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Rafael Del Naranco: Helmut Kohl

El político alemán y canciller de la nación durante 16 años, Helmut Kohl,  murió a los 87 años en su casa natal de Ludwigshafen.

Solamente una vez, y de lejos, hemos visto a Kohl; fue en Munich una lluviosa mañana en uno de los otoños más recordados debido a otras circunstancias que no vienen al caso. Se con­me­mo­raban los 50 años del “Plan Marshall” y aquel hombretón alto y fuerte como un tonel de cerveza, recordaba, siendo un adolescente, aque­­llos camiones americanos a la puerta de su colegio, “distribuyendo una sopa que calentó mis manos y mi corazón”.

En medio del histórico momento de recónditos recuerdos no pudo contener la humedad de sus ojos y unos grandes lagrimones surcaron su rostro.

Hay dos clases de hombres. Aquéllos que por circunstancias entran en la Historia abriendo la puerta grande de los éxitos, y los que a fuerza de tenacidad terminan por forjarse un destino. Kohl fue  uno de éstos.

Ha caído el hombre que durante años -después sería olvidado-, representó la política alemana unida a la esencia del socialcristianismo euro­peo. Su “delfín”, Wolfgang Schäuble, lo obligó a dimitir como presidente honorífico de la Unión Cristiana Demócrata.

En una reunión histórica, la ejecutiva votó a favor de invitarle cortésmente a entregar su cargo si no identificaba a los donantes que le entregaron dos millones de marcos  en efectivo.

Kohl se negó a ello, prefirió la deshonra de tener que abandonar la casa donde fue durante un cuarto de siglo el único amo y señor, y salió, con su figura gigantesca al encuentro de sus propios fantasmas interiores, entre los que sin duda alguna el ostracismo sería uno de ellos.

Conocía las consecuencias de su acto y lo afrontó. En eso demostró seguir siendo el personaje tozudo de siempre, el mismo que se empeñó, contra viento y marea, en construir la actual Unión Europea. Para él Alemania era intrínsecamente Europa.

Gunter Grass, el autor de “El tambor de hojalata”, siempre prefirió que la reunifica­ción de las dos Alemanias fuera más cultural que política, pero al no ser esto posible, man­tu­vo la idea de que Kohl no era el hombre para el momento histórico de su país. Se equivocó, y como él, innumerables personas dentro y fuera de Alemania. Aquí se ha demostrado una vez más que las personas no son siempre lo que aparentan.

Quizás una de las razones de su  triunfo político sea el hecho de haber sido subestimado en mu­chas ocasiones. Se expresaba mal, hablaba len­ta­mente y con poca precisión  usando luga­res comunes, lo cual hizo pensar a sus compañeros de partido y adversarios políticos, que era intelectualmente una persona de marcha lenta e imprecisa. El tiempo demostró que la impresión sobre él  era totalmente errada.

Supo levantarse una y otra vez de sus propias cenizas. Nunca en ningún momento ha sido un mirlo blanco y, aun así, mantuvo en alto el viejo valor prusiano: la perseverancia.

Raros son quienes en su tiempo no lo subes­ti­ma­ron. Franz Joseph Strauss, “El toro de Bavie­ra”, un monstruo sagrado que buscaba también la Cancillería, había decretado: “Kohl no será nunca canciller. Es totalmente incapaz”. Y el prestigioso Washington Post, en la pluma de Joseph Kraft estimaba: “Es un producto de Renania-Palatinado. Le falta la experiencia y visión para ser un hombre de Estado de clase internacional”.

El verdadero talento de Kohl consistió en haber transformado en ventaja este hándicap aparente y en haber retenido la lección de su maestro en política, Konrad Adenauer, que profesaba: “Es un don de Dios el poder pensar con simpleza”. En 16 años de poder, perpetuamente inquieto por sí mismo, atravesó huracanes y venció  las diversas crisis. Con él Alemania pasó de la guerra fría al poscomunismo, del pacifismo al terrorismo de extrema derecha, de la prospe­ri­dad a la crisis, de la división de Berlín a la partida del último soldado soviético. Diez veces se le consideró muerto políticamente, y aun así en el relámpago decisivo se llevó los dividen­dos.

Mucho más alemán en heterogéneos aspectos que sus mismos compatriotas, sabía tomar el mundo de la política en serio sin plasmar una tragedia que lo pudiera sacar del contexto sen­sato. Es sabido que a los germanos les magne­tiza enredarse la vida, pero él tenía la ventaja de actuar con simpleza y a razón de ese estilo tran­quilizaba a sus colaboradores en los mo­men­tos más ácidos.

Sus contrarios en la lucha política  levantaron un chascarrillo: ¿Kohl o la política sin brío?  Él lo asumió con estilo teutón: “Me importa muy poco esa opinión. El brío para mí es que la gente me  vote”. Así consiguió la unificación de las dos Alemanias y el resurgir de la Unión Europea.

El viejo continente le debe la unidad que forjó, y en esa actitud residió su mejor baza. Paralelo a ello hizo posible la unificación de Alemania, tarea por la cual penetró con laureles en las páginas de la historia indoeuropea.

rnaranco@hotmail.com

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