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Antonio Sánchez García: Cuba y la gran estafa

 

A Robert Gilles Redondo

Nada más parecido al nazismo hitleriano o al fascismo mussoliniano que el castro comunismo cubano. Si bien en versión subdesarrollada, miserable, africanizada y polvorienta. Pero si los resultados no son los mismos – la Alemania de Hitler pudo salir del abismo de su crisis y alcanzar un poder militar e industrial por su propio y solitario esfuerzo – los efectos en cuanto a la esclavización mental de sus fieles e infelices oprimidos, la cuartelera subordinación de sus súbditos, la militarización de todos sus ámbitos y la pavorosa sumisión a los dictados de un solo caudillo, sin contar con las absurdas pretensiones injerencistas e imperiales de someter a un continente entero, nadie puede sostener en su sano juicio que la tiranía cubana no sea una mala copia al carbón de los ímpetus totalitarios y exterminadores de la dictadura nazi fascista.

Quítesele el Holocausto y disminúyase la dimensión alcanzada por el nacionalsocialismo, redúzcasele su territorio al de la isla caribeña y póngasele en su verdadera dimensión política, económica y cultural, y se tendrá a Fidel Castro y a su revolución, en versión pigmea. Pero con una asombrosa capacidad de intervenir en los asuntos mundiales e incordiar sobre la región, morderle los talones a la principal potencia planetaria y arrastrar a la ruina a quienes creyeron en sus delirios.

No encuentro otra metáfora para situar a esa isla miserable en el contexto real, en el que hoy por hoy los venezolanos sufrimos sus desaforados y hamponiles desmanes, que una de la epidemiología: Fidel Castro y su personal revolución han sido tan potentes, tan inútiles, tan insignificantes y devastadores como el Sida. A punta de delirante desmesura, osadía, farsantería, fortuna y una tenacidad digna de mejor causa han sido capaces de torcer los destinos del vecindario, como torcieran el nuestro gracias a la obsecuente y adulante inferioridad de un teniente coronel llamado Hugo Chávez y la veleidad y estulticia de un importante sector de su humanidad, llevando al matadero de paso a generaciones enteras de latinoamericanos. Habitantes e historias, entre otros, de dos países señeros en América Latina. Un país serio con dos premios nobeles de literatura, Chile, y un país no tan serio pero inmensamente más rico, pues es la principal reserva petrolífera de Occidente, Venezuela. Y lo verdaderamente asombroso es que tal insólita contradicción – una micro potencia tiránica en miniatura, una Unión Soviética de comiquitas, ilustrada por un marxismo leninismo de cojones y kindergarten – haya podido sobrevivir a media docena de papas, una docena de presidentes de los Estados Unidos y los hechos más asombrosos ocurridos luego de esa guerra de juguetería librada como en un filme de Francis Ford Coppola bajo un libreto de Joseph Conrad dirigido por Spielberg: Sierra Maestra Now. Cuento entre dichos acontecimientos la conquista del espacio, la revolución tecnológica y la urdimbre de la red interestelar. El mundo ya visita el espacio como promesa turística, se apronta a colonizar Marte, acaricia a Jupiter, mientras las estirpe del terrófago Ángel Castro sigue haciendo en la isla de los doctores de su apellido lo que a bien les salga del forro. Ante el aparatoso atragantamiento de los Estados Unidos, la OEA, la Unión Europea, Rusia, China y el Estado Islámico. Y la aparente complicidad del Vaticano. ¿No es alucinante?

¿Por qué Adolf Hitler, a quien Fidel Castro tanto admirara y quien terminara rigiendo desde el más allá del desastre el comportamiento habitual y cotidiano del Caballo, tan cruento, tan implacable, tan tozudo, tan sanguinario y tan ególatra y megalómano como él, se ha hundido en el más ominoso de los olvidos, y el nacionalsocialismo alemán, que alcanzara el prodigio de tener al mundo en sus manos, han desaparecido en la deshonra y la vergüenza, sin que nadie ose siquiera dispensarles un modesto homenaje silencioso, mientras el último de sus efectos marginales, la tiranía cubana, y sus dos caudillos zarrapastrosos que soñaran con emularlos, siguen recibiendo el respeto, incluso la admiración de millones y millones de seres humanos, muchos de ellos destacados intelectuales, artistas y científicos a lo largo y ancho del planeta?

Por hacerlo más plástico, ya que mencionamos a dos importantes protagonistas de las sagas hollywoodenses: ¿quién se atrevería a honrar a Hitler como honraría al Che Guevara, un asesino serial? ¿Es un problema cuantitativo o cualitativo? ¿Tiene que ver con las razones o la cantidad de seres humanos asesinados personalmente por Guevara, Fidel o Raúl Castro en comparación con los seis millones de judíos gaseados en los campos de concentración montados por los nazi bajo las directas instrucciones de Hitler? ¿O con alguna secreta e inexplorada complicidad subliminal del mundo con la ideología que alimenta a unos y a otros? ¿El sida del nacionalsocialismo fue extirpado para siempre del cuerpo social de la sufriente humanidad mientras el sida marxista leninista se resiste a todos los embates y sobrevive a todas las experiencias y a todos los combates?

No es un tema baladí, toda vez que, insisto, las similitudes y conexiones de métodos y estilos, de propósitos y ambiciones entre el nacionalsocialismo y el socialismo soviético son tan evidentes y manifiestas y la ruindad causada al mundo por uno y otro tan semejante, e incluso francamente favorable al nacionalsocialismo – ¿cuántas muertes causaron Hitler y Stalin, cuál de los dos fue más carnicero y provocó más sufrimiento, persecución y muerte? Entre los brutos hechos y su toma de conciencia, entre la verdad inherente y la media verdad difundida y aceptada media el manto sagrado de la manipulación mediática. Los sentimientos no son el mejor y más seguro sendero de la razón. Descontada la influencia de Hollywood, extrapolada, aunque injustamente, la comparación entre unos y otros al ámbito siniestro de la dictatorialidad latinoamericana, ¿cuál de las dictaduras ha sido más devastadora, más regresiva, cruenta, inútil y bárbara: la de Augusto Pinochet o la de Fidel Castro, la de Fulgencio Batista o la de Hugo Chávez, la de Marcos Pérez Jiménez o la de Nicolás Maduro?

Una de las más evidentes certidumbres a las que se puede enfrentar quien no se de por satisfecho dejándose arrastrar por la corriente de mentiras y falsedades, es que la verdad suele ocultarse, hacerse invisible y terminar escorada en lo más profundo de la caverna de prejuicios que nos permiten sobrevivir en un mundo de tribulaciones, y sin cuyo auxilio la vida sería doblemente insoportable. Tal como lo reconociera Platón en el Mito de la Caverna. Habituados a la oscuridad, los hombres viven como encadenados en el fondo de una caverna. Liberados, al salir de ella a la plena luz del sol, la verdad los deslumbra y enceguece. Transcurridos más de dos milenios de su formulación, los hombres aún no alcanzan la fortaleza y libertad de espíritu como para romper sus cadenas y mirar al sol de la verdad cara a cara. La mentira sigue gobernando al mundo. En el colmo del absurdo, creyendo servir a la revolución de la verdad. Cuba puede seguir viviendo de su gran estafa. Nosotros, los venezolanos, esquilmados, devastados y asesinados en su nombre.

@sangarccs

 

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