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Fabricio Ojeda: El semáforo y la desobediencia civil

-¿Tío, cómo aplicamos la desobediencia civil?

-Una de ellas, por ejemplo, es no pararle bolas a los semáforos.

-No jo… tío. Eso lo hacemos todos los días. Aquí nadie le hace caso a los semáforos. Todo el mundo se come la luz.

-Sí sobrino, pero el asunto no es “comerse” la luz roja. Sería al revés la cosa. Cuando se ponga verde, nos quedamos parados. Y seguimos así, detenidos, por más que cambie de colores como un árbol de navidad.

-Pero eso crearía un gran caos…

-¡Esa es la idea, ñoooo, esa es la idea! ¿Te imaginas? Todos los carros estacionados en las principales intersecciones del país, inermes, como si se hubieran quedado sin gasolina y sin batería…

-Por tiempo indefinido. Ese sí sería el gran trancazo.

-Me imagino los titulares: “Venezolanos desobedecen semáforos y paralizan el país”.

-“El semaforazo”, jajaja.

Con lo que respetamos en Venezuela a esos artefactos luminosos roji-verde-amarillos, cualquiera puede creer que se nos haría fácil desobedecerlos. Pero no. Lo difícil es hacerlo “al contrario”, quedarnos pegados en la esfera roja, pese a que una de nuestras principales características vernáculas es andar siempre acelerados, querer pasar antes que los demás, en especial cuando nos sentamos al frente de un volante.

Pero como están las cosas, sería otra modalidad pacífica de protestar, para agregarla al vasto repertorio que ha venido acumulando la epopeya no violenta emprendida sin retorno por la sociedad venezolana desde hace hoy más de 90 días, la cual -como era de esperarse- ha sido duramente reprimida por el régimen absolutista que ve llegar sus días finales.

Una forma de lucha, como cuando los negros norteamericanos de Montgomery se negaron a subir a los autobuses donde los discriminaban, o los de Nasville comenzaron a ocupar con normalidad los asientos de los bares en los que tenían prohibido el acceso, y boicotearon los mercados de los barrios blancos apostando por la autoproducción y el autoabastecimiento. Los heroicos negros de John Lewis, los de de Martin Luther King.

O la huelga “invertida” de los trabajadores japoneses de una fábrica de calculadoras, quienes en lugar de parar el trabajo laboraron con tal intensidad, que en los días que duró el conflicto produjeron lo previsto para un año y abarrotaron el stock de la empresa hasta el punto que los patrones alarmados tuvieron que aceptar todas sus peticiones y rogarles que se detuvieran.

O el ejemplo de Mahatma Gandhi, quien no podía comprender cómo 100.000 soldados eran capaces de dominar a 300 millones de indios, y desafió el monopolio y los impuestos ingleses sobre la sal y las prendas de algodón, activando la producción artesanal bajo el lema: “el ruido de la rueca os hará libres”, para finalmente desterrar al poderoso Imperio Británico de la llamada “joya de la corona”.

Nelson Mandela y su victoriosa lucha antiapartheid en Sudáfrica y Aminatu Haidar, quien reivindicó los derechos del pueblo Saharahui presionando pacíficamente al gobierno español en 2009, forman parte de la historia mundial de la “desobediencia civil”, término que define el acto de no acatar una norma impuesta y de realización obligada, como por ejemplo, pagarle al Seniat.

Por cierto, su creador, el ensayista Henry David Thoreau también lo puso en práctica, cuando se negó a pagar impuestos que financiaban una lucha injusta del ejército a favor de la esclavitud en la Guerra Civil de los Estados Unidos.

La luz cambia a verde, pero todos seguimos detenidos.

Ese es un modo de aplicar la desobediencia civil.

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