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Mario Villegas: A mirar flores en la Villa del Rosario

Más frío no pudo ser el baño de agua que el lunes 8 de mayo recibieron el presidente Nicolás Maduro y sus comisionados proconstituyente encabezados por Elías Jaua. Un episodio del cual el gobierno salió con las tablas en la cabeza.

La inusualmente melosa invitación a los partidos de la Mesa de la Unidad Democrática, con sus correspondientes y almibaradas llamadas telefónicas, no logró fracturar a la coalición opositora en el rechazo a este fraude constituyente. Más allá de las diferencias ideológicas y de apreciación sobre la ruta para el cambio democrático, que ciertamente existen como bien lo dijo el papa Francisco, ninguna de las organizaciones que la integran ocupó la silla eléctrica que el gobierno le tenía convenientemente reservada a cada una en Miraflores.

“Hablando se entiende la gente” fue el mensaje que el gobierno puso en las redes sociales para rodear de hipocresía el falso ambiente del encuentro. Nadie olvida que la mayoría de los voceros oficiales, comenzando por el presidente Maduro, lo que ha hecho hasta ahora es insultar y atropellar invariablemente a sus adversarios.

Patéticos se veían los voceros oficiales al exaltar como un gran éxito la presencia de otras modestas agrupaciones, a las cuales ellos mismos han calificado siempre de “micropartidos” o “partidos de maletín” y que hasta se propusieron ilegalizar y desaparecer mediante la carnicería montada bajo el rótulo de “revalidación” por el Consejo Nacional Electoral, cuya presidenta, por cierto, se adelantó a glorificar la constituyente madurista sin que el cuerpo rectoral la analizara previamente.

Para desconcierto de los anfitriones, los pocos invitados que acudieron a Miraflores les salieron respondones y manifestaron claramente su rechazo a un proceso constituyente cuya convocatoria y bases comiciales no sean determinados por el pueblo mediante votación libre, universal, directa y secreta.

Mientras eso ocurría adentro, Palacio afuera arreciaban las manifestaciones populares, enfiladas ese día contra la constituyente chimba que quiere imponer la cúpula gobernante. Y los cuerpos represivos hacían de las suyas en una danza sangrienta que ya acumula casi cuatro decenas de muertos, cientos de heridos y sopotocientos detenidos, muchos de ellos sometidos a inconstitucionales juicios militares.

Entre los detenidos está parte de la muchachada que en la Villa del Rosario, estado Zulia, echó abajo y quemó la estatua de Hugo Chávez. Son muy jóvenes, como muy jóvenes han sido la mayoría de las víctimas de los hechos violentos y de la represión que han rodeado las masivas y continuas movilizaciones que por estos días  estremecen al país y concitan la atención mundial.

Algo muy grave ha de estar pasando en el sentimiento popular para que una generación que apenas había nacido cuando Chávez llegó al poder, o aún no lo había hecho pues varios de ellos son estudiantes liceístas, cargue con tanta furia contra el símbolo supremo de la llamada revolución bolivariana y el Socialismo del Siglo XXI. Las pobladas contra Nicolás Maduro, que antes habían ocurrido en Villa Rosa, estado Nueva Esparta, y en San Félix, estado Bolívar, son capítulos precedentes de la misma novela de desengaños y frustraciones.

El drama político, económico y social que atraviesa el país no solo es atribuible a Maduro y a su equipo de gobierno, sino a sus políticas y a sus prácticas, que son básicamente las mismas que este heredó y desarrolló y cuyos resultados constituyen parte del inequívoco legado de Chávez, quien tuvo la inmensa fortuna de fallecer antes de que la crisis le estallara en propias manos.

El hambre, la ausencia de medicamentos, el desempleo, la inseguridad, las corruptelas, la violación de los derechos humanos, el pisoteo sistemático de la constitución y el cierre de las vías electorales para que la voluntad popular se exprese, han terminado de despertar al país de la borrachera chavista.

Quien tumbó la estatua de Chávez no fue el grupo de jovencitos que está presos por esa razón. Fue la ira de un pueblo que se siente burlado y humillado por un gobierno prepotente y hambreador ahora escondido tras un fraudulento proyecto constituyente. Me atrevo a afirmar que detrás de cada uno de esos jóvenes, miles y miles de venezolanos que antes votaron por Chávez hicieron fuerza con su pensamiento hasta lograr que la escultura se viniera abajo.

Razón tuvo la fiscal Luisa Ortega Díaz al decir que no se puede exigir un comportamiento pacífico y legal a los ciudadanos si el mismo Estado viola la ley.