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Paulina Gamus: Acoso a los hijos

Hay que saber elegir a los enemigos porque tarde o temprano terminamos pareciéndonos a ellos”.  Jorge Luis Borges

Era octubre de 2013, un grupo de amigas celebrábamos el cumpleaños de una de nosotras con un almuerzo en un antiguo restaurante de comida italiana en la avenida Solano de Caracas. Llegó la ingeniera chavista Jacqueline Faría recién investida con un cargo que privaba de sus atribuciones al alcalde metropolitano Antonio Ledezma. La cumpleañera dijo en voz alta para que la Faría y su acompañante oyeran : “¿Esa no es la que le robó la alcaldía a Ledezma?”. Me molesté,  dije que no estaba de acuerdo con esas maneras y comenzó una discusión entre quienes rechazábamos y quienes aprobaban el hostigamiento que desde hacía años se expresaba, con abucheos y cacerolazos, a los chavistas que llegaban a cualquier restaurante. El acompañante de la usurpadora nos llamó borrachas y se mudaron a una mesa apartada.

Para esa fecha ni el alcalde Ceballos, de San Cristóbal, Edo Táchira, ni el dirigente de Voluntad Popular Leopoldo López ni el Alcalde Metropolitano de Caracas Antonio Ledezma, estaban presos como no lo estaban otros dirigentes políticos de oposición. Ni habían ocurrido las  muertes de opositores en las protestas de  marzo de 2014. Ni sabíamos de la existencia de la “Tumba”, el hueco miserable del SEBIN, donde se hacinaban jóvenes presos por sus posturas políticas. Ni la oposición había ganado de manera abrumadora las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015 para que luego el Ejecutivo comenzara a anular sus funciones, mediante el uso del Tribunal Supremo de Justicia. Así hasta la burdas sentencias 155 y 156 del 29-03-17 que suprimían definitivamente la institución parlamentaria. Ni el gobierno se había atrevido a robarnos el derecho constitucional a un referéndum revocatorio y a las elecciones de gobernadores y alcaldes. Ni la Guardia Nacional Bolivariana, la Policía Nacional también bolivariana y los delincuentes dirigidos y armados por Freddy Bernal, llamados “Colectivos”, habían decidido disparar a matar contra manifestantes pacíficos, con un saldo de medio centenar de venezolanos asesinados  y un número indeterminado de heridos. Además de los asfixiados con gases tóxicos lanzados a mansalva.

Nadie sabe con exactitud cuántos venezolanos han debido exiliarse por razones políticas o autoexiliarse por la crisis económica y social del país, por haber sido víctimas de secuestros o asesinatos de familiares, por no tener trabajo ni oportunidades de lograrlo, por el desprecio chavista a todo lo que huela a meritocracia. Podría decirse que no hay rincón del planeta donde no haya emigrantes venezolanos que aman a su país, que lamentan haber tenido que abandonarlo y que han dejado atrás padres, abuelos o hermanos que sufren todas las calamidades comenzando por la escasez de alimentos y medicinas.  Exiliados y emigrantes que, gracias a las redes sociales, están más enterados de lo que ocurre en Venezuela que quienes vivimos aquí. Y están con toda razón llenos de rabia.

Los hijos de los criminales de guerra nazis  tuvieron la gran suerte de que sus padres no los exhibían disfrutando de los abusos del poder. Quizá presentían lo que les esperaba si Alemania perdía la guerra. La esposa de Goebbels, Magda, envenenó a sus seis hijos, antes de suicidarse ambos. Muchos de los criminales que lograron huir, se cambiaron el nombre como Adolf Eichmann en Argentina. Nunca se ha sabido que alguien los hostigue o persiga por ser los hijos de ese genocida. Sin pretender hacer comparaciones en cuanto a perversidad, aunque se están acercando, los miembros de la cúpula chavista han creído que pueden enviar a sus hijos a lugares seguros en el exterior donde no los alcance el odio que ellos mismos han sembrado en Venezuela. Pero es que esos hijos, que ya no son menores de edad, se exhiben en playas paradisíacas, en tiendas, hoteles y restaurantes de lujo. No tienen el menor empacho en hacer público el disfrute del dinero robado a la nación por sus padres.  Y por supuesto que saben cuál es el origen de esas fortunas.

El alcalde Jorge Rodríguez ha reaccionado de manera dolida y además antisemita, porque dos señoras venezolanas le gritaban unas cuantas verdades a su hija protegida por un espaldero. La joven mayor de edad  esta en Australia, hasta allá ha legado el exilio venezolano provocado por el chavismo. Ese exilio que está regado por el mundo ha decidido no dejar en paz a ningún jerarca del régimen de Maduro, a nadie que tenga o haya tenido responsabilidades en la destrucción de Venezuela, en el asalto al tesoro público, en la ruina total. Y tampoco a sus hijos si estos gozan abiertamente de las fortunas mal habidas por sus padres. Muy atrás, en una Venezuela distinta, generosa, solidaria quedaron aquellos versos salidos de la nobleza de alma de Andrés Eloy Blanco: “Por mí, ni un odio, hijo mío, ni un solo rencor por mí. No derramar ni la sangre que cabe en un colibrí, ni andar cobrándole al hijo la cuenta del padre ruin. Y no olvidar que las hijas del que me hiciera sufrir para ti han de ser sagradas como las hijas del Cid”. Hoy, desgraciadamente, quienes sembraron vientos recogen tempestades.

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