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Alberto Mansueti: “¿Primavera árabe?”

En América latina y otras partes del mundo, hay la imagen romántica de que entre 2010 y 2013, una oleada de manifestaciones populares, autoconvocadas por Internet mediante Facebook y Twitter, de modo espontáneo, sin dirección, organización ni liderazgo alguno, fueron capaces de derrocar a varios gobiernos árabes, abriendo así el camino a una nueva era de democracia y libertades en la región.

La prensa mundial a menudo compara estas rebeliones con las sucesivas oleadas revolucionarias contra monarquías europeas en el siglo XIX, particularmente en los años 1820, 1830 y 1848. En esto hay algo cierto: en ambos casos, lo que se cree que ocurrió, o lo que se pretende hacer creer que ocurrió, es por completo distinto a lo que realmente ocurrió.

Las protestas de calle no fueron “espontáneas”: diversos factores, muy poderosos, las empujaron y aprovecharon, según los casos: ejércitos regulares; facciones y sectas religiosas; partidos islámicos y/o comunistas; sindicatos; activistas de “derechos humanos” y “periodismo de denuncia”; agencias desinformativas; guerrillas armadas, entrenadas y pagadas por países extranjeros, los cuales luego atacaron o invadieron, en directo. Se desestabilizaron al fin aquellos gobiernos, que no eran todos iguales; pero los resultados, también desiguales, distan de ser un idílico paraíso democrático. Cinco países son los más relevantes: Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Siria.

(1) Se supone que la “primavera” comenzó en Túnez, cuando un vendedor ambulante se quemó a lo bonzo en diciembre de 2010, y las revueltas consiguientes provocaron la huida del Presidente Zine Ben Ali. En realidad, Zine era un dictador modelo Pinochet, cuyas reformas económicas posibilitaron un notorio crecimiento, pero no suficiente. Y a diferencia de otros regímenes árabes, el de Zine no les dio nada a los militares; así el Ejército promovió la “Rebelión de los Jazmines”, y le derrocó. Hoy los islamistas violentos pelean fieramente contra los moderados, y ambos contra los comunistas no religiosos y demócratas laicos… y el caos reina en el país, junto con la pobreza y la corrupción.

(2) Se supone que Egipto siguió el ejemplo de Túnez; y así fue: la “Revolución Blanca” o “de los Jóvenes” contra Hosni Mubarak, Presidente desde 1981, comenzó el 25 de enero de 2011, “el Día de la Ira”, y casi 20 días después, el Ejército le forzó a dimitir, y asumió el poder. En las elecciones de 2012 ganó la Presidencia un musulmán moderado, Mohamed Morsi, quien de inmediato quedó atrapado entre los sectores laicistas y las diversas facciones islamistas, y entre los partidarios de Mubarak y quienes reclamaban retaliaciones y venganzas judiciales contra el ex Presidente. Hubo una segunda oleada de protestas contra Morsi, otra vez golpe de Estado militar en julio de 2013, y luego un nuevo Presidente, el actual, Abdel Sisi, un militar. “Egipto se ha convertido en una sociedad más violenta y cada vez más polarizada por cuestiones ideológicas y sociales”, dijo un analista a la prensa. Otro añadió que “en comparación con otros países de la región, que están muchísimo peor, como Siria, Egipto es casi un oasis de estabilidad”.

En toda la región, el conflicto árabe-israelí es determinante; y es insoluble en tanto las grandes y medianas potencias, globales y locales, sigan apoyando a uno y a otro lado. La solución es muy simple: lisa y llanamente su completa retirada, “hands-off”, para que musulmanes y judíos se vean solos, y vuelvan a hacer lo que hacían antes con frecuencia, en Medio Oriente y en el planeta: convivir. Y comerciar en paz, sin estatismos ni imperialismos. Pero la solución es resistida con feroz empeño, digno de mejor causa, en las grandes capitales geopolíticas.

(3) En Libia, las protestas comenzaron en enero de 2011, provocando represión y violencia del Gobierno Khaddafi. La oposición creó una eficiente milicia, el “Frente de Liberación”, apoyada por EE.UU. y la OTAN. Hubo guerra civil, y el Gobierno perdió. En octubre, Khaddafi fue encontrado y ejecutado. Pero “la transición” fue muy cruenta; y la “segunda guerra” comenzó en 2014, entre las opuestas facciones armadas triunfantes en 2011, cada cual con su apoyo respectivo desde el exterior. Ahora luchan bestialmente en Libia, un ejemplo perfecto de “Estado quebrado”.

(4) A comienzos de 2011 en Yemen se rebelaron contra el Gobierno del Presidente Ali Saleh. Los marchistas llevaban cintas rosas al estilo de los jazmines tunecinos. Las protestas duraron más de un año, hasta que Saleh fue expulsado del poder. Y la situación cambió, pero para peor, con los violentos choques entre musulmanes sunnitas y chiítas. Yemen sufre hoy una de las peores crisis humanitarias de Oriente Medio, con hambre, guerra, dolor y sufrimiento por doquier.

(5) El siguiente levantamiento popular ocurrió en Siria ese mismo año 2011, contra el régimen de Bashar El Assad, escalando el conflicto hasta convertirse en la guerra más globalizada de la historia reciente: EE.UU., la UE y la Liga Árabe respaldan a los diversos ejércitos rebeldes; por su lado Irán, Rusia y China apoyan a Assad. Las “redes sociales” siguen con un rol muy destacado: le otorgan tribuna a cada quien que expone su ignorancia: para los marxistas, la culpa es de Israel, EE.UU. y el petróleo; para los despistados, la culpa es del Corán; para los pacifistas, es de los fabricantes de armas; y para los que leen mal la Biblia, que son muchos, la guerra de Siria es el comienzo del fin del mundo. A todo esto, los muertos ya van por los 300.000, y la crisis humanitaria es la mayor del siglo XXI.

Hace un par de semanas hubo elecciones en Ecuador, y los enfervorizados partidarios del candidato perdedor, “convocaron al pueblo a las calles”, recordando el “ejemplo de la Primavera Árabe”. También en Venezuela se recuerda el mismo “ejemplo”, cuando la oposición incompetente “convoca a las calles”, lo cual sucede cada año, incitando a la violencia, y propalando rumores infundados y noticias falsas en Facebook, Twitter y Whatsapp. Siempre con el mismo resultado: disturbios, destrozos, saqueos, con heridos y muertos; y un régimen comunista que aprovecha para ajustar aún más las tuercas.

Gravísimo daño nos hacen la partidofobia, la antipolítica, y esa enferma aversión a la democracia que divulgan algunas sectas “libertarias” anarquistas, muy penetradas por el marxismo cultural en todas sus formas y expresiones, incluyendo el odio a la religión. Y encima, desde muy variopintos ángulos y sectores, se nos embiste a diario con llamados a la “¡Acción; no palabras!”, o sea: la guerra contra el pensamiento, al más puro estilo absolutista y nazi-fascista de los ‘30. Tres liberales hispanos verían muy familiar este ambiente: Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903), Miguel de Unamuno (1864-1936), y José Ortega y Gasset (1883-1955).

Bien haríamos en América latina en mirar a los países árabes; pero a lo que sucede en la realidad, no en las imaginaciones fanatizadas. Y mejor haríamos en apoyar los remedios a tales desastres, que en el Centro de Liberalismo Clásico impulsamos: no sólo el capitalismo de libre mercado para todos; sino también reivindicar y promover (1) la democracia representativa, (2) la vía Política con “P” mayúscula, que es la sola alternativa civilizada a la violencia ciega, letal y destructiva, (3) los partidos políticos como mediadores naturales entre la demanda y la oferta de bienes públicos, y (4) la precedencia del pensamiento racional sobre la acción.

Mucho necesitamos la ayuda de Dios. Y la tuya también, si estás de acuerdo. Gracias por leer hasta aquí; te agradezco si compartes este artículo. Y que sea hasta la próxima semana.

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