomados en expendios en el Área Metropolitana de Caracas. Y, por supuesto, las informaciones que difunde el CENDAS-FVM que dirige Oscar Mesa, un insigne trabajador que ya lleva 20 años dando cifras mensuales sobre el comportamiento de los precios de la Canasta Alimentaria Familiar, y que, para efectos prácticos, ha sustituido las ocultas cifras del Banco Central de Venezuela.

Sin embargo, hay otro no menos cierto. Y es que esta deliberada opacidad informativa pudiera responder a un estilo de Gobierno. Pero lo que los estrategas de dicho propósito no pueden ni deben olvidar, es que mientras no la reviertan, difícilmente, habrá inversión significativa alguna en la economía venezolana.

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