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Mario Villegas: Diferencias sí, odiarnos jamás

Es muy común que personas que me consideran su afín ideológica o políticamente me presenten ante terceros como “el Villegas bueno” para marcar diferencias entre mis posiciones y las de mis hermanos Vladimir y Ernesto. Muchos lo hacen desde el humor y la buena fe, otros con ánimo de intriga. Para sorpresa de unos y otros, siempre les respondo: “En efecto, yo soy el Villegas bueno, porque mis hermanos son mejores”.

Claro que de unos años para acá, en la medida en que han venido apreciando con ojos más amigables las posturas políticas y actuaciones profesionales de Vladimir, buena parte de esas personas de inclinación opositora han pasado a considerarlo entre los “buenos”.

Pero ocurre que en el mundo del oficialismo y sus áreas de influencia ha sido todo lo contrario: antes Vladimir y Ernesto eran los “buenos” y yo el único “malo”, hasta que el primero rompió con el chavismo al enfrentar la derrotada reforma constitucional de 2007, a partir de lo cual vino a hacerme compañía en la lista de los “malos”.

Así es la dinámica de la exacerbada polarización.

La absurda comparación se circunscribe generalmente a los tres hermanos que somos periodistas de larga trayectoria en los medios, aunque de la familia forman parte también cinco hermanas, dos hermanos más por parte de papá, así como nuestros respectivos hijos, nietos, primos y sobrinos. Todos orgullosos de nuestra sangre mestiza, de nuestro origen social, de nuestra formación hogareña, de nuestros valores, de nuestra historia, del ejemplo de lucha y de honestidad a toda prueba que nos dejaron nuestros padres.

De la villeguera forman parte igualmente nuestras esposas y esposos, nuestros yernos y nueras, así como los hijos, nietos y bisnietos de los hermanos y hermanas de nuestro padre.

En esta, como en millones de familias venezolanas, hay quienes apoyan, con sus distintas intensidades, al gobierno, y quienes lo adversan también con sus distintas intensidades. De modo que es imposible negar que la extremada polarización reinante en el país haya afectado en alguna medida la vida de nuestra familia. Tanto así que el tema político, con seguridad el más importante y recurrente de nuestras antiguas pláticas hogareñas, ha tenido que ser desterrado preventivamente de nuestros encuentros colectivos, los cuales afortunadamente siguen siendo frecuentes por las abundantes efemérides propias de una prole como esta.

Por suerte, la firmeza de los principios familiares y el profundo conocimiento y respeto que todos tenemos por cada uno de nosotros ha permitido salvaguardar los lazos afectivos, de hermandad y solidaridad, que nos unen, más allá de las diferencias políticas y de los naturales desencuentros y distanciamientos de cualquier familia. Lazos que puedo asegurar están blindados frente al odio instalado en la sociedad venezolana y de cuyas causas y responsables cada quien puede tener sus propias hipótesis o convicciones.

Mucha gente presenció hace un par de semanas la rareza de dos hermanos debatiendo airadamente por televisión. Lo que iba a ser una mera entrevista periodística de Vladimir a Ernesto en Globovisión se tornó en un lastimoso choque que nos dolió en el corazón, quizás en la misma medida en que una parte de los espectadores lo disfrutó.

Como es natural, seguramente muchos de los televidentes aplaudieron al entrevistador y muchos también al entrevistado. Pero como en Venezuela la siembra de odio ha hecho bien su trabajo, seguramente otros tantos se deleitaron de ver a dos hermanos enfrentados.

No sabe esa jauría que Vladimir y Ernesto, los dos menores de nuestra estirpe, se adoran muy entrañablemente y, pese a los pellizcos verbales que se dieron en la TV, no van a saciar el morbo de quienes quisieran verlos odiarse entre sí.

Hay, sin embargo, núcleos familiares totalmente maltrechos y desgajados producto de las diferencias políticas, pero sobre todo por la falaz división, impuesta desde el poder, entre unos “patriotas” llamados a aplastar y pulverizar a unos “apátridas”.

Es dura la lucha que cada individuo, cada familia, cada comunidad, la sociedad toda, debe librar todos los días para erradicar esta cultura del odio que estamos padeciendo y  que nos ha traído a este escenario de violencia que riega de sangre las calles de Venezuela y amenaza con mucho más.

El reencuentro y la reconciliación definitiva de las familias y de todos los venezolanos solo serán posibles en la medida en que derrotemos a quienes, donde quiera que estén, siembran y promueven el rencor y la división.

 

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