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Enrique Meléndez: Los abriles

 

Repasando los hechos del 19 de abril de 1810, vistos a través de la pluma de Juan Vicente González, a propósito de su biografía sobre Martín Tovar; que he venido leyendo en estos días; momentos en los que Borges dice que las leyes de casualidad, son las leyes de la causalidad, y con el perdón de la digresión; encuentro que nuestros abriles son fulminantes.

Por supuesto, nosotros tenemos 18 años diciendo que hemos llegado al llegadero; que al gobierno le quedan pocos días. Recuerdo una frase fatal de Ramón Guillermo Aveledo en aquellos primeros días de Chávez en el poder; incluso, cuando todavía no había llegado el castrocomunismo: yo sé que este régimen va a caer; pero no sé cuándo y a qué precio. Hoy la ruina es total. Vueltos a doscientos años atrás, estamos en las mismas condiciones; pues en 1816 el país también estaba en la ruina; a raíz de ese 19 de abril de 1810; momentos en que se reunían unas Sociedades Patrióticas, y en ellas se hablaba de la defensa de los derechos del hombre; en concreto, sobre la libertad; que constituye uno de los principales derechos, surgidos a raíz la Revolución Francesa; de la cual estaban impregnadas estas sociedades; que tenían mucho que ver incluso con la masonería, y una de esas reuniones se llevó a cabo en la casa de un joven viudo; Simón Bolívar, recién llegado de Europa en el mismo barco, casualidades del destino, que traía a Vicente Emparan, y quien se iba a encargar de la Capitanía General de Venezuela y de la gobernación de Caracas. Precisamente, se atravesaba por una Semana Santa.

La historia pintoresca cuenta que los integrantes del entonces cabildo caraqueño obligan a Emparan a desviar su curso hacia la iglesia; a donde se dirigía, para participar de los oficios religiosos de ese Jueves Santo; para llevárselo a una sesión del cuerpo edilicio, que se efectúa, precisamente, ese día; ya que la población se ha venido amotinando las vísperas, a consecuencia de ciertos hechos que se han venido produciendo en la ciudad capital; lo desvían unos señores Juan Germán Roscio, entre otros, y un canónico de nombre José de Madariaga, chileno el tercio, y a quien se le atribuye el hecho de que, una vez que la concejalía le pide la renuncia a Emparan a la Capitanía General de Venezuela, éste se voltea hacia la muchedumbre, que se encuentra en la plaza Mayor; para asistir, asimismo a los oficios religiosos; pero que también está atenta a lo que está ocurriendo allí en la cámara edilicia, con motivo, repito, de lo que ha venido ocurriendo en esos días; se asoma Emparan al balcón y pregunta que si ellos quieren que él siga gobernando la Capitanía General o quieren que se vaya. Se cuenta que Madariaga se puso por detrás de Emparan, y que con un gesto incitó a la muchedumbre a que dijera que no quería que siguiera gobernando; lo que dio lugar a que él dijera que tampoco quería mando; cosa que consideran pintoresca algunos historiadores, diríamos, por reducción al absurdo, aun cuando González sí destaca el papel de agitador de Madariaga, en esta situación.

Obsérvese que no tiene nada de militarismo nuestra proclamación de independencia: de esas Sociedades Patrióticas sale la idea de conformar una República libre; en momentos en que en España se ha producido un vacío de poder, a propósito de la firma del Tratado de Bayona, y mediante el cual Carlos IV le cede todos sus derechos a Napoleón Bonaparte, y abdica a favor de su hermano José Bonaparte. En este sentido, se forma la Junta Patriótica de los Derechos de Fernando VII; tomando en cuenta que se apela a la figura del hijo mayor de Carlos IV, con motivo de la creación de la Junta de Sevilla; que se dice allá en España defensora de los derechos de Fernando VII, y se declara insubordinada de aquel régimen, que comienza a considerarse usurpador, y de modo que a los venezolanos les da por crear aquí un capítulo de dicha junta, y que en el fondo constituye la independencia de un país, y es por esto que el pueblo se ha amotinado las vísperas, sobre todo, por la presencia de algunos agentes franceses del nuevo régimen de Bonaparte, y a quienes se ha pretendido linchar en un primer momento.

Por supuesto, esto le acarreará sangre, sudor y lágrimas a este pueblo; ya que a partir de este acontecimiento se desatará una de las guerras más crueles que va a conocer la humanidad; de modo que para 1816 el país está en la ruina; no hay un solo cuartel de los patriotas en todo el territorio nacional; con una dirección militar muy enguerrillada entre ella misma; Bolívar seguido muy de cerca por Pablo Morillo; aun cuando todo su prestigio militar ha venido cayendo, a consecuencia de sus continuos fracasos, en lo que se refiere a establecer un cuartel de su ejército en Venezuela; mientras medio país ha sido degollado; que es lo que nos falta hoy en día, para ser la Venezuela un retrato fiel de lo que se vivía en aquellos momentos: un país también tomado por una fuerza ocupacional extranjera, el castrocomunismo; una fuerza ocupacional autorizada y consentida; y una dirección política de la oposición también muy dividida; acusándose unos a otros de ser sobornados por el gobierno, y donde la gente se está muriendo por una hambruna generalizada, por falta de medicinas y por un hampa; que está más desatada que aquellas huestes que se fraguaron a la sombra de tiranuelos de la talla de José Tomás Boves, que fue uno de aquellos cabecillas, que degollaron a medio país; producto precisamente de aquel proceso de emancipación, que llevamos a cabo.

Asimismo, el abril de 2002 nos dejó mucha sangre, mucho sudor y mucha lágrima, y estamos, por último, frente a un abril sangriento; nuestros hogares se han vuelto a enlutar y de nuevo la calle se ha calentado. Lo que decía una señora, que salió a manifestar: yo estoy aquí en la marcha, porque si no me mata Maduro o me mata el hambre o me mata el hampa.

melendezo.enrique@yahoo.com

 

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