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Rodolfo Izaguirre: Ver crecer

 

¡Me maravilla ver crecer las plantas que siembro en el jardín de mi casa! Crecen con lentitud, imperceptibles. Parecen estar inmóviles, estáticas, sin hacer movimiento alguno, incapaces de desplazarse enraizadas como están. ¡Pero no es así! Se mueven. Crecen. Lo hacen y nos damos cuenta, pero después de que lo han hecho; y las hojas y el tallo van subiendo mientras las raíces viajan hacia abajo, hacia las profundidades. Las hojas y el tallo, buscando aire y luz; las raíces, el agua y los alimentos minerales. Unas crecen más rápido que otras, pero todas cambian al crecer y el tiempo adquiere enorme importancia porque permanece al acecho, ofrece apoyo y complicidad a todas y a cada una. El prodigio es mayor si entendemos y aceptamos que una semilla, cuyo peso es de algunos miligramos, al germinar y crecer amparada por el tiempo puede alcanzar ochenta metros de altura y una circunferencia de treinta convertida en las sequoias que crecen en California. En menos de tres meses, un bambú de Ceilán alcanza la altura de un edificio de doce pisos y se sabe de eucaliptos en Uganda que crecen trece metros en solo dos años. Se habla de geotropismo al hacer referencia a las raíces y de fototropismo al referirnos al aire y a la luz. ¡Me deja perplejo el silencioso trabajo del tiempo! Todas las mañanas me acerco a ver las plantas y observo que han crecido uno o dos centímetros. Pienso que si dejo de observarlas tres o cinco semanas las hojas ya habrán abierto y el tallo será más recio. Y la vida allí estará buscándose a sí misma, sintiendo la necesidad de irse al bosque, unirse al rumor de los árboles mecidos por el viento, fundirse en los vivos colores de la floresta.

Y todo se mueve y respira en el jardín pero las plantas permanecen en el sitio en el que fueron plantadas y una secreta y misteriosa energía sube hacia mí y descubro que formo parte de ese universo vegetal de multiplicado verdor en cuyo aire se mantiene suspendido el tiempo de mi propia vida. Y constato que se trata de un espacio sagrado que rodea mi casa que también lo es porque hay vida en ella.

Y me canto y me celebro a mí mismo como un Whitman patriarcal de este tiempo cuando adquiero conciencia de que también yo estoy plantado en esta tierra en la que he echado raíces, me alimentan sus minerales y me hacen crecer mientras busco aire y luz. Mi crecimiento impone ciertos movimientos que me aproximan a otros seres, a otras plantas humanas y al saberlas cerca de mí, encuentro que también son tan sagradas como las que germinan y crecen en un tiempo que es solo mío y entonces, acompasados, todos trazamos el diseño del hermoso jardín que acariciamos. ¡Un jardín llamado país!

Hago esfuerzos por mantener vivo su verdor, pero siento que se oscurece, a veces, y lo veo desfallecer como si lo azotara una ventisca, un frío de muerte que tiende a cubrirlo con un manto rojo áspero y ordinario que mutila también las plantas; les niega el aire y la luz e impide su crecimiento normal o las siega con criminal violencia.

Y la imagen de los cuerpos represivos arremetiendo con furor nazi contra las enardecidas voces de protesta de una oposición agobiada e insatisfecha por los desmanes y abusos del régimen militar se asemeja a un jardín cuyas plantas son devastadas por algún malvado depredador.

Y veo consternado cómo caen los manifestantes más jóvenes alcanzados por las balas, perdigones y bombas lanzadas por la policía, la guardia nacional y los grupos armados y de mente criminal. Y me veo también a mí mismo, muchacho, lanzando piedras contra la policía, corriendo alocado por las calles perseguido por las lacrimógenas o acompañando al cementerio al camarada muerto en la última refriega. Y desde que tengo memoria ha sido siempre así en la vida política venezolana: ¡un jardín que se empeña en ser, pero es aplastado por las botas!

Las hierbas y las plantas son arrasadas por los abusos del poder y las flores caen despedazadas. Vidas sagradas que se pierden entre gases y gritos de una política de calle cuyo único propósito es disipar la humareda de equivocaciones y terquedades que le impiden a Miraflores ver los estragos que está causando al país.

Tengo casi noventa años, me desplazo con cierta dificultad apoyado en un bastón. No puedo participar activamente en las marchas, plantones y acciones de desobediencia civil, pero me consuela ver crecer las plantas que acaricio porque siento que en cada una de ellas respira la sacralidad que hay en las multitudes que protestan y arriesgan sus vidas para que germinen y crezcan libremente las plantas y las flores del jardín venezolano.

 

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