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Antonio Pérez Esclarín: Pedagogía de la esperanza

El genuino educador debe ser un sembrador de esperanza y para ello necesita  tener el corazón lleno de  ilusión y de pasión. No se deja amilanar por los problemas y dificultades, sino que acude cada día con verdadero entusiasmo a asumir la tarea apasionante de ayudar a formar hombres y mujeres comprometidos en  construir un nuevo país y una nueva humanidad.

Educar no puede ser meramente un medio de ganarse la vida, sino que tiene que ser un medio para defender la vida, para dar vida, para provocar ganas de vivir con autenticidad y con libertad. Por ello, es imposible educar sin esperanza y nadie puede ser educador sin vocación de servicio. El verdadero maestro asume la aventura inacabable, apasionante y, con frecuencia, dolorosa, de permanecer fiel a la tarea de implantar una sociedad justa y tolerante, y por ello se opone a todas las formas de manipulación, opresión y represión.

Tan negativo es el discurso fatalista que renuncia a los sueños y niega la vocación histórica de los seres humanos, como el discurso meramente voluntarista, que confunde el cambio con la proclama del cambio, sin considerar si las acciones y prácticas son coherentes con lo que se pretende. De ahí que las acciones y la vida deben testimoniar las promesas y los resultados ser evaluados a la luz de lo que se busca.

No olvidemos que sólo será posible educar para la participación, la convivencia y el respeto, si la práctica educativa se sustenta sobre esos principios y valores. No será posible un mundo fraternal, con prácticas discriminatorias; no será posible imponer autoritariamente la libertad; no será posible lograr la paz con insultos, descalificaciones y violencia; no será posible recoger justicia y equidad con prácticas excluyentes, discriminatorias o represivas.

La capacidad de soñar
Aceptar el sueño de una Venezuela  mejor, exige participar en el proceso de su creación. Perder la capacidad de soñar es perder el derecho a actuar como ciudadanos, autores y actores de los cambios necesarios en lo político, económico, social, cultural y ético. Por eso, los educadores defendemos con tesón y pasión el valor de la esperanza, que se arraiga en la fe en el hombre y en la mujer como sujetos de la historia, y trabajamos y luchamos por un país y un mundo en el que, como lo decía Paulo Freire, “la paz se asiente sobre la justicia, un mundo en el que nadie –ni individuos, ni pueblos, ni culturas, ni civilizaciones– domine a nadie, nadie robe a nadie, nadie discrimine a nadie, sin ser castigado legalmente. Un mundo profundamente democrático que garantice los derechos de todos y celebre la diversidad como riqueza. Un mundo en el que el poder y la política se asienten sobre la ética, pues su tarea es garantizar las libertades, los derechos y los deberes, la justicia y la equidad”.

Un futuro, y un país
Los educadores que apostamos por una persona, un futuro, y un país mejor, no podemos educar sin esperanza. Pero debe ser una esperanza activa y comprometida. Esperanza que es trabajo y lucha y combate con valor todas las formas de opresión. El desencanto, como el miedo, es falta de fe. Debemos pasar del pesimismo al entusiasmo, de la queja al compromiso, de la rutina a la creatividad. ¡Otra educación es posible! ¡Otra Venezuela es posible, próspera y en paz,  completamente opuesta al caos y fracaso que estamos viviendo! Anatole France decía que “nunca se da tanto como cuando se da esperanza”, y no hay peor ladrón que el que roba la esperanza y los sueños.

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