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Nelson Totesaut Rangel: La victoria de Thánatos

El enemigo hoy es tan difuso como enigmático. El mismo está lejos de encontrarse en las calles lanzando piedras; o bombas lacrimógenas. El enemigo no es un titiritero que reside en el norte; ni tampoco un ventrílocuo situado en un archipiélago del Mar Caribe. El enemigo lo tenemos más cerca que nunca, más propagado que antes. El adversario reside con nosotros, devorándonos poco a poco; y somos incapaces de darnos cuenta.

No importa el concepto de sociedad que se busque, todos apuntan a aquel conjunto de personas que comparten, entre otras cosas, normas plenas de convivencia. Una sociedad se forma bajo cimientos comunes, que hacen distingo entre otras, en las cuales un foráneo no se sentirá identificado. La nuestra, la venezolana del siglo XXI, goza de múltiples características que nos hacían la envidia de ajenas. Si bien condenados -al fin y al cabo- al tercer mundo, el ímpetu criollo nos posicionaba como el país más feliz del orbe, ignorando parámetros que muchas sociedades considerarían menester cuando se busca evaluar el ánimo de las personas: tales como la economía y la seguridad.

 Contagio

Hoy, esto ha cambiado. Nos hemos contagiado por una peste letal que nos consume lentamente. Años expuestos al discurso de odio, el discurso de separación, el discurso revanchista, lograron hacer metástasis en la psique colectiva. Ahora, enfermos de este mal, no nos damos cuenta de que nos hemos convertido en el enemigo mortal de nosotros mismos; en aquel individuo, acarreado por el desespero, dispuesto a celebrar un suicidio, con tal de aniquilar a quien consideramos artífice de todos nuestros males, sin darnos cuenta de que somos nosotros mismos.

El enemigo lo tenemos dentro, con esas emociones y sentimientos que nos hacen menospreciar ciegamente al otro. Este odio, aunque no lo aparente, es el más irracional de todos. El demonio vence cuando somos incapaces de ver nuestros males sociales, nuestras atrocidades colectivas. Cuando buscamos justificar cualquier acto como necesario, otorgándoles rango de “héroe” a aquellos “justicieros” disociados y condenando a priori a todo aquel que busque actuar bajo algún pequeño residuo de racionalidad.

El culpable es clarísimo, nuestra clase dirigente. La generación gobernante falló en construir una sociedad estable. Nos inculcaron el desprecio como gasolina de batalla política, fracasaron totalmente en sembrar el respeto y la cordialidad como valores necesarios de la confrontación. Exprimieron la sanidad de un país entero llevándolo a la locura, dejando que la amalgama: Eros-Thánatos* se rompiera y la balanza quedara desproporcionada, arrojando a un Thánatos fortalecido, frente a un Eros debilitado; peligrando que este último logre vencer por completo a su contraparte.

En el pasado, cuenta Beatriz Mendoza Sagarzazu, Eros solía recordarle a Thánatos: “Sólo yo, Eros, soy capaz de vencerte. Sólo yo puedo dar la sensación de dominar el mundo, de amarrar el tiempo en un instante, de desposeerte de todos tus poderes”. A lo que le respondía su contraparte: “(…) Pero será mía la batalla final. ¿No sientes que el mundo se tambalea bajo tus pies, no percibes el olor nauseabundo que se desplaza por el aire? No puedes salvar el universo porque cada día se olvida más a Eros y mi trabajo crece tanto que ya no tengo tiempo para cumplirlo y tendré que recurrir a los medios que el propio hombre ha inventado para su destrucción total”.

Esta es nuestra realidad, vivimos contagiados por Thánatos, habiendo olvidado a Eros. Le hemos brindado mayor atención a la esencia oscura, situándonos al borde de la destrucción. Y parece que desconocemos esto: si dejamos que Thánatos nos absorba por completo no quedará una sociedad por construir, y, de la misma forma en que Eros le recuerda a Thánatos, debemos de tener presente que aquel prometido futuro no es más que una farsa, que nadie será capaz de vivir: “Ah, Thánatos, hermano, dios de las tinieblas y muerte, ¿no sabes acaso, que cuando llegue ese día ni tú ni yo lograremos sobrevivirlo?”.

*Eros y Thánatos: amor y muerte.

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