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Paulina Gamus: Chávez vive, la Bicha no

¿Recuerdan apreciados lectores cuando el difunto y sus corifeos se llenaban la boca diciéndonos a los opositores Chávez los tiene locos? Quizá fue una de las pocas verdades que salieron de las bocas de esos farsantes que han mantenido a Venezuela sometida a dieciocho años de mentiras, abusos y crueldades. Como para no estar locos o cuando menos alterados con las maneras vulgares, jactanciosas y atorrantes de ir rebanando lentamente libertades, instituciones, empresas privadas y por consiguiente productividad, medios de comunicación independientes, libertad de expresión, seguridad personal  y administración de justicia. ¿Cómo conservar la cordura al cien por ciento cuando veíamos desmoronarse un país y a una mayoría que celebraba cada patada de Hugo Chávez a la sensatez, la decencia y la libertad?

La primera gran estafa fue la convocatoria a una asamblea nacional constituyente. Una obsecuente Corte Suprema de Justicia  inventó aquello del “poder originario” para que el nunca arrepentido golpista y dictador en ciernes, cambiara la Constitución más estable y democrática que había tenido Venezuela por un mamotreto que, sin embargo, la mayoría del país aprobó mediante referéndum. Para cada una de sus atrocidades, Chávez exhibía en TV una diminuta Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, en sus palabras la mejor del mundo  y a la que llamaba “la Bicha”, como muestra del gran respeto que le profesaba. Tan locos estábamos que después de haberla criticado por sus exabruptos y muchos habernos negado a votar su aprobación en 1999, la defendimos apasionadamente cuando el padre putativo quiso cambiarla con otro referéndum, en 2007.

Cuando menos la mitad del país celebró, con pleno derecho, la muerte del nefasto en febrero de 2013. La otra mitad lo lloró. Pero un mes después,  gran parte de esa mitad plañidera votó por Henrique Capriles contra el candidato espurio, el heredero designado a dedo. Muestra indudable de que Chávez también había vuelto locos a muchos de sus antiguos seguidores. Debe haber sido entonces cuando el pánico se hizo presa de Nicolás Maduro y su entorno de narco represores y bailarines de salsa e inventaron aquello de “Chávez vive, la lucha sigue”. Lo repitieron como loros desde la cúpula civil y militar hasta los más llanos seguidores del esperpento revolucionario. El grito se fue apagando y los antes chavistas fueron recuperando la cordura en la misma medida en que se incrementaban las colas en supermercados sin comida, farmacias sin medicinas, panaderías sin pan y el número de muertos por falta de atención médica en hospitales sin insumos ni equipos. De los más cuerdos entre los cuerdos aquellos que, entre gritos de júbilo, derribaron la estatua de Chávez en la Villa del Rosario, del Estado Zulia. Antes, unos lúcidos valientes habían quemado otra en Mariara, Estado Carabobo. Han arrancado afiches y pendones con la imagen del Comandante que ya vemos es cada vez menos eterno. Falta que hagan desaparecer ese par de ojos que nos persiguen con su mirada malévola, cargada de odio, desde edificios de la Misión Vivienda y otras paredes  del país.

La perturbación mental,  por lo que se ve,  ha quedado reducida a Nicolás Maduro y a su corte de narco represores y bailarines de salsa. ¿Cómo encontrar otra explicación a su propósito de liquidar la mejor constitución del mundo, la “Bicha” que decía el padrecito Chávez, en las propias narices del comandante eterno y por consiguiente inmortal? En otras palabras, ¿cómo es que si Chávez vive su Bicha debe morir? Por suerte nadie, léase bien, nadie en este país con una pizca de sensatez y equilibrio psíquico va a reunirse en Miraflores con los verdugos de la “mejor constitución del mundo” y quienes aborrecen a este gobierno de malandrines y asesinos -más del 80% del país- jamás aceptarán prestarse a ese nuevo crimen contra la pizca de democracia que nos queda.