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Víctor Maldonado: Las reglas éticas del mercado

Algunos despachan con demasiada ligereza lo que ocurre dentro del sistema capitalista, pensando que todo se reduce a un “cualquier cosa es válida, siempre y cuando se trate de ganar dinero”. Lamento informar a aquellos que así piensan que están totalmente equivocados. El capitalismo tiene sus reglas, y tiene su ética, de las cuales las dos más importantes quizá sean que la competencia es un imperativo, y que el respeto a los derechos de propiedad tiene que ser sagrado. Pero hay más.

Cuando hablamos de ética, estamos refiriéndonos a ciertos principios morales, ciertos acuerdos que fundamentan la convivencia social y que regulan la conducta humana. No robarás, por ejemplo, es uno de los más viejos, al igual que aquel que prohíbe tomar la vida de otro. No hay, por tanto, espacios vacíos a la regulación moral. Todos estamos escrutados permanentemente por un conjunto de reglas, acordadas socialmente, y determinantes del ideal de prosperidad que cada sociedad diseñe.

Los liberales tenemos como principio el aspirar a una vida en libertad. Ayn Rand explica que eso solamente es posible cuando se practica la siguiente regla de oro: “No te sirvas de nadie, y nunca dejes que nadie te someta a la servidumbre”.  Implícito a este imperativo está el repudio que provoca cualquier sistema que allane las libertades del hombre para reducirlo a la esclavitud. La misma filósofa fue categórica en denunciar -baste leer La Rebelión de Atlas- cualquier acuerdo que transformara la libre competencia en un pacto entre compinches. Ella lo advirtió en 1957, a la par que demostró su inviabilidad, porque cuando la libre competencia se desvirtúa, y se degrada a la práctica de asociaciones mafiosas “para la defensa mutua”,  todo el orden social y económico termina en un inmenso desastre.

Eso que Ayn Rand describió con una lucidez irrefutable, se llama ahora “crony capitalism”, “capitalismo de compinches” o “capitalismo clientelista”. Sucede que no es lo mismo el capitalismo que su impostura. Cuando de lo que se trata es de arreglos al margen de la regla de la competencia, porque se tiene acceso privilegiado a la información, o porque simplemente se es capaz de cualquier cosa, con cualquier tipo de gente, y sin importar los costos, entonces no hay capitalismo sino mafias ventajistas que se colocan al margen cualquier consideración ética.

Las excusas sobran. Pero hay dos que sobresalen por su cinismo. La primera sostiene “que no son ellos, la culpa es de los incentivos perversos, que obligan a la sobrevivencia en ambientes tóxicos”. La segunda es concomitante. Sostiene que los “negocios son negocios y que, si no lo haces tú, lo hace otro, ya que hay que sobrevivir a cualquier costo”.

Lo que pasa es que ese “a cualquier costo” a veces se transforma en un gran dedo acusador. Tú puedes sostener cualquier argumento para convalidar una acción, pero cuando la sociedad se escandaliza, la empresa pierde reputación, credibilidad, y decencia, y con ello, pierde oportunidades de seguir haciendo negocios. Ese vínculo entre las empresas y la sociedad fue muy bien definido por Tallcot Parsons quien sentenció que cualquier organización tiene el deber de legitimarse en los valores sociales de la sociedad en la que se inserta. Tal vez por eso, porque es una exigencia del negocio, que desde hace muchos años las empresas suscriben compromisos éticos y aceptan limitaciones morales al espacio del poder hacer.

Las reglas morales no son necesariamente leyes positivas, ni oportunidades para que la garra intervencionista rasgue los grados de libertad que son propios del capitalismo. Estamos refiriéndonos a la elaboración y desarrollo del principio esbozado por Ayn Rand sobre la antinomia capitalismo – servidumbre. Estas reglas morales prescriben que, ni directamente ni por mampuesto, se puede apoyar o respaldar la condición de servidumbre de nadie. Entonces, cuando el “compinche capitalista” se enchufa en una venta turbia de bonos del gobierno, a un precio insólito, que le produce ganancias increíbles, pero que favorecen el saqueo del país, y fortalece la posición financiera de corto plazo de un régimen que, mientras tanto, está no solo saqueando los recursos del país, sino reprimiendo a sus ciudadanos, cuando eso ocurre, es totalmente legítimo que venga la impugnación social. Hacer lo correcto en el contexto del capitalismo no es hacer cualquier cosa, con cualquier interlocutor, a cualquier precio. Ayn Rand define capitalismo como “un sistema social basado en el reconocimiento de los derechos individuales, incluyendo los derechos de propiedad, cuya justificación moral es la racionalidad, la supervivencia del hombre en tanto que individuo, y donde su regla básica es la justicia”.

Algunos dirán, “ese no es mi problema”. Efectivamente, para un “compinche capitalista”, el enchufarse de cualquier manera, no le trae dilemas morales sino muchas oportunidades de placer. Esa respuesta es tan vieja como la historia de Caín. A esos que piensan así, así sea por cultura general, deberían pasearse por los términos del Pacto Mundial por la Empresa, suscrito en 2002, y que hasta ahora han suscrito más de 9000 compañías y 4000 instituciones empresariales y de otro tipo.  Ese pacto los compromete, entre otras cosas, a respetar los derechos humanos, a no negociar con regímenes que los violan, y a luchar contra la corrupción. Para despecho de los minimalistas del mercado, ahora lo lícito es también lo ético, asociado a un criterio de justicia que no podemos obviar.

Y es que al final no es lo mismo favorecer la decencia, la libertad y la democracia, que andar de manitas tomadas con un régimen cuya lógica produce que toda su población viva en el sufrimiento infrahumano, con excepción de una pandilla minúscula de gobernantes que se lucran sin medida de la servidumbre de cada ser humano que ha tenido la ingrata suerte de vivir su poderío. Rand nunca hubiese hecho negocios con la Unión Soviética que le inspiró su primer gran libro “Los que vivimos”. Nunca hubiera concedido el beneficio de la duda a esa prosa empalagosa, propia de los colectivistas, que encubre la putrefacción del totalitarismo.

En la “Rebelión de Atlas” el protagonista de la insurrección contra las consecuencias del socialismo, John Galt, argumenta sobre la lógica de la “justicia randiana”. “Justicia es el reconocimiento del hecho que no puedes falsear el carácter de los hombres, que debes juzgar a todos los hombres con el mismo respeto por la verdad, con la misma incorruptible visión, a través de un proceso de identificación igual de puro y racional – que cada hombre debe ser juzgado por lo que es y tratado en consecuencia. Que igual que tú no pagas un precio más alto por un pedazo oxidado de chatarra que por un pedazo de metal pulido, tampoco valoras a un canalla más que a un héroe – que tu evaluación moral es la moneda que le paga a los hombres por sus virtudes o vicios, y este pago exige de ti un honor tan escrupuloso como el que aplicas a tus transacciones financieras – que rehusar tu desaprobación por los vicios de los hombres es un acto de falsificación moral, y rehusar tu admiración por sus virtudes es un acto de expropiación moral – que colocar cualquier otro criterio por encima de la justicia, es devaluar tu moneda moral y defraudar lo bueno en favor de lo malo, pues solamente lo bueno puede perder cuando hay un desfalco de la justicia, y solamente lo malo puede beneficiarse – y que el fondo de la fosa al final de ese camino, el acto de bancarrota moral, es castigar a los hombres por sus virtudes y recompensarles por sus vicios, que ése es el colapso de la depravación total, la Misa Negra de la adoración a la muerte, el dedicar tu consciencia a la destrucción de la existencia”.

Las reglas éticas del mercado no aceptan la canallada del eufemismo, el financiamiento al uso de la fuerza, la reducción de la dignidad humana a la servidumbre, y la picarezca de los imbéciles que creen y afirman que todo da lo mismo. No es así, hay transacciones impresentables, endosos impúdicos, y financiamientos a la peor barbarie, muy lejos, por cierto, del ideal randiano que exige al hombre hacer lo correcto, que no es otra cosa que vivir para la libertad de uno, y de todos.

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