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Vladimir Villegas: Violencia institucional versus violencia de calle

No comulgo con la violencia. Es parte de la naturaleza humana . Pero no su mejor parte. Va reñida con la capacidad que tenemos los seres humanos de interactuar de modo pacífico y racional, de procesar diferencias por la vía del debate democrático, mediante el diálogo constructivo, aun en medio de grandes diferencias. La violencia abre heridas difíciles, y a veces imposibles, de borrar.

Si me ponen a escoger, por supuesto que no apuesto ni apostaré jamás a la violencia ni mucho menos a la guerra. Soy hijo de una judía nacida en Croacia, antigua Yugoslavia, que llegó a Venezuela , junto a sus padres y su hermana, huyendo de la persecución nazi fascista. Otros de mis antepasados no pudieron escapar.  Murieron asesinados.   ¿Cómo olvidar esa circunstancia a la hora de analizar lo que hoy estamos viviendo en Venezuela, una patria que ha tratado como a sus propios hijos a centenares de miles de inmigrantes que, como mi madre, llegaron a esta tierra en busca de paz y de una oportunidad para vivir?

La violencia no es solamente incendiar un autobús, quemar comercios,  romper vidrieras o batirse contra los fuerzas de seguridad con armas caseras. O lo que es peor, quemar a alguien porque sea un delincuente o un enemigo -no adversario- político. Esa violencia no tiene mi simpatía. Nunca la ha tenido, ni siquiera en mis tiempos de dirigente estudiantil. Incluso pienso que hoy termina por hacerle daño a los objetivos democráticos que se ha propuesto una inmensa multitud de venezolanos que rechazan el desconocimiento de derechos contenidos en nuestra aporreada Carta Magna, a la cual podrían quedarle pocos días de vigencia formal si avanza y se consolida la elección de una Asamblea Nacional Constituyente nacida de un proceso dirigido a integrarla con una minoría disfrazada de mayoría gracias a perversa fórmulas electorales dignas del creador de Frankenstein.

Pero hay otra violencia que sin duda alguna da pie y estimula la que hemos comentando en el párrafo anterior. Es la violencia institucional, que tiene diversas manifestaciones. Una de ellas el uso del poder para manejar la justicia como si se tratara de una hacienda particular, con el objetivo de reducir los espacios de lucha democrática, desconocer la voluntad popular, como ocurrió con todas las decisiones destinadas a anular  las actuaciones  de la Asamblea Nacional. Esa violencia institucional tiene al Estado de Derecho contra las cuerdas , y pretende mandarlo definitivamente a la lona con esa convocatoria a la Asamblea “Destituyente”, cuyo primer acto sería raspar  a la titular del Ministerio Público, Luisa Ortega Díaz.

Y estamos ante una  forma adicional de expresión de la violencia. Y no es otra que la brutal represión desatada para impedir que el descontento se exprese. Si en nuestro país los registros fuesen confiables seguramente algún día sabríamos cuantas bombas lacrimógenas han sido lanzadas contra los manifestantes, cuantos perdigones han dado en la humanidad de muchos de ellos. El número de asesinatos en estos dos meses y medio de protestas se conoce. Lamentablemente,  casi a diario aumenta esa cifra.

No voy a decir que todas las muertes ocurridas se deben anotar en la cuenta del gobierno y de sus cuerpos represivos. Incluso  he exigido públicamente que la Mesa de la Unidad Democràtica se deslinde en pleno,  por escrito y sin medias tintas, de linchamientos u otras formas de salvajismo .Pero resulta indignante que los voceros oficiales hagan todas las maromas comunicacionales posibles para no admitir los crímenes cometidos por funcionarios de la Guardia Nacional  y de la Policía Nacional Bolivariana.

El vicepresidente Tareck El Aissami se esmeró durante 48 horas en mostrar vídeos sobre la lamentable muerte de Neomar Lander , un joven manifestante. Ojalá, por cierto, se llegue al esclarecimiento total de este hecho. Pero no hemos visto la misma diligencia del  formalmente segundo de abordo en dar detalladas explicaciones sobre las circunstancias que rodearon el fallecimiento de los otros más de sesenta manifestantes.

Qué bueno seria, por ejemplo, que las organizaciones no gubernamentales de derechos humanos tuvieran el mismo espacio para denunciar detalladamente  los actos atroces -Vladimir Padrino dixit- de los funcionarios no sólo  de la Guardia Nacional sino de ese cuerpo heredero de los peores genes de la desaparecida Policía Metropolitana. Y no hablamos únicamente de los asesinatos a manos de esas fuerzas. También de los golpes, patadas y otras formas de tortura en público y en centros de reclusión. O de las irrefutables pruebas de que además de reprimir, algunos funcionarios se dedican a robar a sus víctimas.¿ Por qué no hacen una cadenita nacional con las imágenes de esas actuaciones? Una pregunta que dejo a los dos Tarek.

En definitiva, el ejercicio arbitrario del poder siembra la semilla de la violencia. La historia local y universal es abundante en ejemplos.

Por eso es un mal chiste que quienes gobiernan de esa manera pretendan dar clases de pacifismo. Las grandes mayorías nacionales repudian la violencia y entienden claramente su origen. No las tomen por ingenuas. Para aplacar la violencia callejera, de la cual nos deslindamos, hay que desmontar la violencia institucional.

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