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Fabricio Ojeda: A pesar de los malos

“Mijo, ¿y  es verdad que este tipo, el tal (¿cómo es que se llama?) Maduro ese, va a poner una constituyente? ¿Tú crees, mijito, que con eso arreglarán a Venezuela?”.

La abuela Toribia está viviendo la “ñapa”. Lleva ya siete años en eso, desde que un agresivo linfoma en la garganta la mandó para terapia intensiva, primero, y una neumonía que la agarró débil por las quimioterapias la puso –según los médicos- con el 1% de posibilidades de sobrevivir.

Pero sobrevivió, y por ahí sigue “echando vainas” todavía, viendo morir a muchos que teóricamente se irían después que ella, sobre todo esa gente joven que está cayendo en las calles bajo las balas y bombas de la dictadura madurista.

“¿Tú crees, mijo?”, pregunta angustiada, cada vez que se entera de un nuevo asesinato, de que no se consiguen las medicinas de las que depende, de los precios de la cada vez más prohibitiva comida.

“No abuela, eso no servirá. Al contrario, empeorará todo, pues solo se trata de un truco del régimen para mantenerse en el poder, contra el 90% de la población, e instaurar definitivamente el comunismo que terminará de destruir al país y empobrecernos aún más a los venezolanos”, le responde su nieto predilecto, bachiller esperando ingresar a la universidad, quien alza la voz para que Toribia, cada día más sorda, le oiga sin repreguntar.

“Ay mijo… ¿Tú no crees que sería mejor dejar esa protestadera para que no sigan matando a los muchachos? ¿Esperar las elecciones para presidente, como era antes, para cambiar a este gobierno?

Los achaques de sus 72 años no le impiden estar pendiente de todo, preguntar por todo, opinar sobre todo. No le imposibilitan notar los rostros preocupados de sus hijos, sus nietos, de mucha de la gente que conoce. No la abstraen de la tragedia que sufre el país.

Tampoco obstaculizan la confusión que le generan los comentarios de su primo Aníbal, fanático fundamentalista de la manoseada “izquierda”, desde el día cuando consiguió un cargo que le ha permitido sortear las dificultades que afectan a los demás mortales (harina y esas cosas) adulando a cuanto jefe ha pasado por el ministerio desde hace 18 años.

“Chávez vive”, responde Aníbal cuando alguien intenta abrirle los ojos con argumentos convincentes que no lo convencen a él de que vamos por mal, muy mal camino.

De la familia, solo Toribia escucha sus razones y a veces llega hasta dudar de que este de verdad sea un gobierno totalitario, autoritario, corrupto, ineficiente, inmoral, forajido y antidemocrático.

-Aníbal me dijo que la constituyente es la solución. ¿Será verdad, mijito?

-No abuela. ¿Hasta cuándo seguirá creyéndole a esa gente?

Afuera se oyen tiros.

Mataron a otro muchacho. En el video se ve claro cuando un supuesto guardia nacional “bolivariano” (pobre Bolívar), le mete un tiro en el pecho y luego le hace otros dos disparos a quemarropa.

Después se informó que no fue un efectivo de la desprestigiada GNB, sino de la ahora en deterioro fuerza aérea (así, con minúsculas) venezolana.

Profesional de la enfermería. 22 años. Otra vida truncada.

“Aníbal me dice que la culpa es de la oposición, porque manda a la gente a manifestar”.

Entonces hay que explicarle a la abuela que los venezolanos que dejan la vida en las calles no protestan porque los mandan.

Lo hacen porque ya están hartos de un gobierno embustero, asesino, despótico, saqueador, que ha sumergido al grueso de la población a la miseria más indigna que han sufrido los habitantes de esta, a pesar de todo, tierra de gracia.

Con las reservas petroleras más grandes del planeta.

Con los jóvenes más preparados y “resteados” del mundo.

Un  paraíso al que Dios dotó de todo, pero le falta “de todo” tras casi dos décadas de dominio castrochavista.

Y Toribia trata de entender, de adaptarse  a las nuevas realidades, luego de pasar años acostumbrándose a la alternabilidad democrática que alguna vez imperó en Venezuela.

Pero el mundo no solo es de Toribia, aunque muchos homenajes se merece.

Es de todos.

Y debemos reconstruir a Venezuela.

Con la ayuda de los buenos.

A pesar de los malos.

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