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Félix Seijas Rodríguez: El temor al no violento

 

El hambre fustiga. La angustia del enfermo y su entorno que no consiguen medicinas, crispa los nervios. El Gobierno busca tácticas que apacigüen la furia y por momentos parece conseguirlo. Entonces se confía subestimando la energía que en silencio se acumula, y decide dar un paso cuyo riesgo se mimetiza ante la soberbia de quien siente que lo domina todo: las sentencias 155 y 156 de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo Justicia (TSJ). El paso en falso pronto queda en evidencia ante la elocuencia de los hechos que este desencadena. Al Gobierno no le queda otro remedio que activar acciones de control de daños. Sin embargo, es tarde. La chispa ha encendido el combustible acumulado a través de segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años de humillación.

Así comienza una nueva historia de lo que el Gobierno tanto teme: el pueblo en la calle. Tanto le teme, que en 2014 hizo lo posible por sembrar en la gente el miedo a salir. Hizo lo que pudo por atar de manos a la población con las cadenas más terribles, aquellas de la desesperanza aprendida: salir es peligroso y no logras nada. El Gobierno le teme tanto a la calle, que en 2016 se apuró en dar la puñalada mortal a la activación del Referendo Revocatorio justo antes del proceso de validación del 20% de voluntades: le asustaba cientos de miles de personas en la vía reclamando sus derechos. Ahora el régimen vive un nuevo infierno: pueblo en calle, y necesita reprimir. Es cierto que está mejor preparado, ya que ahora cuenta con grupos de choques en la figura de colectivos armados. Sin embargo, la actitud y disposición de quien enfrenta es distinta, como también lo es su magnitud. Ahora el 80% de los venezolanos rechaza este Gobierno, y lo hace de manera profunda. Entonces el régimen lanza un globo de ensayo: el Presidente habla de sus ansias por elecciones regionales. La gente no le cree y además siente que no es la respuesta a la lucha. Deciden seguir en rebeldía.

La manera en la que está planteado el conflicto coloca el éxito o fracaso de quien protesta en sus propias manos. Si ante la violencia de quien reprime, el reprimido reacciona con violencia, el juego pronto estará perdido. El desgaste hará mella, el tiempo se encargará de vaciar las calles y la desesperanza aprendida se aprenderá más, fijándose con fuerza en el imaginario colectivo. Si, por el contrario, el agredido mantiene su temple y resiste, el trabajo de quien reprime se hace más difícil de justificar y asaltan las dudas. Entonces comienza una fisura que puede volverse grieta y sacudir los cimientos. Esto lo sabe el Gobierno; es a esto a lo que teme.

Resistencia no violenta no es inacción. Resistencia no violenta es acción inteligente. La no violencia gana adhesiones; la violencia las ahuyenta. Violencia hace creer a quien reprime que está actuando de manera justificada, y moralmente se siente relevado de culpa; no violencia despierta las reservas morales que existen en quien reprime, que también tiene abuelos, madre, padre, hermanos, sobrinos e hijos. Es errado pensar que los uniformes uniformizan creencias y valores.

Por último, es necesario tener claro el motivo de la lucha. Quien piensa que se pelea por sacar a Maduro está concentrado en la piedra que tiene al frente y no en la montaña que desprende peñascos. La lucha trata del rescate de la legalidad, de la institucionalidad, de la separación de poderes, del respeto por la Constitución. En fin, del rescate de la democracia. Y allí no se llegará de un solo golpe, sino conquistando uno a uno los espacios, hasta restituir el orden democrático.

 

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