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Alberto Barrera Tyszka: Tun tun

 

De pronto, el oficialismo ha entrado en modo sensible. Después de pasar años cayapeando, sin pudor y sin piedad, a sus adversarios, a sus críticos, a cualquier forma de disidencia, ahora, de repente, resulta que recuerdan que hay derechos individuales, que el respeto es necesario, que los linchamientos no son saludables, que es muy feo y peligroso carajear al prójimo.

Ahora recuerdo, por ejemplo, hace años, cuando una propaganda oficial, transmitida repetidamente por el canal del Estado, presentaba una secuencia de dibujos animados descalificando y agrediendo a Carlos Correa, activista de derechos humanos y especialista en temas de comunicación, mostrándolo como un corrupto. Ninguno de los que ahora alzan la mano y la voz, apelando a la conciencia, hizo lo mismo en aquel momento. Por el contrario, tal vez algunos de ellos fueron incluso cómplices de esa acción. Con la anécdota no pretendo justificar nada. Solo quiero señalar que –desgraciadamente– mucho de lo que ocurre solo es un síntoma. El chavismo se dedicó a construir y consolidar un nuevo sistema de exclusión. Ahora todos vivimos sus consecuencias.

Me temo que algunas de las reacciones –desbordadas o no– que comienzan a aparecer tienen que ver, también, con el sostenido intento oficial por negar lo que ocurre. El gobierno se enfrenta, cada vez más, a un límite físico: pretende hacer invisible aquello que, cada día, es más visible, está más presente, hace más ruido. Los oficialistas no quieren aceptar la crisis que vive el país. No reconocen el hambre, las dificultades, la trágica situación de la mayoría de los venezolanos. Tampoco admiten que hay gente, mucha gente, millones de personas, inconformes, protestando, exigiendo un cambio. Para ellos, la multitud que ayer llenó la autopista Francisco Fajardo en Caracas no existe. Estuvo ahí. Inmensa, multicolor, asombrosa. Se multiplicó en imágenes en el resto del país y en el exterior. Pero el oficialismo ha decretado que no fue así, que lo que todo el mundo ve nunca aconteció. El gobierno actúa como si el pueblo fuera un espejismo.

Aun frente a la foto de la descomunal concentración, podrá salir el General Reverol a hablarnos nuevamente de los grupúsculos violentos de la derecha terrorista. Y Nicolás Maduro podrá colgar nuevamente en Youtube otro sensacional video del interior de su carro, con Cilita, Ernestico y Carmencita, todos felices, rumbo a la autopista, a donde de seguro los espera un nutrido grupo de vecinos que quieren conversar con ellos. Y en los periódicos y en los portales, seguirán escribiendo los Hernández Montoya de turno, hablando como si solo hubiera seis mercenarios sifrinos e imperialistas en la calle. Como si los quirófanos del hospital Vargas estuvieran funcionando. Como si el cartón de huevos no valiera doce mil bolívares. Como si la represión fuera legítima.

Y todavía, después de todo lo que ha pasado, con todos los muertos y la cantidad de heridos y de detenidos, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello podrán también aparecer en sus sendos programas televisivos, uno con diván, otro con garrote, y repetir sus verdades, la certeza de que aquí no pasa nada. Estamos en paz, dirá Rodríguez. Prepárense, dirá Diosdado. Aquí no pasa nada, repetirá Rodríguez, mientras Diosdado tal vez vuelva a advertirnos que por ahí está el SEBIN, que cualquier noche pueden tocar a tu puerta.

Pasaron demasiados años disfrutando de un poder sin límites. Demasiados años agrediendo y humillando a los demás. Y todavía no entienden que Venezuela cambió. Todavía no entienden que no pueden seguir mintiendo con tanto descaro. Que no pueden continuar desconociendo a los otros. El chavismo se hunde en su propia sordera. No se da cuenta que está sonando el país: tun tun ¿quién es? Es la democracia, diputado Cabello. ¿A eso le tienen tanto miedo?

 

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