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Nelson Totesaut Rangel: Llueven bombas

He dicho varias veces que anhelo el mundo bipolar (1945-1991), aquel que rigió las relaciones internacionales por medio siglo. En donde la competitividad bélica se daba en el plano de lo político y la idea de Clausewitz, de que la guerra era la continuación de la política por otros medios, era un recurso del que cada vez se dependería menos.

La guerra representa el fin de la política, más no su continuación. Desde el siglo XIX, mucho ha cambiado la noción en torno a esto. La guerra es la implosión final (y letal) de todo resquebrajamiento del orden diplomático; cuando las negociaciones fallan en su máxima intención, la guerra hace acto de presencia, impone el orden del más fuerte y, luego, se adormece hasta que vuelva a ser invocada.

La guerra también se ha humanizado y sensibilizado. No sólo con el surgimiento del Derecho Internacional Humanitario (reflejado por primera vez en los Convenios de Ginebra de 1949), sino con la aparición de un actor mucho más determinante: el Televisor. Así se transportó el calor bélico al hogar, siendo la Guerra de Vietnam (1955) la primera en ser llevada a las pantallas. Esto generó una revolución en el modo de ver las cosas. Las personas ya no eran ajenas al pleito, sino que pasan a ser la audiencia crítica que juzgará constantemente las medidas empleadas por las partes beligerantes.

Sin embargo, la revolución tecnológica no pararía ahí. La entrada en vigor de las redes sociales, como Twitter y Facebook, generará una intimidad superior entre los conflictos y las personas. Ya nadie es ajeno a nada, todos somos susceptibles a cualquier evento mundial. Nos convertimos en periodistas informales, corresponsables del conflicto y generadores de matrices de opinión, sobreexponiéndonos al punto que, incluso, muchos se han vuelto indiferentes ante situaciones realmente preocupantes.

Esta es la realidad con la que debemos vivir y, a propósito de ello, mucho se ha hablado de las últimas actuaciones estadounidense en territorio árabe. Luego de los 59 Tomahawk, desatados en Siria, los Marine no dieron respiro y optaron por lanzar la artillería pesada: soltando así, el pasado 13 de abril en Afganistán, a la mamá de todas las bombas. Algunos celebran su experticia castrense, otros critican su desproporción; lo cierto es que si bien muchos comentarios se han recogido sobre el suceso, existe un silencio por parte del ciudadano común, quien pareciera que se encuentra sumido en un letargo de insensibilidad política que no lo deja discernir.

No obstante a esto tenemos a Rusia, que continúa su pique con EEUU. El gigante piensa nostálgico en su pasado en el que actuaba como potencia cenital, cuando logra la paridad nuclear e, incluso, vence en campos tan diversos como lo fue colocar a un hombre en el espacio. Nadie ha puesto a sudar tanto a EEUU como los soviéticos; para esto solo hay que recordar la instalación de 45 ojivas nucleares a tan solo 90 millas de Florida. Por ende hoy, Rusia, se niega a ser un país más de los 194, sin mayor incidencia regional, por lo que banalizan el bombardeo reciente, alegando que ellos son mejores, ya que poseen al padrote de todas las bombas.

Otra respuesta es la de Corea del Norte, que camina rebelde y sin bozal. En razón de los 105 años del nacimiento de Kim Il-sung, presumen de su poderío bélico tentando y amenazando al enemigo estadounidense. China (quien ha prometido ser su tutor, asumiendo la representación y siendo el responsable de las actuaciones norcoreanas) parece estar perdiendo el control sobre la situación, frente a un Kim Jong-un que juega solo y sin responsabilidades, siendo un provocador por excelencia, quien busca tentar su suerte y estresar los canales políticos al punto de que no den más.

Lo mismo hacen los estadounidenses, ahora reforzados por la política Trump: llueven bombas sin chistar, importándole nada la aprobación extranjera; ni siquiera la del Consejo de Seguridad. Y, por cierto, si siguen aplicando esta solución, pronto veremos llover bombas sobre Estocolmo, París y Berlín, ya que las células terroristas se han propagado por aquí, y parecen no conocer otro remedio para esta enfermedad.

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