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Rafael Del Naranco: Iréis a otras tierras a llorar

Europa, esa encrucijada de  pueblos sobrepuestos, no es una vivencia al viejo estilo de la avenencia romana de los césares, sino una idea arribada de las ciudades-estado de Grecia mucho antes de que la filosofía dejara de ser un pensamiento abstracto para convertirse en los fueros del sentido común.

Viniendo a morar en España poco menos que como expatriado siendo de la tierra astur del orbayu -llovizna- vagabundeamos en senderos vetustos en un periplo de cansancio y hastío, pensando que mejor es recordar en Hispania esencias arrinconadas que volver a las querencias caribeñas convertidas actualmente en desangrados muñones estrujados hasta el tuétano.

En medio de la marabunta que envuelve el continente añejo y quebradizo, nos salvan los libros al seguir siendo ellos guardianes sempiternos del sosiego del guerrero ya en reposo. Escarbar en la estantería intentando encontrar el compendio pasmoso de las ideas aún no apaciguadas en la mente, es un plácido escape comparado solamente con una panorámica a la caída de la tarde sobre un farallón en la isla de Capri cercana a las costas de Sorrento con terrazas pavonadas de limoneros agrios o los cañaverales de la Albufera valenciana del Cid en la que anidamos al presente cuando divisamos en lontananza nuestra hora nona.

Los medios de comunicación del continente interpretan ventarrones desalmados a recuento de los atentados que se anuncian en los puntos ubicados en la mira de los grupos terroristas fieles a la exacerbación islámica. Hay una preocupación general y toda la supervivencia europea atornilla sin tregua.

El mundo no es equitativo al ser  excesivamente injusto. Aún así posee valores primogénitos imperando contra la barbarie. Si a cada instante comenzamos a realizar la transacción con los bucaneros -ojo por ojo- llegará un tiempo en que toda la humanidad quedaría ciega.

La meta: dialogar sin descanso. Conversar encima de los sepulcros con el otro que, si se esparciera su figura en un espejo, terminaría personificando nuestro propio rostro. Ellos nos llaman adversarios, nosotros solo silencio.

Los expatriados solemos ser cabizbajos y sordomudos. Es la táctica que  mejor ayuda a sobrevivir entre el fango del destierro al simbolizar mojones sin tierra firme en la que reposar el cansancio de cientos de lunas. Solamente barro, rincones lóbregos, guarnecerse en las esquinas más paupérrimas ante el miedo de ser descubiertos. Franquear las tenebrosidades en la ciudad en la que se llegó con temor y sin apenas saber su nombre.

¿En qué lugar está la mitad del medio? Justo en la conversa, en echar un párrafo como se dice habitualmente.  Se podía comenzar hablando del balompié. Hemos visto en la ciudad árabes que cuando se celebra un encuentro Real Madrid o Club de Fútbol Barcelona, los bares de té moruno se llenan a rebosar.

En esas tardes o noches se inmovilizan las ciudades y pueblos a la vez que las medinas o zocos se ensombrecen, y aún cuando suena la voz del almuecín con su canto sincrónico llamado a la oración, el ajetreo del deporte se vuelve un bálsamo, siendo entonces cuando el discernimiento pasa a convertirse en sosiego y pasión compartida.

En el momento en que escribo estos trazos para enviarlos a Caracas nos hallamos en Raba. El día después, 17 de mayo, ha sido inaugurada en el  “Museo de Arte Moderno Mohammed VI” la primera exposición en el norte de África dedicada a Pablo Picasso. A partir de ese momento las costas del  mar Mediterráneo se colmarán de verdes, trazos negros, rojos, grises, azules y amarillos que aún huelen a limonada. Cuando concurra a verla sentiré esa expresión afligida del portentoso lienzo “Guernica” atiborrado de lagrimones de fuego, que la pasada semana pude observar, sentir y palpar de manera casi real, toda una tarde en las salas del Museo Reina Sofía en Madrid.

La conmoción del cuadro inmortal  debido a los bombardeos a la ciudad vasca de Guernica, desnudaron en nosotros los sucesos apesadumbrados  que vienen aconteciendo estas últimas semanas en Venezuela, y superpuesta esa amargura que ahoga los batientes del alma, palpamos la desazón  que cubrió al poeta de Orihuela al sentir la muerte del compañero al que tanto quería.

Debido a esas agujetas brutales y al zurcido de las llagas que se expanden en la punzonada Tierra de Gracia, observamos turbados esos amasijos de cuerpos jóvenes despedazados sobre el asfalto de nuestras ciudades.

Se retuerce de congoja Miguel Hernández y exclama afligido: “Tanto dolor se agrupa en mi costado que por doler me duele hasta el aliento”.

Tal vez al día actual sea más verdad que nunca -o siempre ha sucedido así-, pero en los pueblos apesadumbrados, cuando se cercenan libertades, ojos hay ahuecados de angustia para solo llorar.

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