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Ricardo Gil Otaiza: Nuestro mundo

Dedico a la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales

Aunque nos suene extraño a los hombres y mujeres de la posmodernidad, el denominado humanismo de los tiempos renacentistas centró su interés en el conocimiento del hombre, pero no sólo en lo espiritual y en las artes, sino también en la ciencia. Es decir, es de interés para el humanismo del hombre del siglo XIV y XV todo aquello que lo haga más humano. No son menos “humanas”, pues, la física, las matemáticas y las ciencias naturales, que el conocimiento de la filosofía, de los idiomas o de las letras. Fue a finales del siglo XIX cuando se bifurcan ambas categorías (las ciencias y las humanidades), por meros artificios de especialización y del método cartesiano, y no por negación o anulación entre ellas. Al respecto, Fernando Savater, en El valor de educar, nos dice que “la separación entre cultura científica y cultura literaria… no es sino una forma de renuncia. Después se hace de necesidad virtud y los letrados claman contra la cuadrícula inhumana de la ciencia, mientras los científicos se burlan de la ineficacia palabrera de sus adversarios.” En todo caso, la ambivalencia creada entre ambas nociones no es intrínseca a sus naturalezas, sino a la imperiosa necesidad metódica de quienes pretenden desarrollarlas y enseñarlas.

Más humana la vida
En este mismo sentido, el referido autor también nos dice que no hay nada más humano que la técnica, ya que busca con empeñoso celo modificar las condiciones en las cuales nos movemos y vivimos. En otras palabras: busca hacer más humana la vida de todos. Cuestión discutible, por cierto, si analizamos con frialdad los embates de la tecnociencia a lo largo de los últimos siglos, que ha centrado su interés en elevar los niveles de vida, pero que ha fracasado en esa otra variable epistémica que es la calidad de vida. Si bien, ambas se nos venden en un mismo paquete, no hay correlatividad entre ellas. Edgar Morin nos advierte en su obra Para una política de la civilización que “en el seno de la civilización occidental, la elevación del nivel de vida es gangrenada por el descenso de la calidad de vida”. El propio Morin en estas mismas páginas nos aclara luego su afirmación al acotar, que el desarrollo “plantea en adelante dos amenazas a las sociedades y a los seres humanos: una, exterior, viene de la degradación ecológica de los medios de vida; la otra, interior, viene de la degradación de la calidad de vida”.

Disciplinas
Empero, no podemos soslayar la importancia que para la humanidad ha tenido el desarrollo de los saberes en sus distintas disciplinas. Pese al deterioro medioambiental (o precisamente por él) hoy ostentamos una noción de “progreso” que ha impactado más allá de las fronteras de lo fáctico, para internarse en territorios insospechados. El ser humano, haciendo uso de la razón científica ha profundizado en la comprensión de fenómenos de diversa naturaleza, y ha alcanzado cimas extraordinarias en la conquista de portentos técnicos y científicos que le han cambiado la fisonomía al Ser, y a su hábitat. En el campo de las mal llamadas ciencias duras y ciencias del espíritu, los logros que hoy se exhiben posiblemente fueron las utopías del hombre decimonónico, que se las planteó como sueños inalcanzables, y hoy forman parte de lo cotidiano. Los viajes espaciales, las telecomunicaciones, la nanotecnología, la cibernética, la robótica, entre otros, forman parte de un apetitoso menú para el gusto más exigente. El texto y el libro digital, la enseñanza y el aula virtual, el audiolibro, los traductores instantáneos y las redes sociales, entre otros, han hecho de las humanidades, las letras y las ciencias sociales, terra ignota. Ya nada es igual, ni siquiera los alimentos que llevamos a la mesa, ni los niños que mecemos en la cuna, ni las obras que disfrutamos en un museo, ni el aire que respiramos, ni el agua que bebemos, porque en todo están los portentosos tentáculos de la tecnociencia, para cambiar el rostro a lo que siempre llamamos con orgullo: “nuestro mundo”.

¿Qué es entonces nuestro mundo? Yo diría, que el espacio que se nos abre entre dos grandes signos de interrogación. Es decir, la incertidumbre, el desconcierto y la locura.

Grandes cambios
Las ciencias físicas, matemáticas y naturales no escapan a la vorágine relegitimadora del método científico. Es más, me atrevería a afirmar que han sido a lo largo de los cuatro últimos siglos epicentros de los grandes cambios epocales que ha vivido el hombre moderno. Las ciencias nacen así como la razón moderna, como el producto del espíritu de la Ilustración, como muestras fehacientes de la inteligencia del hombre y de su poder de modelar y de tutelar la Tierra. En definitiva: como la Ultima Ratio. Nada de lo humano escapa a su lupa escrutadora ni a sus inquisiciones.

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