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Alberto Mansueti: Nuestro presente apartheid

“Apartheid” se llamó al sistema de segregación racial en Sudáfrica, vigente desde los años ’50 hasta los ‘90, más o menos. La palabra significa “separación” en afrikáans, lengua derivada del holandés.

Pero la segregación racial no es la única política de discriminación en el status; la segregación puede ser también religiosa, económica, cultural o social: por las creencias, la riqueza, la cultura o la clase. Hay muchos ejemplos; y todos tienen algo en común: el apartheid es legal, antes que nada.

En nuestra América latina, la segregación es social, entre pobres y ricos; y es legal. Y muy antigua. Vamos por partes.

El Apartheid es “espontáneo”, cuando una gente que se cree superior, se mantiene separada de otra gente, a la cual cree inferior. Ejemplo: los judíos, eran ferozmente discriminados en Alemania antes de Hitler. Pero cuando los nazis llegaron al poder, en 1933, la discriminación antijudía se hizo legal. O sea: por ley. ¡Ahí está la clave!

Lo mismo fue en Sudáfrica contra los negros. El disparador fue la diferencia en las tasas de natalidad: hacia los ’50 y ’60, la población blanca comenzó a decrecer en proporción. Entró en pánico, y pensó en poner freno a los negros, mediante la legislación; típicamente: “ingeniería social”.

Pero como casi siempre en estos casos, se dijo que las leyes serían para promover la educación, bienestar y desarrollo de los negros, sólo que “separados”; o sea “separate development policy” fue el nombre oficial que dieron al Apartheid.

Las primeras leyes segregacionistas fueron la prohibición de matrimonios interraciales (1949), las ordenanzas municipales fijando “zonas” separadas (1950), y la Ley de Registro de Población (1950), clasificando a la gente por su raza. De allí en adelante se dictaron numerosas leyes, separando a las personas en los demás aspectos de la vida: trabajo, negocios, educación, atención médica, transporte, recreación, etc. Leyes diferentes, y tribunales diferentes para aplicarlas, según la raza.

Era complicado y engorroso, porque además de blancos y negros, estaban los de origen indostano, asiático, etc., y desde luego toda clase de mestizos. Los blancos estaban divididos: al Apartheid lo empujaban los afrikáners de origen holandés, pero los “anglos” no estaban muy de acuerdo.

El resto es historia conocida; pero estos antecedentes hay que tomar en cuenta para entender dos cosas: (1) la segregación impidió el desarrollo capitalista de Sudáfrica, porque el capitalismo se basa en acuerdos, asignaciones y recompensas según la eficiencia y la capacidad demostrable en el servicio a los mercados, no según la raza; y (2) lo larga y enredada que fue la lucha contra el Apartheid.

¿Y en nuestra América? Bueno, el antecedente segregacionista más temprano estuvo en el extenso territorio del Virreynato del Perú: las “Reducciones de Indios”, según las célebres “Ordenanzas” del Virrey Toledo, redactadas por un equipo de abogados y “expertos”, encabezados por los doctores Juan de Matienzo y Juan Polo de Ondegardo.

En Sudáfrica, la segregación cristalizó en los “bantustanes”, unas poblaciones para negros, en las cuales “disfrutaban” de sus escuelas, empresas, hospitales, iglesias, incluso cabildos y autoridades.

Pero ¡oh sorpresa! Eso exactamente había mandado el Virrey Don Francisco Álvarez de Toledo en 1573, promulgando sus “Ordenanzas del Perú para un buen gobierno”. “Nada nuevo bajo el sol” dice el Eclesiastés, en su primer capítulo.

Las “reducciones” para los indios ya se habían decretado desde Madrid, en marzo de 1551, por Real Cédula de Felipe II, y habían comenzado a implementarse por la Real Audiencia de Lima en octubre de 1549. El texto legal de Toledo vino a ocuparse de los detalles.

Todos estos documentos se inician con largas exposiciones de motivos, explicando los fundamentos que justificaban estas políticas, a juicio de sus autores. Y aquí hay ¡otra sorpresa! Insisten en que las poblaciones nativas deben vivir separadas, porque tienen una particular y diferente “idiosincrasia”, y una cultura distinta. Por eso deben tener sus leyes e instituciones, diseñadas conforme a esta su cultura, para ellos solamente.

O sea: el “multiculturalismo”, que creemos típico de nuestra época, no lo es. Es viejísimo. “Nada nuevo bajo el sol”, amigos. “Multiculturalismo” es un nombre elegante para “racismo”; y el racismo es malo, sea un racismo blanco, o sea un racismo anti-blanco.

¿Y qué tenemos ahora? Cuando se habla de sistemas de Economía Política, te dicen que en América latina hay sistema “mixto” en nuestros países, mezcla de capitalismo y socialismo. Y es verdad.

Pero no te dicen que hay segregación social allí: el capitalismo es para los ricos y la clase media alta; y el socialismo es para los pobres. Ni te dicen que esa segregación social tiene un tinte racial, porque la capa de arriba en su composición es mayormente blanca, y la de abajo mayormente no blanca; y eso no te lo dicen porque suena feo, y porque es obvio.

Nuestro presente Apartheid es así: el socialismo ha dispuesto escuelas del Estado para los pobres, y asimismo hospitales estatales, y “Seguro Social”; todo planificado, promovido, impulsado, decretado y financiado por el Estado. Todo es escaso, insuficiente y de mala calidad; pero a “ellos” no les importa, porque esos son los “bantustanes” para los pobres. “Ellos” tienen “su” capitalismo: educación privada, e igual sus clínicas, AFJPs etc. Tienen “sus” empresas: las del sector formal.

Como en Sudáfrica, para la población segregada promueven las “PYMEs”, “microempresas”: que se arreglen como puedan; pero que se queden pequeñitas, no sea que tengan la impertinencia de crecer, y amenazar la supremacía de la clase superior, por la vía capitalista. Para que eso no pase, sancionan leyes malas para los negocios, todas prohibitivas, limitantes y restrictivas.

¿Y quiénes son “ellos”, los ricos? Hay de dos tipos: algunos son ricos más o menos éticos: hicieron fortuna sirviendo al público, en algún sector privado, aunque en un marco legal injusto y perverso. Otros son los “enriquecidos”, gracias a corruptas carreras políticas, y/o a privilegios y favores del Estado. Los primeros son cada vez menos, en relación a los segundos, cada vez más. Y la línea divisoria se hace cada vez más tenue.

En Sudáfrica, tras la crisis económica de 1985, personas de todas las razas, sobre todo blancos pobres y negros ricos, entendieron que el Apartheid era un obstáculo al progreso y al bienestar de todos: al capitalismo. Cuando llegó al mundo el veranillo “Neo” liberal de 1990, el nuevo Presidente Frederik de Klerk comenzó a impulsar la derogación de leyes malas.

Si contamos desde la fundación del Partido Federal Progresista, en 1977, por poner una fecha, el proceso tomó más de 10 años. Menos que eso, no esperes en América latina. Pero se dará, si Dios quiere, y si hacemos buena política en favor del “Capitalismo para todos” y las Cinco Reformas.

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