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Aurelio F. Concheso: Estrategias venezolanas en un mundo de transporte electrificado

Si revisamos los cien años con balanzas de pago estructuralmente superavitarias de las que disfrutó Venezuela hasta 2014, veremos que la sustitución masiva de gasolina por electricidad en el trasporte automotor, no necesariamente tiene que presagiar una condena perpetua a engrosar las filas de los estados fallidos cuartomundistas a donde parecen encaminarnos las presentes políticas. La principal razón para esto es que, enfocada con inteligencia, la ventaja competitiva de hidrocarburos abundantes puede ser aún una palanca de desarrollo durante, por lo menos, 50 años más, siempre y cuando el modelo a través del cual se aproveche sea el adecuado.

La respuesta, de hecho, está en una parte de esos cien años recién transcurridos. En los primeros 60 de ellos, el petróleo y, en menor medida, el gas, aún no habían sido deificados y se explotaban como una industria más, por empresas privadas concesionarias. Es decir, por corporaciones emergentes que operaban con un margen de comercialización a veces holgado, a veces no tanto, pagando impuestos y regalías de diversa índole. Claro que, para ese entonces, las concesionarias privadas eran extranjeras, pues en el país no existían experticia, ni mercados financieros sofisticados que les permitieran incursionar a los emprendedores venezolanos en el mundo de la exploración y de la producción de hidrocarburos.

No fue hasta 1976 –cuando se consumó la estatización total de la actividad- y luego de la triplicación del precio del petróleo, que se creó de la noche a la mañana un gigantesco margen de ganancias fortuitas. La estatización incluyó, por cierto, la expropiación de dos empresas venezolanas que se iniciaban en la parte medular del negocio. Nos referimos a la Petrolera Mito Juan, dirigida por Humberto Peñaloza, y Talón Petroleum, de Rafael Tudela. A partir de entonces, han transcurrido 40 años para que el proceso de absorción por parte de la clase política de nuestra principal ventaja surtiera su efecto destructivo.

Primero, usufructuaron las regalías. Luego en 1982, le pusieron mano a su reserva para inversiones de la industria. Más adelante, lo hicieron con las utilidades, las reservas de depreciación, la capacidad de endeudamiento, y en el camino, como si fuera poco lo hecho, el zarpazo llegó al acervo del activo humano y a su capacidad gerencial, hasta desembocar en la caricatura que es hoy la IPCN.

Tal vez esta última etapa de depredación total era necesaria. Pues ahora, sin recursos ni humanos ni físicos, y teniendo, de paso, que reinventarse para enfocarse más al gas que al petróleo, un producto cuyos márgenes produce menos renta fortuita de la cual apropiarse, el camino hacia adelante queda claro. Es decir, dejar la actividad en manos de empresas privadas, aportándoles un marco legal que les incentive a invertir en el país.

El complemento de esta estrategia tiene que ser reconocer que en el Siglo XXI, las empresas e industrias exitosas de toda índole son aquellas cuyos productos brotan del ingenio humano. Ese tipo de empresa no florece en un ambiente de controles y de amenazas permanentes a la confiscación de aquellos que logran el éxito. ¿Se imaginan un Jeff Bezos de Amazon (hijo de inmigrantes cubanos), un Sergei Brin de Google (hijo de inmigrantes rusos), un Steve Jobs de Apple (hijo de inmigrante sirio) construyendo sus empresas en el entorno de la “Venezuela Potencia” de Nicolás Maduro Moros?

El reto es construir los incentivos para que ese tipo de empresa y empresario quieran florecer en nuestro patio. Uno de los primeros pasos que habría que dar -luego de desmontar de un solo golpe el entramado de controles- sería el rescate de nuestras universidades, hoy asediadas por el régimen, pero que, en su momento, fueron semilleros de talento en todas las disciplinas. Para muestra un botón, el Rector de la Universidad Tecnológica más reconocida del Mundo, MIT, no solo es un venezolano, sino que su título de Ingeniero Eléctrico lo recibió en la Universidad de Carabobo… Además de que, cuando llegó a Stanford a estudiar para sus postgrados, a duras penas hablaba inglés.

El país tiene todas las posibilidades de capitalizar los retos y oportunidades con éxito, de lo que queda de siglo XXI. Solo que mientras más se demore en salir del callejón sin salida en el que se encuentra, más largo será el proceso de reconstrucción.

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