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Teresa Antequera Cerverón: ¿Qué utilidad tiene un teólogo?

En la publicación gratuita de la Editorial Gabriele titulada “El ateo: ¿un amigo del profeta?”, leemos lo que Gabriele, la profeta y mensajera de Dios para nuestra época, contesta a Conrado, un interlocutor que le plantea diferentes preguntas que quizás muchos de nosotros nos hayamos preguntado en alguna ocasión, y que Gabriele aclara y explica con la mayor sensibilidad.

Tú rechazas literalmente todos los usos y costumbre eclesiásticos, ¿eres acaso una revolucionaria espiritual o una atea?, pregunta Conrado a Gabriele, a lo que ella responde: “En relación a las instituciones eclesiales y sus tradiciones hay que decir que ciertamente nuestras bases valorativas se parecen, pero no son iguales cuando se trata del Dios Único y verdadero, que es el Padre de todos los seres y seres humanos.

Hasta que no encontré a Dios en mí yo era una persona temerosa, que buscaba a Dios pero que también le temía. Yo era católica y estaba atada a las correspondientes tradiciones aunque rara vez participaba de ellas, quizás con ocasión de las grandes festividades. Por lo demás yo era una persona como muchas otras, alguien que intentaba creer en Dios, y que también rezaba, a pesar de ello tenía mis dudas. Por consideración a mis padres hacía como si fuese una persona religiosa, pero en realidad siempre estaba a la búsqueda de la justicia.

Hacia los 35 años experimenté a nivel familiar un golpe del destino que me afianzó en la búsqueda de Dios y de Su existencia. Empecé a reflexionar sobre el sentido de la vida y más aún sobre qué significaba la justicia. Me preguntaba qué o quién era Dios; mantuve muchas conversaciones, también con sacerdotes, en las que pronto tuve que constatar que los tratados dogmáticos respecto a Dios no me ayudaban a encontrar el sentido de la vida. Cada vez que la conversación llegaba al punto de qué o quién es Dios, y por qué permite Dios los muchos golpes del destino de los hombres, las crueldades y brutalidades contra los seres humanos y la naturaleza, se me decía: «Eso son los misterios de Dios, nosotros los seres humanos no podemos indagar en ellos».

Por lo visto Él no muestra sus cartas. Retiene los ases en Su mano y juega con ellos según Le parezca. Y la persona que sufre es precisamente aquella a la que Él de forma arbitraria le impone las cargas de su destino – me decía a mí misma durante mis reflexiones. Pero cuando la siguiente frase teológica versaba sobre la posibilidad de la gracia de Dios, entonces yo esperanzada preguntaba sobre cuándo tenía esto lugar, a lo que nuevamente se me respondía: «Eso solo Dios lo sabe». Con lo que las conversaciones con los teólogos llegaban siempre al mismo punto, por lo que yo me convencí de que los teólogos no saben nada sobre Dios.

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