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Nelson Totesaut Rangel: Sociedad y petróleo

Vivimos en una sociedad bendita; premiada de infinitos goces provenientes de un ente misterioso. Semejante ser oculta su rostro, actuando sigiloso desde el subsuelo de tierras un tanto baldías. Molesta poco, para lo que es. No demanda ni tributos ni diezmos. Es moldeable a cualquier necesidad y permite ser explotado por largo período de tiempo. Éste, se llama petróleo, aquél que se esparce con influencia por cada rincón nuestro. Responsable hoy de lo que somos, de lo que fuimos y, probablemente, de lo que seremos por mucho tiempo.

Papá petróleo crea una sociedad dependiente de su manto. Si bien todos nos regocijamos de él, su cara solo será revelada a pocos curiosos, mientras el resto permanece ignorante a la realidad, sin saber lo que ahí tienen, en cada esquina y responsable de todos nosotros. En nuestra sociedad es un dios, omnipresente y omnipotente, pues él todo lo puede y en todos lados está. Es creador de maravillas mundanas, hacedor de milagros tangibles, dador por excelencia de primas; una verdadera deidad que nos llena de dicha, intoxicándonos con terrible dependencia.

El petróleo todo nos lo da y todo nos lo quita. Es rápido, despiadado y fugaz a su vez. Un auténtico milagro que nos ayudó a repuntar aceleradamente al siglo XX; luego de nuestra tardía entrada por el abrazado campo que dejaba las guerras recién resueltas. Despiadado y egoísta porque no le gusta compartir. Ofrece tan divino regalo que incita al abandono forzoso de todo lo anterior a él. Cruel, ya que te hace esclavo de sus encantos; dependiente de su generosa dote y reacio a abandonarlo. El petróleo es, por ende, un amante eterno. Imposible de no quererlo sea por lo que es, o por el glorioso recuerdo de lo que algún día fue.

Tan impredecible es, que será comprendido por nadie. Ni sus más devotos apóstoles podrán descifrar su misterioso actuar. Sus advenimientos, llenos de sigilo, favorecen y desfavorecen sin responder a ningún patrón aparente. Como sube, baja; como baja, sube. Dejando la claridad de su aleatoriedad, síntoma intrínseco de su manera de operar.

Respecto a su encanto, se puede asegurar que goza de incurabilidad. El petróleo marca un milagro terminal, que inicia y expira; pero no lo dice. Secretea su muerte, al menos eso nos hace creer. Cuando realmente la irá anunciando desde su nacimiento, con cada constante declive, ya que, al igual que el hombre, está condenado a desaparecer.

Y aquel hombre, viciado ya por el recuerdo petrolero, tendrá como enemigo a su propio pasado, aquel que lo asecha asiduamente bajo el recuerdo nostálgico de lo que algún día fue. Éste, ensalzado por los dones mene, que asfaltaron nuestra sociedad, una y otra vez.

Por consiguiente, somos resistentes a imaginar su desaparición. Ignoramos, pues, todas las señales. Nos rehusamos a creer. Y cuando vemos que se va, culpamos a lo que sea, menos a él. ¿Y cómo es que podríamos imputar a quien todo nos lo ha dado?

Nuestro padre emancipador es figura divina, misteriosa y humilde. Prefiere, incluso –debido a su nobleza– esconderse en su sombra, antes que delatarnos su participación incuestionable, que nos condiciona. Nos hace creer que somos nosotros mismos los habilidosos. Nos da la oportunidad de comer de su fruto sin llevarse el crédito. Reverdece nuestro futuro, aspirando que podamos seguir sin él. Todo esto sin pensar que la esclavitud se ha consolidado, sin posibilidad de volver.

Entonces, los estragos de hoy son todo menos nuevos. Es la tragedia cíclica consolidada una y otra vez. El espiral de la fortuna que nos premia con extraordinaria distinción, hace reacción inversa, quitándonos –incluso– mucho más de lo que alguna vez nos dio. Por esto, debemos aprender a diversificarnos, voltear la dura balanza de la tentación, para lograr una real emancipación.

Porque al fin de todo, aquel dios se nos va. Lo que prometió durar para siempre empieza a desaparecer en su obsolescencia. El tiempo, Crono, padre del padre de los dioses, devora a todos sus hijos, éste no siendo la excepción. Dejándonos adictos a 100 años de consumo inconsciente de su mezcla oscura; droga indudable de nuestro pueblo.

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