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Manuel Malaver: A 60 días de aquel 19 de Abril

 

Aquel 19 de Abril del 2017, no dudé en compararlo con el otro, el de 1810, porque venía precedido de señales que, dadas las características de la lucha política que se desarrolla en Venezuela desde el 6D del 2015, se me ocurrió podía dar inicio a la “tormenta perfecta” que no cesa pasados los 60 días y en que la oposición aprendió a ser otra y el gobierno continuó siendo el mismo.Y es a causa de la configuración de estos dos escenarios o momentum -con sus bloques, liderazgos y poderes, del cruce y refracción entre lo nuevo y lo viejo, de lo que nace y lo que muere-, por lo que me atrevo a predecir que, no pasarán semanas, o quizá meses, para que el segundo régimen colonial que ha conocido Venezuela, la dictadura totalitaria de Nicolás Maduro, sea derrotada en próximas fechas que la historia dirá si comparamos con el 24 de junio de 1821 o el 5 de julio de 1811.

La primera memorable porque el “Ejército Libertador”, comandado por Simón Bolívar y José Antonio Páez, selló la independencia de España derrotando a las tropas realistas en el campo de Carabobo, y la segunda, porque, aunque sucedida 10 años antes, reunió al Primer Congreso que declaró la Independencia del imperio peninsular, nos legó la Constitución que fundó la República y estableció la democracia por la que nos dimos libertad, legalidad y Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

En definitiva que, tres fechas magnas que pudieron tener sus réplicas en estos 60 días, pero no porque calcaran teatro, personajes y drama de hace 205 años, sino porque resumen los afanes, trabajos y pasiones por los que nunca hemos dejado de comportarnos como una comunidad de hombres libres y dispuestos a dar la vida para que el colonialismo, el despotismo y la tiranía no volvieran a anclar en el país.

Se llaman ahora dictadura totalitaria, o socialismo o marxismo, pero ejercitados por una minoría de hombres fuertes uniformados que, se empeña en imponernos “el no pensar” (que es ser como ellos) y someternos a un gobierno extranjero, el cubano, que esclaviza a su pueblo y pretende someter al nuestro.

La historia es de data quizá demasiado reciente como para ser recordada -o mejor, fielmente recordada-y por eso, me tomo la obligación de reescribirla, pero sin evitar que me tiemblen la mano y la memoria.

Comenzó hace 18 años, un 2 de febrero de 1999, cuando un partido militar-cívico, fundado por un teniente coronel que venía de dos intentonas golpistas fracasadas, Hugo Chávez, asaltó la república civil, democrática y liberal y fue mutilándola, despedazándola y destruyéndola, a través de un plan que no ha dejado de cumplirse, contando siempre con el rechazo de las mayorías nacionales, de los partidos de oposición y sus líderes que, luego de diversas alternancias, permutas, marchas y contramarchas, están hoy aquí, frente a la tiranía, contra la dictadura y dispuestos a ponerle fin a su extraña, aviesa, perversa y cruel historia.

República civil, democrática y liberal que, a pesar del 19 de abril de 1810, del 5 de julio de 1811 y del 24 de junio de 1821, no llegó a hacerse realidad sino 147 años después, el 23 de enero de 1958, cuando el pueblo y sus partidos democráticos derrocaron al antepenúltimo dictador, el general, Marcos Pérez Jiménez, y realizaron por primera vez en la historia el sueño de los “Padres Fundadores” de la Independencia y la Primera República y durante 40 años Venezuela fue gobernada por partidos políticos y sus líderes civiles que, en stricto sensus, insertaron su sociedad en siglo XX.

Quiere decir que, de lo que se trata al hablar del chavismo y del madurismo que hoy hacen una resistencia feroz parecida a la de los españoles en 1821, es de una regresión, de un retroceso, tanto comparable a los años que antecedieron al 23 de enero de 1958, como al colonialismo español que durante una década, de 1811 a 1821, enfrentó con un atroz derramamiento de sangre a los patriotas que, clamaban por la independencia, la libertad, la democracia y el respeto a los derechos humanos.

Y al hablar de colonialismo, es importante insistir que la dictadura de Maduro actúa como agente de un país extranjero, Cuba, y de que, con la dictadura marxista, socialista y totalitaria que intenta imponer a sangre y fuego, busca liquidar los últimos reductos de la República y de una Constitución, la del 99, cada día más concusionada.

Por eso, no es retórico ni impertinente recordar que, en estos 60 días, la misma vocación que se enfrentó a los españoles durante la guerra de Independencia y la que batalló durante 147 años por hacer realidad el ideal de los Padres Fundadores, -hasta que en 1958 se fundó la República civil, democrática y liberal-, choca contra los realistas y militares desde hace 60 días en las calles de Caracas y de toda Venezuela y rueda a infligirle una derrota catastrófica a los nuevos Boves, Morillo, Monagas, Guzmán, Castro, Gómez y Pérez Jiménez.

Una gesta insurreccional, popular y guerrera de los nuevos tiempos, de los que nacieron en las décadas finales del siglo XX y las primeras del XXI y que se hace a nombre de la paz, la democracia, el ejercicio del voto, la constitucionalidad y la defensa de los derechos humanos.
Por eso, tardó 18 años en hacerse presente, pues disfrazándose la dictadura de democrática, el estatismo de capitalista y la violación de los derechos humanos de revolucionaridad, ha sido necesario esperar para que pueblo y partidos políticos democráticos se unieran y avanzaran en una estrategia de calle, sin recurrir a las armas favoritas del adversario: el fraude, la inconstitucionalidad y la violencia, sino exigiéndoles el respeto a la Constitución, la paz, los derechos humanos y un clima donde sea el pueblo, a través de unas elecciones, el que decida el gobierno y el modelo político y económico que quiera darse.

En otras palabras que, todo lo que no podía aceptar el sucesor de Chávez, Maduro, quien, habiéndose quedado sin el caudal de los votos clientelares que usaba el precursor para barnizarse de legitimidad, ni de los ingresos petroleros para importar lo que fuera necesario porque el socialismo, como todos los socialismos, dejó la economía en ruinas, asumió la dictadura y se ha empeñado en desafiar al pueblo a una batalla o guerra que tiene de antemano perdida.

Los cientos de miles, millones de venezolanos que día y noche toman las calles de Caracas y del interior, se lanzan a protestar contra los sicarios de Maduro y sus narcos generales, de gentuza del tipo de los “Guardias Nacionales” de Benavides Torres, los policías de Reverol y los colectivos de Bernal, -asesinos todos a sueldo de Nicolás Maduro y de Raúl Castro-, son una demostración cabal de que los partidos democráticos, sus líderes y el pueblo decidieron ponerle fin a la dictadura castromadurista y no descasarán hasta verla caer hecha añicos.

Es una épica que sacude al mundo, que asombra por el coraje, la valentía y capacidad de quienes la jalonan, de pie y a nombre de la paz, la constitucionalidad, arrollando por la sola fuerza de su número, persistencia y arrojo y estar cada día más cerca de desarmar a los armados y pacificar a los violentos.

Ejército de hombres libres, sin miedo a los duros sacrificios que la lucha, constituido mayormente por jóvenes -casi niños-, y mujeres heroicas que siguen el ejemplo de aquellas que, en la Guerra de Independencia y las batallas contra las dictaduras militares, dejaron claro que Venezuela jamás se perdería porque no hay mujeres para defenderla.

Ya cerca de la victoria todos, hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos, negros y blancos, ricos y pobres, los venezolanos y venezolanas de la paciencia, que se hartaron un día de las truhanerías de la peor cáfila de ladrones, saqueados y malvivientes y de la mejor forma que existe para deshacer a tal ralea: sin parecérseles y demostrando que la fuerza está en la no violencia y en la confianza de aquellos que saben que triunfarán porque la verdad, la razón y la libertad siempre se impondrán.

Y la clave es la lucha, el no rendirse, el no retroceder jamás, convencidos de que, frente al mal, el autoritarismo, la dictadura y el militarismo, solo la decisión de batallar sin pausa y sin retorno pueden garantizar la victoria.

 

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