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Mary Pili Hernández: Hermosa dignidad caribeña

Los países caribeños vuelven a plantarse, con una dignidad heroica, ante la potencia más grande que haya conocido la humanidad. La mayoría de estos países, pequeños en tamaño, pero grandes en valentía, se opusieron a las pretensiones imperialistas, de utilizar a la Organización de Estados Americanos, OEA, como un instrumento para practicar una nueva forma de colonialismo, que pretende brindarle alguna clase de legalidad internacional a la injerencia en los asuntos internos de Venezuela.

Cuando estaba por finalizar la reunión, las caras de los que pretendían imponer la aplicación de la Carta Democrática en contra de Venezuela, en Cancún, hablaban por sí mismas. Estupor, incredulidad, rabia, desilusión, todo esto aderezado con una pizca de un “no puede ser, no pudimos tampoco esta vez”. Dentro de la soberbia que concede el creerse que pueden comprar a cualquiera, pensaron que su triunfo estaba garantizado, pero se olvidaron que hay pueblos que no están en venta, y que la dignidad y la solidaridad no tienen precio, y menos para los que luchan juntos por la independencia desde hace, al menos, dos siglos.

HAITÍ ME ESTREMECE

Es realmente conmovedor ver a un país como Haití, uno de los más pobres del mundo, levantarse con un orgullo estremecedor para defender a Venezuela, a pesar de las inmensas presiones que todos los países del continente recibieron desde Washington, en algunos casos a través de interpuestos vergonzosos, como es el caso del inefable Almagro, y en otros casos directamente.

Cuando pienso en ese noble pueblo, que nos acompaña en esta lucha libertaria desde los tiempos gloriosos de Petión y Bolívar, siempre se me viene a la mente aquel pasaje del Evangelio de San Lucas, en el cual Jesús se percata de las ofrendas que algunas personas están haciendo en el templo: “Jesús estaba en el templo, y vio cómo algunos ricos ponían dinero en las cajas de las ofrendas. También vio a una viuda que echó dos moneditas de muy poco valor. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: -Les aseguro que esta viuda pobre dio más que todos los ricos, porque todos ellos dieron de lo que les sobraba; pero ella, que es tan pobre, dio todo lo que tenía para vivir” (Lc 21, 1-4)

Haití no tiene recursos de ningún tipo, vive una situación de pobreza que solo puede ser comparable a la que han vivido algunos pueblos africanos, en sus peores momentos. Sin lugar a dudas, es el país del continente con mayores dificultades y uno de los más pobres del mundo. Cualquiera pensaría que, frente a un panorama tan desolador, las presiones contra ese noble pueblo serían muy fáciles de ejercer. Sin embargo, Haití nos vuelve a regalar, prácticamente, lo único que tiene: su solidaridad.

“Amor, con amor se paga”, dice el antiguo refrán. Y es cierto que, en épocas remotas, nuestros pueblos, de la mano de los inmortales Libertadores de nuestras respectivas naciones, se hermanaron en la causa de la independencia. Pero más recientemente, cuando Haití fue mancillada una vez más, con el secuestro de su Presidente en ejercicio, Jean Bertrand Aristide y, especialmente, cuando su tierra fue azotada por un inclemente terremoto, fue Chávez el primero que corrió a socorrer a ese pueblo hermano. Desde esos hechos, eminentemente humanos, sinceros, fraternos, se reactivó una amistad secular, que no hay imperialismo que pueda con ella.

Por eso es que aquellos que pretenden ponerle precio a todo, nunca entenderán cómo no pueden comprar a Haití. Ni tampoco cómo es que la mayoría de los países caribeños se rebelan a sus pretensiones.

Siempre habrá un grupo, de esas personas que tienden a exhibir impúdicamente su imbecilidad, que argumentarán que es Venezuela la que tiene comprados a esos países. Esa tesis, si no fuera por lo ofensiva que resulta, sinceramente haría reír por su ridiculez, puesto que nadie puede pensar que, hoy por hoy, nuestro país pueda tener más instrumentos para “negociar” que el gran imperio del Norte y sus secuaces.

La realidad es que estos maravillosos pueblos caribeños le hacen honor a su nombre, a sus raíces de la familia indígena de los Caribes, estirpe de guerreros y de hombres y mujeres libres.

Gracias, hermanos, por este regalo hermoso. No por votar a favor nuestro en la OEA, sino por defender la independencia de toda América Latina con su valiente gesto.

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