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Luis Vicente León: ¿Colorín colorado?

La semana pasada desarrollé un par de escenarios que creo son los de mayor probabilidad de ocurrencia en Venezuela. Hoy profundizo sobre este tema, entendiendo que las ciencias sociales son inexactas y que estas proyecciones son sólo hipótesis educadas.

El primer escenario es en el cual la presión por el cambio se enfrenta a una determinación total del gobierno a evitarlo a toda costa con represión y bloqueo institucional. Mientras el gobierno crea (o sepa) que su salida lo dejaría vulnerable y sometido a la rabia y la venganza de la misma sociedad a la cual violó y abusó, la probabilidad de que entregue el poder sin luchar a muerte es muy baja. Considerando la fuerza que sigue teniendo en términos del control de recursos, medios, instituciones, armas y militares, no es descabellado pensar que luego del clímax de convulsión interna, la protesta comience a ceder fuerza y la apatía crezca en una buena parte de la población opositora, reduciendo los estímulos al sacrifico para provocar el cambio. Pero la diferencia de este escenario con el ocurrido en 2014, es que se quedan grupos de violencia focal que se niegan a abandonar su lucha. Se concentran, radicalizan y arman y dan pie a la guerrilla y la convulsión permanente.

El segundo escenario es la salida tutelada del gobierno. Se produce una situación extrema en la cual el gobierno pierde el control del país ante la masificación de la protesta popular y la incorporación de la misma a la vida cotidiana. Es la presión en la calle, en el trabajo, en el hospital, en la universidad. Es una población que se para frente al gobierno sin miedo, desde sus micro áreas de influencia y hace al país ingobernable. La represión está presente y puede ser feroz, pero se convierte en un boomerang. Pueden reprimir muchas marchas, pero no al país entero. La saña con la que se usan los antimotines enardece. Los militares y las instituciones chavistas se fracturan y ocurre lo que siempre ha terminado con las revoluciones en el pasado. La implosión. Pero la fuerza del cambio impide una sustitución interna del chavismo sin elecciones. La comunidad internacional juega un papel fundamental y el sector militar, aliado con sectores chavistas moderados (o atemorizados), abre una etapa de negociación de salida, en la que los militares permiten una transición corta con elecciones en breve, preservando ellos el control de sus fuerzas armadas y garantizando la protección de los grupos fundamentales del gobierno y el chavismo. La salida de este escenario comienza en la fuerza, pero termina en la negociación, sólo que ahora es la oposición la que tiene la mayor fuerza.

Hay dos variantes extremas de estos escenarios base. Que no pase absolutamente nada. Que la oposición se repliegue a sus zonas de clase media poco a poco y que se termine por desinflar, en cuyo caso estaríamos en presencia del 2014 “reloaded”. También está la posibilidad que pase todo. El extremo de un golpe militar, donde estos actores, desconfiados y sin puentes con el sector opositor, sacan a Maduro del poder por la fuerza, pero para quedarse ellos o su bateador designado y, bajo la promesa de pacificar el país, ofrecen elecciones futuras… que tardan en llegar.

Algunos dirán que falta el escenario más deseado. Ante la presión interna e internacional y con la oposición unificada, Maduro, en un gesto tipo Emparan, se ve obligado a convocar elecciones adelantadas y respetar resultados.  La oposición gana y se castiga a los culpables, se reinstitucionaliza el país y se rescatan los equilibrios. Colorín colorado, este cuento de ha acabado. Pero ese escenario no lo voy a desarrollar, porque siendo bello y rosa es, en mi opinión, un conjunto vacío.

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