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Vladimiro Mujica: La trilogía de la muerte

 

A mis compañeros de Casa Venezuela, Arizona. Unidos en acción y oración por nuestro país.

Los acontecimientos de las últimas semanas han ido lentamente develando una verdad inocultable: Venezuela es rehén de un grupo cada vez más reducido, pero peligroso y violento, de gente dispuesta a cualquier atropello por mantenerse en el poder. Esta minoría está integrada por los funcionarios de varias ramas del Estado que actúan en connivencia para acatar los designios del Poder Ejecutivo; los núcleos irreductibles del partido gobernante; un sector de las Fuerzas Armadas y las milicias paramilitares, mal llamadas colectivos. En total quizás unos 30.000 individuos con poder y resolución para pretender controlar la vida y causar sufrimiento y dolor a unos 30.000.000 de personas que habitan nuestras tierras. Un soldado del mal por cada 1000 habitantes, a eso se ha ido reduciendo el régimen de Nicolás Maduro y la así llamada revolución bolivariana frente a la mirada atónita y espantada del mundo civilizado.

Uno tras otro han ido cayendo los apoyos internacionales al régimen venezolano. En nuestro continente, solamente permanecen alineados con el engendro de revolución chavista Bolivia, Nicaragua, Cuba y algunas islas antillanas, todos por motivos incalificables vinculados a un proyecto político fracasado y a la posibilidad de disfrutar de la teta petrolera de nuestro país. Ello en contraste con una sólida mayoría de países en la OEA dispuestos a aplicar la Carta Interamericana a un gobierno que ha violado todos los principios fundamentales de la Constitución, incluyendo la independencia de poderes y el derecho al voto. La posición de condena al régimen venezolano de las democracias europeas es también sólida, con excepciones como el partido Podemos en España dedicado todavía a fantasear sobre las bondades del proceso venezolano, mientras el país se desliza en una espiral de violencia, pobreza y represión. Solamente van quedando los apoyos severamente condicionados de China y Rusia y los de gobiernos absolutamente impresentables como el de Siria, Zimbabue y Corea del Norte.

Para entender en toda su dimensión el drama terrible de Venezuela, hay que escuchar el desgarrador testimonio de Tamara Suju, describiendo con voz calmada y sombría las evidencias sobre 600 casos de torturas en el expediente que cursa ante la Corte Internacional de La Haya. Culpables los ejecutores, los que dieron la orden, quienes planifican y quienes callan. Una horrenda cadena de responsables que va desde el alto gobierno hasta los torturadores. No cubanos, dice Suju, sino venezolanos que disfrutan el poder, y la impunidad de impartir dolor y sufrimiento a los torturados. O la dimensión de unos 4000 niños muertos, según cifras del presidente de la AN, por no disponer de atención médica adecuada. O el no cuantificado pero horrible número de infantes que sobrevivirán al hambre de los primeros meses de vida pero que sufrirán de limitaciones severas en su desarrollo mental e intelectual, producto de la desnutrición, que ya no podrán ser corregidas. Pero esta inmensa crisis humanitaria no es originada por castigo divino ni por la acción de fuerzas diabólicas, es el resultado de la acción de humanos desalmados, crueles y ávidos de poder.

Mientras todo esto ocurre y la condena internacional sigue en aumento, incluyendo la crítica abierta de la Iglesia, el régimen venezolano continúa tensando la cuerda de la represión. Centenares de heridos y al menos ocho muertos en las últimas semanas dan testimonio de la brutalidad de la acción de la Guardia Nacional y los colectivos paramilitares contra las manifestaciones en todo el país. Ello al tiempo que se permite el asalto a negocios y propiedades bajo la mirada impasible de la fuerza pública. En buena medida, mucha gente en Venezuela se está enfrentando a la trilogía de la muerte que ofrece el gobierno: muerte por hambre, muerte por enfermedad no atendida, muerte por el hampa o la represión.

¿Por qué entonces actúa el gobierno de una manera aparentemente suicida, arriesgando su ya maltrecha reputación internacional, exponiéndose al odio de su propia gente y propiciando un enfrentamiento de consecuencias impredecibles? La respuesta más simple y brutal es que no puede hacer otra cosa. El régimen sabe que cualquier concesión o muestra de debilidad produciría una fractura total del mecanismo de poder y una estampida de sus propias fuerzas. El suicidio pues, no es tal, sino instinto de supervivencia en su versión más degradada. Otra parte de la respuesta es que el gobierno cuenta con ganar esta batalla contra su pueblo a fuerza de represión y terror. Un tercer elemento es que frente a la posibilidad de una matanza se abriría una puerta de escape a los secuestradores de la voluntad popular para que salgan del país sin la amenaza de un enjuiciamiento.

En el duelo de voluntades entre los secuestradores y el país rehén, la dirigencia opositora, especialmente los diputados de la AN, se ha unificado nuevamente e historias de valentía se escriben a diario en nuestras calles. Jóvenes dispuestos al último sacrificio por la posibilidad de un futuro mejor. De que se mantenga la combinación virtuosa de presión internacional, presión de calle y coherencia en el liderazgo político, dependerá que Venezuela pueda salir de su condición de país rehén. Una pelea que tiene que continuar en todos los escenarios: en las iglesias orando, en las calles en resistencia civil y en los organismos internacionales denunciando a los secuestradores. Una batalla donde todos son necesarios y todos tienen un espacio. El espectro variado de la política, los militares comprometidos con la defensa de la Constitución, la iglesia, voz de su pueblo, la gente que sigue en Venezuela y quienes han salido del país, pero siguen comprometidos por la causa de la democracia y la libertad.

Se avecina el nuevo 19 de abril. Tiempo de salir de los tiranos. La revolución chavista ha perdido cualquier vestigio de moral y ética ante la historia. Tenemos a la Constitución, a la comunidad internacional y al pueblo de nuestro lado. Son los tiempos del coraje cívico y la resistencia ciudadana. Un soldado del mal por cada mil de nosotros no podrá doblegarnos.

 

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