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Nelson Totesaut Rangel: El divorcio

Todos los divorcios son problemáticos. La complejidad no se debe a vestigios amorosos de lo que hubo y, probablemente, ya no haya. El meollo recae, más bien, en la fuerte carga pecuniaria que deja la relación. El Brexit no es más que otro divorcio a diferente escala: una internacional, que mezcla la poligamia de un matrimonio entre 28 países que duró 44 años.

La ruptura es compleja porque nadie sabe cómo proceder; ningún país se ha salido antes de la Comunidad Europea. Groenlandia lo intentó fallidamente. Duró 3 años en negociar su salida, siendo un territorio (más no un Estado), perteneciente a Dinamarca, de apenas 60.000 habitantes. Contrastado con lo que representa Gran Bretaña: 65 millones de habitantes y la segunda economía de la unión. Y, pese a estas dimensiones, tienen tan solo 2 años para negociar, con 27 países, su divorcio.

Las partes en disputa:
La Unión Europea es la resistente a romper el lazo. Como todo amante dolido, promete obtener el mayor beneficio de la peor situación posible. Exige un pago exuberante por compromisos pasados e, incluso, futuros. Es decir, básicamente le demandan al gobierno de su majestad que se mantenga una “obligación de manutención” prolongada de hasta unos 60.000 millones de euros, por un concepto no completamente claro.

Estas exigencias no terminan allí. También aspiran por los bienes inmuebles adquiridos durante (y sin capitulaciones) la relación sentimental. Bancos, sedes institucionales, edificios, entre otros. Todo aquello que se compró y, además, lo que se pretende comprar a futuro; incluso un satélite, el cual una vez consumada la ruptura, el país saliente no podrá utilizar. Estas exigencias nos pueden parecer absurdas, pero bien sabemos que son procedentes en un escenario de separación entre personas naturales.

Por su parte, Gran Bretaña no se queda atrás. Mediante una cínica carta enviada a Donald Tusk (Presidente del Consejo Europeo), Theresa May (Primer Ministro de Reino Unido) no solo desmiente la obligación de saldar cualquier deuda presente o futura que tenga con la coalición europea (alegando su supuesto derecho al abandono de forma gratuita) sino que también hace exageración de las condiciones que procuran mantener post-Brexit.

Dicha carta es una burla enmascarada. Xavier Vidal-Folch la califica como “(…) veneno envuelto en celofán, puño de hierro en guante de seda, cinismo de alto voltaje arropado en exquisito lenguaje diplomático”, ya que si bien el tono es profundamente conciliador (contrario a lo acostumbrado), apostándole a la máxima integración del ente y a la prosperidad del mismo, se sabe que el abandonarlo en su tiempo de mayor necesidad contribuye a su acelerada disolución, esparciendo focos de sentires separacionistas en el resto de Europa.

Esta expansión del Brexit es alarmante. El Dr. Víctor Lapuente Giné, alega que “en lugar de europeizar a Reino Unido, los europeos se han vuelto más británicos (…): en Italia la opinión favorable a la UE ha caído del 78% al 58%; en Francia, del 69% al 38%; y en España, del 80% al 47% (Pew Research Centre)”, contradictorio a lo que May apuesta –supuestamente- en la misiva de 6 páginas.

Este pragmatismo inglés es lo endémico: Inglaterra quiere seguir en Europa sin estar en ella. No solo buscan poseer una movilidad libre para sus ciudadanos (o, al menos, garantizarle la estabilidad a 1.2 millones de británicos que se encuentren fuera de sus fronteras), sino que también aspiran mantener tratados de libre comercio con el resto de países que abandonan. Es decir, derechos sin deberes, todo esto en aras de procurarse un “futuro brillante”; el mismo que andan tirando por la ventana.

Nadie dijo que la ruptura sería fácil. Ambas partes van a buscar su mayor beneficio de esta situación. Y que nadie se deje engañar por el nuevo discurso inglés, ellos que son maestros de la diplomacia, ya que sus verdaderas intenciones “(…) están lejos de diseñar un propósito distinto al que alberga desde hace tiempo, el de un Brexit duro y extremista” (Vidal-Folch, 2017) y preocupantemente contagioso, agregaría yo.

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