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Rafael Del Naranco: El hombre es libre o no lo es

Se van a cumplir 49 años del aclamado “Mayo francés del 68” y nosotros, aquellos imberbes de entonces, ya no somos en ningún aspecto los mismos, al ser el tiempo una trituradora de anhelos, metas e impaciencias.  Las ilusiones se fueron cuajando, en el rostro hay rugosidades y el mundo, después de tanta polvareda y las que vinieron, ha seguido caminando tan impasiblemente como siempre. Al final, sucediendo calamidades a granel, solamente queda extenuación y sentimientos encontrados.

¿Qué nos han dejado esos lejanos  días de marchas interminables, adoquines y pintadas ingeniosas? En verdad, no lo sé; mi existencia era monótona, escribía en un diario pequeño de provincia gacetillas al vuelo del transcurrir cotidiano sin ninguna pena y menos gloria.

Muerto en los albores de los años sesenta, Albert Camus pudo haber sido, por derecho propio, el gran cronista de ese mes, la persona que mejor hubiera podido comprender aquella marabunta de hechos sin sentido aparente, en una sociedad francesa aburguesada y donde los estudiantes eran, en cierta manera, los más consentidos de Europa. París se había  convertido en máximo epicentro de los afanes.

El autor de “La peste” había dicho: “Los errores son alegres, la verdad infernal”. Y eso parece que en realidad sucedió, al ser aquel mes florido, preludio de un caluroso verano, el batiente de slogans, usos y costumbres de toda una sociedad que iría a volver la hoja del viento político y social de una forma radical. Fue, no cabe duda, la década que determinó en cierta manera hasta la propia conciencia del siglo XXI.

Aquellas primeras barahúndas estudiantiles en el campus de Nanterre, se apoderaron inmediatamente del corazón del Barrio Latino, el Boulevard Saint Germain y La Sorbona; tanto fue así que, cuando al final de ese mes la calma volvió a París, el “padre” de la revuelta, el líder estudiantil de tendencia anarquista convertido en ecologista y actualmente eurodiputado, Daniel Cohn-Bendit, dijo a la prensa en esos turbulentos días: “Después de lo que hemos vivido durante este mes, ni el mundo ni la vida volverán a ser como eran”.

En el periódico de ocho hojas, en una Castilla barbacana y seca en la ciudad española de Valladolid, en el cual  nunca pasaba nada, a los tres redactores que componíamos la plantilla, jóvenes e imberbes, y por lo tanto repletos de asombro, nos parecía un ensueño sorprendente lo que sucedía en Francia.

La pequeña nota insertada en primera página del llamado “Diario Regional”, se escribió al unísono con informaciones de agencia bajo la tutela del franquismo, unas líneas tambaleantes que nos ayudaron en cierta manera a romper amarras, aunque eso no lo supimos sino años después.

“París ha vivido una explosión revolucionaria no conocida desde La Comuna, que ha puesto en entredicho las bases del ordenamiento social imperante: el modo de producción, la jerarquización, la familia y las costumbres sexuales”.

Cuatro renglones, tres docenas de palabras para explicar un hecho histórico sin precedentes en un siglo tan lleno de sucesos asombrosos.

El día culminante fue el martes 14 de mayo. Los estudiantes ocuparon La Sorbona y la declararon comuna libre; los de Nanterre impusieron como facultad libre sus salas de estudio, mientras los obreros de Sud-Aviation ocupaban la fábrica y secuestraban a su director. El movimiento se estaba apoderando del conjunto de la sociedad francesa, ya que al día siguiente los revoltosos alumnos tomaban el teatro Odeón, el respetabilísimo centro de la cultura francesa, a la vez que su director, Jean Louis Barraut, se unía a la revuelta. Sin duda era el fin de una época, con dos guerras mundiales en el medio, que por extraños e incomprensibles vericuetos se desencadenaba.

París era una fiesta sin Ernest Hemingway, siendo el instante preciso – no volvió a haber otro más hasta los momentos- en que las paredes tuvieron la palabra, y no los libros. Había nacido el graffiti como expresión de rebeldía, y algunas de aquellas frases, sin que lo supiera quien las escribió, pasaron a la historia:

“Prohibido prohibir”; “Debajo de los adoquines está la playa”; “La imaginación al poder”; “Cuando el dedo muestra la luna, el imbécil mira el dedo”; “Tengo algo que decir, pero no sé qué”; “La perspectiva de gozar mañana nunca me compensará del aburrimiento de hoy”; “El respeto se pierde, no vayáis a rebuscarlo”, y por último, entre las que recordamos, aquella otra que puede ser símbolo claro del levantamiento estudiantil: “Un hombre no es estúpido o inteligente. Es libre o no lo es”.

Esa frase última intachable pudiera ser un graffiti escrito ahora mismo en las calles de Venezuela, cuando un pueblo noble, abierto y espléndido, busca desesperadamente los valores democráticos perdidos entre los vahos de un régimen que olvidó respetar y defender la Constitución de 1999 que todos ellos juraron proteger.

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