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Víctor Maldonado: El populismo exhausto

Los sueños populistas siempre se transforman en las pesadillas de los ciudadanos. Escribo esto con el dolor que supone saber que el régimen sigue acumulando víctimas entre los jóvenes que salen a protestar, y presos entre los ciudadanos que salen a la calle. La violencia, como siempre, no tiene extremos ni límites tangibles. Siempre puede ser peor. Siempre puede ir más allá. Siempre puede incrementar el desparpajo. Lo verdaderamente atroz es que no hay reversa, que el régimen no entienda que puede seguir sumando dolor a los ciudadanos, pero eso no le va a garantizar ni más estabilidad, ni más tiempo en el poder. Este es un régimen con sus tiempos vencidos.

Un joven asesinado es una pérdida irrevocable. Una persona que cae presa, sin respetarle sus derechos, obligada a encarar la justicia militar, pierde un tiempo que es precioso, que también es irrecuperable. El desconsuelo y la desolación de las familias que sufren el inmenso dolor de una pérdida, o la angustia perenne de imaginar las condiciones de un presidio injusto y violatorio de cualquier garantía, no tiene cómo ser compensado. Pero eso, la fuerza bruta y el fraude, son los dados que ha decidido lanzar el régimen. Juega al uso indiscriminado de la fuerza pura y dura, pretendiendo que esta es una batalla que puede ganar, como si fuera tan fácil torcer el rumbo de la realidad, que mientras tanto transcurre inexorable. Como si toda esa brutalidad no tuviera como única respuesta posible la persistencia de la protesta y el fortalecimiento de la voluntad ciudadana, que a estas alturas siente que se está jugando el todo por el todo, porque la alternativa es oscura y desoladora: tener que ser partícipes de una nueva experiencia de socialismo real, tratar de sobrevivir al comunismo malandro, y de malandros que nos quieren trajinar a través de una constituyente espuria, último recurso de una trama agotada.

Hay cuatro situaciones que son imposibles de mantener. No se puede gobernar en contra de la mayoría de los ciudadanos. No se puede reprimir a todos a la vez. No se puede confiar en lealtades mercenarias. Y no se pueden sumar enemistades en todos los flancos. Como el régimen lo ha hecho así, el cerco internacional y nacional han sido sus resultados. Los amigos de ayer se hacen los locos, las mayorías financiadas con el petróleo venezolano se están diluyendo, y los índices de popularidad del gobierno están en el suelo. La mentira tiene patas cortas, pero la represión ni eso.

No hay forma de mantener un orden social de dominación por las malas, porque ocurre lo que está pasando en Venezuela: el régimen, concentrado en reprimir y en sostener sus mentiras, olvida que gobernar es mucho más que ese afán anhelante de mantenerse al frente. Venezuela sufre el colapso del régimen, y su cinismo. Nada está funcionando apropiadamente, y la crisis de caja se aprecia en todos los servicios y empresas públicas. Porque vivimos esa realidad con deprimente cotidianidad hay un revolcón de las expectativas que resulta en rendimientos decrecientes, dicho de otra manera, no importa cuántos esfuerzos y recursos aplique el régimen, lo único que va a resultar son resultados más menguados, en términos de gobernabilidad y afecciones. Con una sola certeza. Es un proceso irreversible. El régimen nunca más va a experimentar una mejora. Por esa razón es que podemos diagnosticar esta etapa como terminal, que lo será independientemente del tiempo que todavía le quede hasta llegar al punto de quiebre.

El régimen está colgando de una brocha imaginaria. Tiene delirios políticos similares a los que alguna vez tuvo Hitler, encerrado en su bunker y asediado en todos los frentes. Ambos creyeron tener respaldos que ya habían perdido. El gobierno cree, por ejemplo,  que cuenta con la adhesión fanática de sus 2,7 millones de empleados públicos. La realidad es otra. Una simulación demencial para no perder el trabajo, mientras cae cualquier expectativa de productividad o eficacia. El hambre que provoca el colapso de la moneda es un corrosivo constante de cualquier arrebato de lealtad. En la burocracia oficial ya no hay compromiso ni tampoco suficiente moral como para hacer el mínimo esfuerzo. Ellos saben mejor que nadie del chantaje constante, de las marchas obligatorias, del saqueo de los recursos, de las trampas que hacen sus jefes, y del disimulo compartido para intentar sobrevivir. Es imposible negar los resultados que están a la vista. Es imposible inculpar a otros cuando ellos son espectadores de primera fila de los desmanes de sus jefes. Ellos no pueden abstraerse de una situación en la que todo luce a punto de derrumbarse, mientras el régimen viola todos los requisitos de la legitimidad política. Porque para que haya apego tiene que haber resultados, doctrina y buen trato.

Lo paradójico es que mientras los venezolanos experimentamos la debacle, los jerarcas del régimen hacen esfuerzos inauditos para tratar de controlarlo todo, como si eso fuera posible. Como si sus decretos tuvieran la magia de transformarse en hechos concretos. Lo cierto es que no controlan nada, o muy poco. Solo les queda el respaldo militar, a los que han tenido que incorporar como socios mayoritarios de esta etapa postrera.  El régimen ha cometido el error de tratar como mercenarios a las FFAA, creyendo que incrementando sus beneficios puede asegurar su total complicidad. Pero allí también operan los rendimientos decrecientes.  Ellos verán hasta cuando se siguen manchando las manos de sangre, y cuánto honor están dispuestos a perder.

Las imágenes del colapso son perturbadoras. Aeropuertos sin aire, líneas aéreas que no pueden volar porque tienen vencidos sus permisos y seguros. Servicio eléctrico con apagones continuos. Agua potable regulada en su suministro. Carreteras y autopistas deterioradas. Escuelas públicas sin maestros ni comedores escolares, y con su infraestructura destrozada. Hospitales sin médicos, medicinas y equipos. Inseguridad ciudadana extrema. Escasez de cualquier cosa que se necesite. Mercados negros que distribuyen los restos de inventarios de productos esenciales. Empresas que cierran intempestivamente. El hambre, que obliga a muchos a comer restos que encuentran en la basura. La inflación y la devaluación que han hecho perder cualquier sentido al bolívar. Colectivos paramilitares que siembran el terror con la vista gorda de la GNB y la PNB. Reservas internacionales que no dejan de reducirse. PDVSA, la principal empresa pública del país, ahora es una caja negra inauditable, está endeudada y sin capacidad operativa holgada. Gasto público en total anarquía, sin orden ni concierto. Saqueo continuo de los recursos del país. Anomia social, y el espectáculo forzado de la insensatez, transmitido en cadena nacional. Sin embargo, el hambre es el gran desmentido de la propaganda oficial.

El populismo agoniza. La última carta, el fraude constituyente, es una carta marcada. Nadie compra esa trampa. Nadie duda de las verdaderas intenciones del régimen, que quiere marearnos mientras sigue en la ruta del comunismo, que es la misma que nos conduce al más allá del precipicio, al abismo. El régimen ofrece una libertad que ya nos niega. Ofrece una prosperidad que a ellos les resulta imposible garantizar. Ofrece una paz de la que reniegan. Ofrecen una justicia que no practican. Un diálogo que en realidad es secuestro y coerción. Ofrecen la participación que nos han negado sistemáticamente. Ofrecen la democracia de la que abjuran. Ofrecen las elecciones que ellos saben que no pueden darse el lujo de permitir. ¿No son todas esas ofertas una inmensa estafa?

Los ciudadanos parecen determinados. Piden cambio político, que es la condición necesaria y suficiente para comenzar la normalización del país. Sin ese cambio no tendremos nunca elecciones libres, competitivas y eficaces. Porque ¿quién se imagina a la coalición gobernante respetando las reglas, acatando los resultados, y honrando la voluntad de los ciudadanos? Este régimen no va a cambiar. Nunca va a dejar de ser lo que es ahora. Por eso, para que haya elecciones, primero hay que vencer al régimen.

Y para vencer al régimen, además de la presión ciudadana, la alternativa democrática debe demostrar que es capaz de hacer la transición. Por eso mismo es urgente que se suscriba un pacto republicano de consensos mínimos. Erik del Búfalo y David Moran presentaron una propuesta que suscribo totalmente, (http://ht.ly/RIDD30bHhy5)  pero que complementaría con detalles para constituir un primer gobierno transitorio, cuyo líder sea elegido en primarias, con el compromiso explícito de integrar un gabinete plural, pluripartidista y enfocado en hacer cumplir el pacto. La Venezuela patrimonialista tiene que quedar atrás, y de alguna manera debemos comenzar a inmunizarnos del populismo recurrente.

El populismo está exhausto y desacreditado. Sus principales ejecutores están siendo señalados como partícipes de crímenes, violaciones graves a los DDHH, y saqueo metódico de los recursos del país. A estas alturas no hay pacto posible, como tampoco lo es la tregua. Demasiados crímenes, demasiadas muertas indebidas, demasiado sufrimiento, demasiados presos y demasiados sacrificios, no pueden ser en vano.  Toca seguir luchando por la libertad que nos niegan, pero pensando en el futuro que entre todos debemos construir, teniendo presente a todos aquellos que dieron su vida para darnos la oportunidad de plantear una Venezuela diferente.

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