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Alirio Pérez Lo Presti: Un largo capítulo final

Con frecuencia surge una pregunta cuya contestación puede provocar irritabilidad y desesperanza en algunas personas: –“¿Cuándo va a terminar esto?”–, refiriéndose a la situación política, social y económica que vivimos los venezolanos. Atreverse a dar una respuesta directa tiene su precio, pues en muchos, escuchar lo que no desea genera antipatía y rechazo. Pocas cosas pueden tener el carácter de dolor punzante que posee la verdad.

La idea de que el tiempo tenga una estructura cíclica, en analogía con la aparición periódica de las estaciones, de los ritmos biológicos naturales y de las constelaciones en el cielo, siempre permaneció como un patrimonio común de todo el mundo griego, ya sea en el período mítico, ya sea en el filosófico. La hipótesis moderna de un tiempo rectilíneo surgió con el cristianismo, el cual prevé un tiempo único, encaminado y tendiente a un objetivo. Frente a esta concepción, la obra de F. Nietzsche (1844-1900) contrapone la idea del eterno retorno. En un mundo descreído, el filósofo punta de lanza en la contemporaneidad es precisamente este excepcional alemán que se convirtió en fuente de inspiración para muchos pensadores actuales.

Desde que el mundo es mundo los espacios de desafuero han acompañado al hombre. Ha habido períodos buenos y épocas malas en el curso de la civilización, siendo una especie de péndulo infinito que acompaña lo humano. La idea de que en la vida existe una clase de desenlace final, es un tanto novelesca y ridícula. Lo que existe es una avasallante continuidad de cosas que derivan en otras y así de manera ininterrumpida, porque en las dinámicas sociales no existe el vacío ni las cosas dejan de moverse. Cuando algo o alguien desaparecen, es sustituido inmediatamente, ya sea de manera simbólica o real. Hasta el amor suele cambiar de lugar. Algo similar ocurre con el movimiento, pues todo el tiempo las cosas se están moviendo, incluyendo la vida colectiva.

Es en ese accionar del movimiento de las dinámicas sociales donde hace su aparición el ciudadano y la potencial posibilidad de revertir el curso de la tendencia de la vida en sociedad. De ahí que no es raro darse cuenta que acción y reacción van de la mano y en la medida que un grupo intente aplastar a otro, encontrará las formas más variadas de resistencia. La propia supervivencia es una manera de resistirse, que va llenando al individuo de malestar, rabia y resentimiento. Por eso, tratar de jugar con las emociones humanas es peligroso y arriesgado, siendo posible que ese cúmulo de emociones consiga un cauce y se haga efectivo en términos de operatividad, lo cual consiste en causar un efecto específico que puede revertir cosas.

Luego de dos décadas de confrontación entre ciudadanos, el balance es una tragedia. Se cayó en el juego de ser marionetas de vendedores de falsos sueños y atajos que condujeron al despeñadero. A veces me pregunto si en vez de haber aventurado por la confrontación, se hubiese apostado por un objetivo unificador en donde el trabajo productivo y la idea de progreso se hubiesen enarbolado como banderas para unir y no dividir. Tal vez seríamos la mejor nación del planeta.

La cruel lección venezolana va dejando montones de enseñanzas y el tiempo se encargará de poder asimilarlas y valorarlas en su precisa y justa extensión. No entendimos que llegamos a tener un país cuyas instituciones debimos proteger con todas nuestras fuerzas y nos lo dejamos arrebatar por ilusiones pueriles y formas inusitadas de rencores retorcidos. Por el momento somos ejemplo mundial de lo que no se debe hacer si se quiere preservar la paz social y el bienestar común.

Cuando una sociedad entra en una situación caótica, no es raro ver que los roles se intercambien. Los ciudadanos juegan a ser políticos y los políticos dejan de hacer su trabajo para terminar siendo una representación teatral de las ansias que les va dictando el colectivo. La ausencia de una cultura política y una educación ciudadana nos llevaron hasta este punto en donde pareciera que no existen mejores escenarios.

Una cosa queda clara: Haber llegado a construir una democracia, que con los defectos propios de cualquier sistema de gobierno fue admirada por nuestros vecinos, permitió la paz social por varias décadas. No es casual que Venezuela les dio refugio a tantos inmigrantes y perseguidos políticos de los más variados confines.

La disparatada idea de que a trompicones se puede llegar a cambiar un país para bien es un desatino que estamos sufragando caro. Quien no cuidó lo que tuvo, tendrá que pagar el precio de haberse arriesgado a transitar por atajos malsanos. Construir es muy difícil y lleva años. Por el contrario, destruir es sencillo y no requiere de tanto esfuerzo. Tal vez lo más duro de la situación actual es que dejamos de hacer nuestras tareas como miembros del país para dedicarnos a salvarnos, ocupando los más enrevesados roles, que en otras circunstancias no debieron correspondernos.

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