Inicio > El pizarrón de Fran > Rafael Del Naranco: Vida, libertad y justicia

Rafael Del Naranco: Vida, libertad y justicia

En esta Europa en la que moramos -y que tanto sabe de holocaustos, miedos y rabias desatadas- escuchamos cómo en Venezuela hace semanas muere a diario un joven al alba de la vida debido a los acontecimientos políticos, mientras se eleva con angustia el apego hacia esos muchachos destrozados en el ramal más frondoso de la existencia.

Los derechos ciudadanos patentes en la Constitución Bolivariana de 1999, que ahora se quiere cambiar con una Constituyente como si se tratara de un texto ajado, lapida los ideales que los gobernantes actuales tanto defendían al considerarla “la mejor Carta Magna posible”. Poco duró el texto que llegaría a los mil años. Difunto el Comandante, se le encerró en las páginas de la historia, y allí está huero en el Cuartel de la Montaña. Al barinés de la estirpe de los centauros se le reverencia únicamente. Sus cantos al compás del cuatro, las maracas y el arpa llanera  no son escuchados. La paraulata, ave que aún sin libertad tiene un canto armonioso, está silenciosa.

La brutal realidad de convivir en el país dentro de un espanto de sangre y violencia, está llegando al despeñadero. A los jóvenes manifestantes se les persigue con gases, metralla, mientras se les arrastra con las motos igual a ratas inmundas, sin que los resortes de la ley que toda sociedad organizada debe asumir, impidan esa carnicería pavorosa.

Ahí se ha levantado la fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz, con un valor inconmensurable y algunas otras voces –cada día más– a las que no se les puede acusar de irrespetar el legado de Hugo Chávez. Muy al contrario, le piden al Ejecutivo cumplir a cabalidad con la Constitución vigente, cuyo segundo artículo –tomen nota las fuerzas llamadas del orden–  dice textualmente:

“Venezuela se constituye en un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico y de su actuación –mejor destacadas las tres primeras palabras – la vida, la libertad, la justicia, la igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y en general la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo político”.

En tiempos del Jefe del Estado desaparecido, cada funcionario público, civil o militar, llevaba en sus bolsillos el librito azul de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Hoy esfumado, arrinconado y olvidado.

Estas últimas semanas el ambiente del país está enredado, confuso y al borde de un estallido de consecuencias gravísimas. Los muchachos asesinados en las manifestaciones continuarán sumando una angustia de temor y un sufrimiento irremediable.

Hay inmensa desesperación acumulada, y si llegara la represa de la sinrazón a desgarrarse, descuartizaría la sociedad fragmentándola hasta hacerla irreconocible.

El ciudadano-presidente Nicolás Maduro, en estas horas abrumadas en el palacio que envuelve todas las soledades que emergen del Patio del Pez que Escupe Agua, pudiera leer  algunas páginas basadas en el poder sin ecuanimidad dentro de sus impávidos salones. Ahí se agrupan observando conjuros los babalaos y el Ifá de la religión yoruba que el castrismo cubano envió.

 

Divagar con soluciones de facto pudiera servir de relax, pero hasta ahí. El chavismo sigue siendo fuerte en algunos sectores, principalmente en las Fuerzas Armadas, aunque cada vez menos.

La salida es una sola: las urnas, que no deben estar bajo las bambalinas de una Constituyente la cual sería pan para hoy y hambre en el mañana inmediato. Un retroceso. La sociedad civil se enfrenta a una estructura Gobierno-Estado, en la que los hechos y sus circunstancias se mueven a la voluntad de solo hombre, al no existir el tabique de la separación de poderes que pueda contener tanto desafuero.

Aún así, ya se ha demostrado que la oposición organizada, afanada, sin fisuras, crea unidad y reconocimiento internacional.

La Venezuela de ahora mismo padece conflagración y desasosiego, cubriendo de temor los rostros traspasados por la angustia de miles de ciudadanos. No hay seguridad garantizada.

El régimen, cuya principal misión, la más hierática, es defender la vida, ha dejado al país desamparado. La violencia contra las manifestaciones de la oposición se muestra cada vez más  brutal. ¿Qué nos está sucediendo? Nos envuelven momentos pavorosos y no poseemos ni un simple cascarón para esconder tantas angustias.

Lo señaló Mahatma Gandhi: “La vida de un hombre vale un millón de veces más que cualquier ideal u objetivo. El único camino para la realización de la verdad es la no violencia”.

Al presente la nación de Bolívar está cerrando a cal y canto al sonido de los pájaros, al murmullo de la brisa, la luz trasparente del día, los frondosos árboles, el griterío juguetón de los niños y el beso furtivo de los amantes.

Solamente se escuchan partes de guerra con muertes sobre el asfalto.

Te puede interesar

Compartir