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Mario Villegas: Tanto o más papista que el papa

En 1999 voté con entusiasmo por la convocatoria de una Asamblea Constituyente. Lo hice con el firme propósito de contribuir no solo a la creación de un nuevo texto constitucional, sino de inaugurar una nueva era profundamente democrática, soberana, justa e inclusiva para Venezuela.

Meses más tarde voté nuevamente, esta vez para seleccionar a los hombres y mujeres en cuyas manos los venezolanos depositaríamos nuestras esperanzas y nuestro destino. Para esa escogencia me guié por mi propia conciencia y no por directrices de nadie. Así que di mi voto a candidatos de diversas proveniencias políticas. A título de ejemplo menciono a dos: mi hermano Vladimir y el apreciado y respetado amigo Claudio Fermín. Por suerte, ambos resultaron electos y ejercieron con inteligencia, madurez e hidalguía tal representación.

Unos cuantos meses después, volví a acudir a las urnas electorales. Aún con naturales diferencias respecto a algunos de sus artículos, voté afirmativamente por la nueva Carta Magna. En mi opinión se trataba -se trata- de una constitución mucho más completa y avanzada que la de 1961 en diversas materias, tal como ahora lo reconocen muchos de quienes entonces sufragaron contra ella.

Pero apenas había cumplido ocho años la nueva ley de leyes cuando ya el entonces presidente Hugo Chávez Frías se empeñó en desnaturalizarla radicalmente. En el año 2007 quiso modificar nada menos que 69 artículos de la que antes había calificado como la mejor constitución del mundo pero que ahora le quedaba pequeña para su proyecto autoritario, militarista y excluyente. Volví entonces a las urnas electorales y, al igual que millones de otros venezolanos, votamos contra semejante despropósito y le propinamos a Chávez su primera y personalísima derrota electoral. Fue un gran triunfo el que obtuvimos la mayoría de los venezolanos, pese a que el mandamás de Miraflores lo tildó de “victoria de mierda”.

Hace poco escuché al abogado constitucionalista y hoy alcalde Gerardo Blyde decir que, a partir de aquel momento, la Carta Magna se convirtió efectivamente en la Constitución de todos los venezolanos, tanto de quienes votaron por ella en 1999 como de quienes, habiéndolo hecho en contra en sus inicios, la defendieron en 2007 de su deformación. Me encuentro entre quienes la apoyamos al nacer y entre quienes la defendimos de morir en aquel trance. Así que soy doblemente doliente de esta constitución.

Hoy no necesitamos una nueva constitución. La que tenemos es lo suficientemente capaz de dar soporte jurídico a las políticas y medidas necesarias para sacar a Venezuela de la crisis, así como para iniciar la construcción de un mejor país.

Los problemas políticos, económicos y sociales que hoy padecemos no están originados en las normas constitucionales sino más bien en su sistemático desconocimiento y violación. Dar paso a un nuevo proceso constituyente lejos de traer soluciones a los gravísimos males que corroen a nuestra nación nos alejaría de ellas y agregaría nuevas dificultades, riesgos y frustraciones a una sociedad literalmente hambrienta, enferma, agotada y desesperada.

Un país que arde hoy por los cuatro costados y parece írsenos por el barranco de la violencia y de la anarquía no está para seguir perdiendo tiempo, tampoco para evasiones, para engaños, ni fantasías. No está para seguir regando las calles de sangre, de muerte y de destrucción. Por esa vía nadie gana, todos perdemos.

Aparte de que su iniciativa de constituyente corporativa es una burla más al espíritu y la letra de la carta magna, la convocatoria a un proceso constituyente anunciada el 1° de mayo por el presidente Nicolás Maduro abona precisamente en la dirección contraria a la seriedad y responsabilidad que le reclama el delicado momento que vive la república.

Igual digo a mis amigos de la oposición democrática. A un mes de iniciadas las legítimas protestas y manifestaciones, la mayoría de las cuales he acompañado personalmente en la calle, es tiempo de aterrizar en resultados concretos que viabilicen el restablecimiento del orden constitucional violentado por el gobierno y los cambios democráticos en paz que reclama la inmensa mayoría de los venezolanos.

Sin vacilaciones me anoto e insisto en la tesis de una conveniente y necesaria negociación política seria, productiva y verificable, a cuyos efectos no hay que renunciar a ningún principio, ni sacrificar ningún derecho. En esto soy tanto o más papista que el papa Francisco, cuya prédica reiterada en favor de  la paz y la reconciliación entre los venezolanos acompaño plenamente.

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