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Rafael Del Naranco: Cartas del Sava y el Danubio

A secuela del sentido vertiginoso actual son cada vez menos las cartas que se escriben a mano. Ni los inflamados enamorados las hacen. Es más fácil enviar un email, comunicarse a través del correo electrónico, usar el celular, que hacer uso del papel y la tinta para expresarnos, unos a los otros, los acontecimientos cobijados entre el pliegue del aliento.

Los tiempos actuales son diferentes y con ellos debemos transitar; no  ayudará en demasía perpetuar épocas anteriores aún habiendo sido algunas de ellas vivenciales, emotivas o plausibles en instantes que creíamos mejores. Aun así, no traspapelemos apresuradamente los recuerdos entre las hendiduras de la piel, dejémoslos florecer. Nunca lo que nos rodea desaparece plenamente en el tobogán del tiempo ineludible. Quedan matices y ecos de una añoranza ahora languidecida.

A lo largo de nuestra dilatada existencia he sido un empecinado escribidor de epístolas. En desbandada circularon docenas. Entre ellas se arrulla en el recuerdo la emotiva trilogía “Cartas a Patricia”. Esos libros los he hallado en disparejos lugares tan remotos como Mahbes de Escaiquima en el Sahara Occidental, la Isla de Capri o San Juan de Puerto Rico, y aunque fueron escritos sin mediar ningún valor literario, un pedazo humedecido de mi dubitativa existencia se halla en esas páginas ahora cubiertas de mohín sobre cueros ásperos.

Existió una época en que el género epistolar tuvo efecto tan firme como el teatro, la novela o la poesía en las plumas de grandes precursores de la talla de Chateaubriand, Pascal, Montesquieu, la marquesa de Sevigné, Talleyrand, Rousseau, el mismo Napoleón, Remusat, Lady Montagne, Richardson, Simón Bolívar y nuestro admirado Lord Chesterfield.

Siendo así que ahora el cartero del barrio, vivaracho y abierto a la hora de zurcir con ahínco la hebra cuando de mozuelas se trata, nos entregó a mediados de la pasada Semana Santa dos cartas venidas de Serbia.

Zalamero y curioso pregunta de dónde son los sellos. “De los Balcanes”, le señalo. “¿Lejos?”, inquiere. “No demasiado, forman parte de la desmembrada antigua República Socialista de Yugoslavia”. Nos mira con algo de pasmo y se aleja a continuar su bienhechora tarea.

Los amigos dejados en Belgrado han ido regresando en forma de mensajes, pequeñas misivas de un papel tenuemente azulino. Hablan de evocaciones, paseos entre los abedules, castaños y robles del Parque Kalemegdan, rememorando noches de poesía, sémola y afectos, en las orillas en que el Danubio y el Sava se unen formando un encuentro querendón.

Estas cuartillas eslavas traen remembranzas y esparcen evocaciones de antaños tiempos al leerlas.

En el centro de la ciudad se alza el Café Moscú. Cada noche una reducida orquesta de violines sumerge el local en unos sonidos que, más que notas musicales, son el apesadumbrado pentagrama de una doliente guerra ya concluida y que aun así continúa taladrada en el fondo del local y clava los recuerdos quejumbrosos en la piel de los tertulianos que sufrieron aquella abatida malaventura.

Los violines gemían; de sus cuerdas emergían lamentos en memoria de los familiares y amigos perdidos en los campos de Bosnia y Kosovo.

Pudieron haber existido razones para tanta barbarie en Yugoslavia. Una tal vez sea la venganza de la Historia, de la cual habla Hermann Tertsch; otra, acaso más real, la de los pueblos fáciles de moldear a cuenta del carisma de un solo hombre.

Europa ha tenido perennemente líderes rayando en la enajenación y tras sus ideas, barahúndas y alaridos cual plaga de termitas, pueblos completos marcharon en una misma dirección a inmolarse con la intrepidez de salvar una patria que ya estaba tiempo hace desmigajada.

Entre las dos tremebundas guerras mundiales surgieron media docena de iluminados representando un ramalazo de dolor incomprensible, el mismo que parece perdurar acongojado en los violines. Las cuerdas poseen sonidos que avisan de la marabunta que viene acercándose como orugas ponzoñosas. No será ahora mismo, pero sin duda regresará igual al aullido del lobo en la estepa.

Esos instrumentos de cuerdas con olor a cerezos floridos, característico de las vendedoras ambulantes escondidas en cada esquina de Belgrado, nos acompañaron en nuestro peregrinar, y aún nos siguen hablando del sentido desencajado que la muerte y la vida tienen en esas tierras.

El día antes de la despedida descendí a la orilla en el que las aguas del Sava y el Danubio se unen. Tomé un puñado de arena. Ahora se halla dentro de un frasco azulino mientras hilvano estas palabras que, igual a la existencia misma, son aspavientos empujando evocaciones.

Mirando la arenisca percibo el cenáculo de amigos mientras creo sentir el sonido melancólico de los violines. Es un fragmento más de la vida saliendo a nuestro encuentro.

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