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La tragedia de Nietzsche; por Alejandro Oliveros

 

Nada fue fácil para Nietzsche, y no tenía por qué eximirse su nacimiento como filósofo de la modernidad. A las dificultades propias de la circunstancia, debemos agregar que se trató de un nacimiento con mucho de involuntario. Es el caso de un hombre que orientó sus mejores esfuerzos a convertirse en algo muy preciso, un filólogo clásico, y terminó siendo algo menos confiable, como lo puede ser un un filósofo. El punto de inflexión de este proceso se produciría en 1872, cuando, a los 28 años publicó su El nacimiento de la tragedia (Die Geburg der Tragödie).

El nacimiento de la tragedia tal vez sea el más popular de los libros escritos por un filósofo, más que los de Platón, Aristóteles, Hobbes, Descartes, Kant, Hegel, Marx, Heidegger y pare de contar. Dos son las razones que justificarían esta conjetura. El primero, es el asunto. ¿A quién no le ha interesado alguna vez la tragedia griega? ¿Conocer la historia de personajes como Edipo o Medea? ¿O de Agamenón, el triunfante capitán del acoso griego a Troya que moriría a manos de su vengativa esposa? De esto es de lo que habla Nietzsche en su breve estudio, y no del ethos , la idea, el ente, los universales, la metafísica, el olvido del ser, las situaciones límites y temas parecidos. La segunda razón es el estilo del autor. Una prosa siempre tensa, apasionada, audaz, arriesgada, que seduce y entusiasma al lector como muy pocos tratados de filosofía. Concebido como un aporte a la filología clásica, de la cual Nietzsche comenzó siendo un representante, el libro terminó siendo un cuestionamiento de las venerables fundaciones de la ciencia en la cual se había formado. La primera ruptura de un pensador que haría de la rebeldía el sujeto de su filosofía.

Dieciséis años después de publicado El nacimiento…, Nietzsche, al borde del precipicio de la locura, se creyó en la necesidad aclarar los verdaderos objetivos de su proyecto. La enfermedad había progresado en los doce años desde su publicación y sólo le quedaban semanas de lucidez cuando publicó Ecce Homo, de donde son estas líneas:

Para ser justos con El nacimiento de la tragedia (1872) será necesario
olvidar algunas cosas…Examinando con cierta neutralidad
parece un ensayo demasiado intempestivo… Una idea, la antítesis
dionisíaco y apolíneo traducida a lo metafísico… En la tragedia,
la antítesis superada en la unidad; cosas que jamás se habían
visto cara a cara… Las dos innovaciones decisivas son, por
un lado, la comprensión del fenómeno dionisíaco en
los griegos. El libro ofrece la primera psicología del mismo
y lo considera la raíz única de todo el arte griego. La segunda,
es la comprensión de socratismo: Sócrates reconocido por
primera vez como instrumento de la disolución griega.

La defensa de Nietzsche parece injustificada, habida cuenta de la difusión privilegiada que hemos mencionado de su estudio. El nacimiento …, aunque pueda no parecerlo, por su escritura desenfadada y desinterés por un aparato crítico, es el producto de una larga investigación y reflexión sobre el papel de la filología en la búsqueda de la verdad de lo griego, “Durante diez años el joven estudioso vivió entre sus libros y de sus palabras no se anuncia ninguna amenaza para la ciencia. Acepta la tradición filológica y aconseja a sus amigos reprimir la fantasía, respetar el método, controlar las hipótesis. Y después viene este libro que todo lo contradice y donde nadie reconoce al autor. De la propia universidad alemana surge la ruptura de su visión del mundo; de improviso, sin que ninguno pudiese esperarlo”. (Giorgio Colli, int. a: La nascita della tragedia). Para el momento de su publicación, Nietzsche es un prometedor profesor de filología clásica de la Universidad de Basilea, privilegiado con la amistad de Cosima y Richard Wagner, a quienes visita reiteradamente y mantiene al tanto de los progresos de su libro. Nunca imaginaron los amigos el negativo recibimiento de la obra. Nada menos que Wilamowitz-Moellendorf, brillante representante de la ortodoxia de la filología clásica y compañero de liceo de Nietzsche, se encargó se escribir la más devastadora reseña del volumen:

Herr Nietzsche enseña filología clásica y aborda una serie de
cuestiones de gran importancia en la historia de la literatura
griega… Sobre esto quisiera comentar y no debe ser difícil
probar que el convencimiento en la presentación de sus opiniones
está en relación directa con su ignorancia y desdén por la verdad…
Su salida es menospreciar el método histórico-crítico,
burlarse de cualquier aproximación que no sea la suya y
evidenciar una completa incapacidad para entender la Antigüedad.

Y termina el implacable y muy influyente Wilamowitz invitándolo a renunciar a su cátedra universitaria. A pesar de las defensas de Richard Wagner y Edwin Rhode, el despiadado análisis arruinaría la carrera de Nietzsche. Una circunstancia que, a pesar de la amargura que produjo en el joven autor, deberíamos considerar afortunada. Muerto el filólogo, nacería, de manera dolorosa, el filósofo de la modernidad, el más influyente, con Hegel, de los pensadores alemanes.

Si bien es cierto que, desde un punto de vista estrictamente filológico, El nacimiento… no está exento de limitaciones, las opiniones del autor van a transformar la visión que se tenía de la antigua Grecia. Había llegado a su fin la imagen idealizada que hacía de los griegos un pueblo pacífico, domesticado, pura razón, o sentimentalismo, en el peor de los casos; éticamente impecable y moralmente perfecto. Una tradición aceptada a lo largo de dos siglos y difundida por sus mejores talentos. La antigua Grecia como la urna de la Oda de John Keats, blanca, perfecta, inmaculada e inofensiva. El modelo para toda cultura, sin los excesos romanos ni las desviaciones africanas de los egipcios: “Oh, forma ática, línea perfecta”. Y he aquí que, sin antecedentes claros, este joven profesor de la Universidad de Basilea, venía a cuestionar esta cómoda interpretación de la antigüedad.

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En la atmósfera historicista (“inerte e incolora”) de finales del XIX, el método que me gustaría llamar “intuitivo” de Nietzsche, no podía tener un mejor recibimiento. Habría que esperar hasta las primeras décadas del novecientos para que, liberada de la tradición filológica alemana, una nueva generación de estudiosos reinterpretaran las conclusiones expuestas en El nacimiento… Una generación condicionada por el accidentado nacimiento del nuevo XX, para la cual será natural comenzar a desconfiar de la racionalidad socrática. Para Nietzsche, dos pensadores habían sido necesarios para sostener sus intuiciones. Por una parte, el insoslayable Hegel, cuya metodología le sería útil para explicar el nacimiento de la tragedia a partir de una gran síntesis dialéctica; en la que los elementos antitéticos serían lo apolíneo y lo dionisíaco. El otro filósofo fue Schopenhauer, por supuesto. De su formidable reducción del todo a un enfrentamiento entre representación y voluntad, Nietzsche tomó sus principios apolíneo y dionisíaco: “El texto de El nacimiento… está estructurado hasta su último detalle en el sistema de Schopenhauer”, como escribió Peter Szondi. Pero el mismo estudioso reconoce la diferencia entre maestro y discípulo: “La noción del proceso trágico de Schopenhauer, la voluntad, se subordina y se retira de sí misma; es decir, se resigna. En Nietzsche, por el contrario, Dioniso emerge de su desmembramiento, en el proceso de individuación, como alguien indestructible que es, precisamente, la consolación metafísica que ofrece la tragedia” (An Essay on Tragedy).

Esta “consolación metafísica” sólo es posible si reconocemos lo que los siglos XVIII y XIX se negaban a reconocer. Esto es el elemento bárbaro, salvaje e irracional presente en la cultura griega. Ochenta años después, E.R. Dodds ofrecerá su interpretación de la tesis nietzscheana en su influyente Los griegos y lo irracional. Pero no fue Dodds el primero en identificarse con la tesis del vilipendiado profesor de la Universidad de Basilea. Antes, toda una generación de brillantes estudiosos (Murray, Harrison) y escritores (Benn, los Mann, Heidegger, Jünger, Georg, Schmitt, Strindberg, Musil, Broch et al) se dejaron seducir por el irracionalismo nietzcheano. Entendieron que sus intuiciones eran necesarias, como ha expuesto con lucidez Roberto Eposito, para un intento de “autocomprensión crítica de nuestro tiempo” (La selvaggia chiarezza).

En su dramática autodefensa publicada en Ecce Homo, Nietzsche alude a sus dos innovaciones para la solución del “laberinto” del origen de la tragedia y la cultura griega como un todo. Pero, por apresuramiento, enfermedad o lo que fuere, dejó de mencionar una tercera, no menos esencial que las otras dos. Me refiero a su iluminada insistencia en el papel del coro en la representación. Recuerda a sus lectores que “en el principio era el Coro”. Que representaba el componente dionisíaco originario, la semilla de donde había surgido el imponente árbol del teatro griego. Sería posible, “in extremis”, una tragedia sin actores, pero no sin coro. Sus integrantes no recitaban solamente, también cantaban, acompañados por músicos, en metros compuestos para la ocasión y distinto al de los parlamentos de los actores. Además, ejecutaban complicadas coreografías mientras, con sus máscaras, entonaban los cantos. La más acabada expresión de lo que Wagner llamó el “teatro total” y del cual las mejores óperas de Verdi son una formidable versión. Uno recuerda a T.S. Eliot, autor de una de las mejores tragedias corales de nuestro tiempo, cuando definía el drama como “poesía en acción”. Y acción, en cantidad, era lo que ofrecía el coro en sus intervenciones. La acción, el canto, el movimiento, son la esencia de la tragedia. A medida que el papel del coro disminuye, que el componente coral tiende a desaparecer, comienza la decadencia del teatro trágico en Grecia. Así, hasta su colapso y desaparición a la muerte de Eurípides. Sin coro, la tragedia sería una equivocación, y fue Nietzsche el primero en recordarlo.

Es probable que la filología clásica ortodoxa, la de Wolf y Willamowitz, no cuente a Nietzsche entre sus representantes más esmerados. Y también que, con una recepción tan poco generosa, hayamos perdido al que estaba destinado a ser el más revolucionario filólogo de su tiempo. Pero la cultura occidental, gracias a actitudes como la de Wilamowitz, consiguió a un interprete formidable del “angst” contemporáneo, ese miedo y angustia que ha determinado el arte y literatura de la modernidad. Es alentador saber que El nacimiento de la tragedia sigue siendo uno de los libros preferidos del lector. En tiempos como el nuestro, donde el “asalto a la razón” se ha convertido en una ideología con riesgos endémicos, entender los orígenes de esta psicopatía generalizada debe entenderse como una prioridad.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

 

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