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Mario Villegas: ¿Freír en aceite a los chavistas?

La verdad es que, una vez que llegó a la Presidencia en 1999, Hugo Chávez Frías no le frió las cabezas a los adecos en aceite como había anunciado en un mitin interiorano. Pero su grave amenaza, así haya sido en sentido figurado, fue una mala semilla que aquel hombre sembró, fertilizó y regó con saña hasta su muerte para dejarnos esta terrible cosecha de odio, división y sed de venganza que por largo tiempo hemos venido padeciendo en Venezuela.

Así como algunos adecos insisten en negar que durante el gobierno de Rómulo Betancourt este dio la orden de “disparar primero y averiguar después” contra cualquier presunto subversivo, también la élite oficialista de hoy niega que Chávez dijera antes de ser Presidente que freiría la cabeza de los acciondemocratistas. Pero ha sido tal la pestilente retahíla de amenazas, imprecaciones, agresiones, insultos y descalificaciones que su líder supremo prodigó desde el poder a quien osara oponerse a su proyecto político y personal, que casi nadie duda que Chávez haya dicho lo que dijo y de lo cual no quedó prueba documental porque hace 20 años no había en manos del público, como sí ahora, muchos millones de teléfonos móviles  equipados con cámaras fotográficas y de video, grabadoras de voz y demás aditamentos.

Hoy, de cualquier acontecimiento, por remoto u oculto que parezca estar, siempre relucirá algún registro tomado abierta o furtivamente por alguien para dejar constancia de cuanto ocurre bajo el sol.

Así que de la multitudinaria manifestación del sábado 19 de mayo efectuada en Caracas por la Mesa de la Unidad Democrática quedaron numerosos videos que hablan de la voluntad de cambio democrático en paz de la inmensa mayoría del pueblo venezolano, cuyas protestas callejeras cumplían aquella mañana cincuenta días consecutivos. Cientos de miles de hombres y mujeres de todas las edades y proveniencias sociales, color de piel, religión, condiciones físicas y preferencias sexuales, caminaron varios kilómetros desde sus casas para llegar al punto de concentración y desbordar un enorme trecho de la más ancha y larga autopista capitalina, mientras manifestaciones similares se replicaban por todo el país.

Pero también quedaron, para vergüenza de quienes defendemos ardorosamente y participamos de la justa protesta popular, registros documentales irrefutables de un hecho barbárico e inaceptable: un joven es golpeado salvajemente y acuchillado, para luego ser prendido en fuego por una turba de encapuchados que, por suerte, no lo mataron pero quemaron gravemente la mayor parte de su cuerpo y le dejaron heridas físicas y mentales para el resto de sus días.

No hay argumento para justificar semejante salvajada. Si el muchacho era un presunto infiltrado chavista o un delincuente común que estaba robando a algunos manifestantes, como se ha dicho contradictoriamente, no son razones para validar tal atrocidad que, para felicidad del gobierno, termina por desdibujar la acción no violenta de millones de venezolanos que vienen ejerciendo el derecho constitucional a manifestar en paz y enfrentan la represión policial, militar y paramilitar del gobierno.

De las millones de historias hermosas que se juntaron ese día para construir aquella contundente manifestación unitaria quedaron muchísimos videos profesionales y, sobre todo, de ciudadanos trocados en reporteros espontáneos. Sin embargo, lo que trascendió masivamente por los medios y las redes sociales, en Venezuela y en todo el mundo, fue aquella espantosa y bochornosa pieza en la que un hombre desnudo corre quemado por acción de un puñado de desalmados.

Quienes cometieron esa acción criminal jugaron en beneficio del gobierno, al cual sirvieron en bandeja de plata argumentos para tildar de violentos a todos los opositores, recrudecer la represión y tratar de resquebrajar el amplio apoyo internacional alcanzado por las justas manifestaciones que tienen lugar en el país por el restablecimiento del orden constitucional y el cambio democrático en paz.

Es el gobierno el principal impulsor y ejecutor de la violencia. Y lo hace porque ese es el terreno en el que mejor se mueve y su arma más poderosa. La nuestra es la acción pacífica, la única que suma y multiplica. Por desgracia, esta tiene enemigos no solo en el oficialismo sino también en ciertos sectores ultrarradicales que favorecen los intereses del gobierno, bien sea accidental o deliberadamente. Entre esos están quienes apalearon y quemaron al joven en Altamira y que, puestos alguna vez en posiciones de poder, disfrutarían de achicharrar en aceite la cabeza de los chavistas o de cualquier otro cristiano que les caiga en gracia.

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