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Alberto Mansueti: Biblia y cultura democrática

Contra lo que dicen quienes me acusan de “intolerante”, acostumbro a revisar de vez en cuando literatura de izquierdas. Y no sólo autores “clásicos” del siglo XIX; también lo que hoy se enseña en las Universidades de EE.UU. y Europa.

Debo admitir que no lo hago con criterio benevolente; pero admito también que a veces (no con frecuencia) me sorprenden académicos serios, escribiendo cosas muy buenas. Me acaba de pasar con Richard Landes, historiador del Medioevo, afincado en Boston. Para colmo de mi incomodidad, declara simpatía por el sionismo además de la izquierda. Pero su “Isonomia, trabajo manual y la contribución bíblica a la cultura democrática en el mundo moderno” (Isonomia, Manual Labor and the Biblical Contribution to Democratic Culture in the Modern World), es simplemente, ¡brillante!

Arranca identificando lo que llama el “trigemio protodemocrático”, una constelación de tres ingredientes, que históricamente han pavimentado el camino a la democracia:

(1) Isonomía. La igualdad ante la ley. ¿Quiénes están en contra? En las novelas detectivescas, el investigador se pregunta “¿Qui bono?” (¿A quién aprovecha el crimen?), para identificar sospechosos. Al investigador de la Historia le vale comenzar preguntando “¿quién se opone?” (a un principio, regla o institución), para calcular su valor, parece pensar Landes. Con razón.

Y encuentra que a los aristócratas (o sea, dice: a la gran mayoría de los gobernantes, antiguos y actuales), la isonomía les choca de frente en sus privilegios. Por eso la resistencia patricia, en Roma del siglo V a.C., ante “leyes permanentes, puestas continuamente donde todos las puedan mirar”, aún si les otorgaban privilegios. Las ven como expresión de lo que Nietzsche llamó “moral de esclavos”, que infecta a los fuertes con “mala conciencia”, y los enferma.

(2) Alfabetización. Los casos de Solón y Clístenes en Atenas (siglo VI a. C.) nos muestran que si las leyes contienen iguales derechos y deberes, valen también para los gobernantes; así es que su lectura es imprescindible, sobre todo para los gobernados, a fin de conocer sus garantías ante infracciones y abusos por parte de los amos del poder. George Orwell en “Granja de Animales” (Animal Farm), nos ilustra la relación entre leyes isonómicas y sociedad de iguales jurídicos, por un lado; y, por otro, la dura negativa de las élites a tolerar digestos limitantes.

(3) Trabajo manual. Las culturas aristocráticas “de dos pisos” lo ven como degradante, actividad “innoble”, brutal y molesta, propia de los esclavos, y otras gentes indignas. Es como un “estigma”, una marca de desgracia, que excluye al trabajador de la cultura, la política, y las ceremonias religiosas, siendo la religión fuente y fundamento último del derecho. En sus actitudes y sus leyes, Esparta ilustra claramente este desprecio elitesco por el obrero y su modo de vida.

Antes de la industrialización, salvo unos pocos privilegiados, la inmensa mayoría de la población se ocupaba en labores manuales; y por ello, el desprecio implicaba desdén para la mayor parte de la gente, y su exclusión de la vida cívica y política. En cambio, estimar estas actividades de la mayoría, como una contribución crucial a la sociedad, es aplicar a las cuestiones de economía y de status social, un principio de universalidad, tal como cuando la isonomía se aplica a la ley.

La cultura griega abunda en comentarios despectivos sobre el comercio, y otros oficios “no liberales” y “banáusicos” (despreciables). Hasta Aristóteles se desmarca de las democracias radicales, y mira a las opiniones de los trabajadores manuales como carentes de valor en la vida pública.

“Grecia, cuna de la democracia”, un cliché que nos encajan desde la primaria. Falso de toda falsedad.

Pero si la democracia no nació en Atenas, ni en la Antigüedad, ¿dónde?

¡En el pueblo hebreo, el de la Biblia! Por consiguiente, la democracia, junto con el Gobierno limitado y el capitalismo democrático y liberal, es una herencia que nos trasmitió el cristianismo, al hacerse la religión principal del mundo civilizado. Esto es algo que desde la Ilustración se nos quiere ocultar: el “trigemio protodemocrático”, que resalta en el Antiguo Testamento:

(1) Isonomia. Las amonestaciones a los jueces insisten en la imparcialidad, sin importar el status de los acusados: no debe favorecerse a los ricos (ni aceptar sobornos), ni a los pobres, por compasión. El descanso en Sabbath se aplica a todos, incluso, siervos y esclavos, extranjeros, hasta los animales. El principio de igualdad se enuncia explícitamente muchas veces, con especial referencia a los pobres, a los indefensos (“la viuda y el huérfano”), y asimismo “al extranjero en medio de vosotros”.

Flavio Josefo consideró “la ley para todos” como el logro más alto de la civilización, y atribuyó su primera y mejor articulación a Moisés. Josefo acuñó el término “teocracia” para nombrarlo; pero hoy esa palabra designa algo exactamente opuesto: el gobierno autocrático del clero.

(2) Alfabetización. No alcanzó altas proporciones en la sociedad israelita; pero el acceso al texto de la ley, y el fomento de su conocimiento público, son unas de las más altas prioridades. Al regreso del primer exilio, las lecturas públicas de la Torá (la Ley) se hicieron no sólo en sábado, como antes, sino también en los dos principales días de mercado, lunes y jueves, acompañados de traducciones al dialecto vernáculo (“targumim”).

Desde luego se prohibía al ignorante gobernar, pero la cultura no estaba reservada sólo para una casta dirigente, sino que se estimuló al pueblo a educarse y adquirir conocimientos, y por consiguiente a saber de asuntos públicos, y aspirar a roles de liderazgo, ejercidos con sabiduría y prudencia.

(3) Trabajo manual. Las primeras acciones de Dios son trabajos, de los que luego descansa; y así establece un modelo. Todos los grandes líderes trabajaron: Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés, Isaías, Elías, etc., porque la labor manual no descalifica para cultivar la inteligencia, ni para ejercer Gobierno Los dos primeros reyes de Israel se ocupaban de los establos, y de allí pasaron al trono. Los libros de la Sabiduría destacan la felicidad del plebeyo, que come de la obra de sus manos.

Para los hebreos, y sus descendientes, judíos y cristianos, lo indigno era el ocio. El trabajo manual no era incompatible con la vida intelectual, más bien era condición necesaria. De las culturas del viejo Mediterráneo, sólo en la hebrea el trabajo manual era para todos, incluida la clase culta: el rabinato no era una profesión legítima por sí sola; el sabio debía tener otro oficio profesional, y enseñarlo a sus hijos.

Es mayúsculo el contraste con lo que se vio comúnmente en Grecia y Roma: se creía que el trabajo manual entorpece la mente, y le hace al hombre incapaz de pensamiento (filosófico) verdadero. El “liberal” era un hombre “liberado”, emancipado por sus esclavos, para así leer, pensar y discutir sobre todo “lo bello, lo justo y lo bueno”. Sólo esta clase superior de gentes libres merecían rango y derechos de ciudadanos, y sólo a ellos cabía gobernar. ¿Democracia? ¡Por favor!

O sea: conviene leer de todo.

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